Cairo Amador
El último libro de Alejandro Serrano Caldera “Hacia un proyecto de nación” apareció en una situación en que la nación no ha dejado de ser rehén de lo coyuntural y de la política como un ejercicio de cimentar posiciones de las oligarquías de turno, persuadiendo con su lenguaje ideológico sus mezquinos intereses personales. Esto es un círculo vicioso que se expresa en un frágil entarimado institucional que precisamente permite la reproducción del esquema de mayor concentración de poder político, partidos conducidos de forma facciosa que trasladan al ejercicio de gobierno su doble práctica de democracia, la del discurso y la de realidad social, dando lugar a instituciones que reflejan hacia la sociedad una forma sin fondo, un cuerpo sin contenido, todo un vacío que se hace eco en sí mismo, retro alimentándose y permitiendo su reproducción.
Como dice Proust: “Vamos en busca del tiempo perdido sólo para volverlo a perder”, un Sísifo sadomasoquista con su ir y volver permanente, comprobación empírica de que en nuestro país la historia de las ideas políticas y la historia van en caminos paralelos que aún no han llegado a encontrarse.
A partir de 1990 se da una apertura democrática que salvo por la libertad de prensa que hoy día gozamos, quedó en eso, una apertura que nunca terminó por desarrollarse dando lugar a lo que Serrano (Alejandro) llama: “Una democracia de baja intensidad”, una democratización hija del desencanto de los atajos ilusorios, de las promesas autoritarias, todo ello en una cultura política que no ha podido tener su síntesis, ahogando a las instituciones y a la sociedad en el recelo, la irresponsabilidad, la intolerancia y el personalismo.
Serrano nos ofrece que iniciemos una gran concertación nacional y nos dice: “La concertación significa un salto cualitativo sobre lo que han sido las dos expresiones dominantes de la política criolla: La confrontación o la claudicación”, superemos el “coyunturalismo” y los “pactos de cúpula” confiemos sólo en las reservas morales de nuestro pueblo, hagamos converger nuestras contradicciones en aras de alcanzar una síntesis de nuestra visión política, mas allá de las elecciones y del próximo gobierno, consensuemos nuestra visión de nación, ello no implica unanimidad de posiciones, al contrario, se trata en la forma más dialéctica posible de un equilibrio dentro de una unidad de contrarios, ese es el sentido de unidad en la diversidad. Todo ello tejido en una cultura de la tolerancia en la preciosa tela de la patria.
Desde esta perspectiva, el orden social no se reduce a la legalidad sustentada en la fuerza de orden público, responde más bien a los valores fundamentales y sustantivos de democracia participativa y justicia social, elementos indispensables en la construcción misma de la libertad imbuido en un respeto a la otredad, palabras de Octavio Paz en su obra Piedra del Sol: “los otros todos que nosotros somos”, el vehículo que hará todo esto posible, debe y tiene que ser la sociedad civil misma que tiene la obligación de ser madura y comedida, consciente de sus limitaciones, al tiempo que ambiciosa en sus perspectivas, tolerante y paciente, evitando el individualismo exacerbado que atente contra la cohesión social de la comunidad, así como, el colectivismo que ahogue al individuo en la homogenización y estandarización de patrones culturales. Esta es la fórmula estratégica para dejar de ser “rehenes perpetuos del pretérito y habitantes de la tierra del futuro confiscado”.
En estos tiempos de desolación en donde todo un pueblo tiene una esperanza que pende de la angustia colectiva, el libro de Alejandro Serrano vino para quedarse en la bibliografía política nicaragüense, no sólo por ser propositivo y rico en conceptos, con análisis políticos coyunturales estratégicos muy profundos, sobre todo, por ser la clave que avizora un nuevo tipo de relación política entre nosotros, y además, por responder a la clásica pregunta de ¿cómo se legitima socialmente la política?, sólo promoviendo el bien común, la participación social, dando resultados en términos satisfactores sociales y económicos, estableciendo un estado de derecho, dándole nuevos giros a la educación, avocándose a consolidar las instituciones del país, desarrollar planes para combatir efectivamente la pobreza como una tarea que le incumbe a todos, desterrando las corrupción, extendiendo el sentido de que la iniciativa privada es el motor de la economía, y que de alguna manera todos somos parte de ese proceso, aniquilando el fetiche de las utopías catastróficas del Estado-Partido y las utopías in vitro del mercado total. “Es un desafío ético, humano y estratégico, más allá de las coyunturas y cortoplacismos”, dice Serrano. De nosotros, todos, depende la decisión: O volver al pasado político con su secuela de errores y dolores, o enrumbar hacia el futuro como posibilidad abierta para la construcción de un mundo nuevo.
* El autor es analista político.