El trabajo puede producir cáncer

Alvaro Bardón*

SANTIAGO DE CHILE (AIPE).- La Organización Internacional del Trabajo (OIT), al revés de lo que sugiere su nombre, promueve el ocio y denigra el “ganar el pan con el sudor de tu frente”. Desde sus bien remuneradas posiciones, libres de impuestos, los burócratas recomiendan breves jornadas legales de trabajo, y condenan a los menores pobres que se ven obligados a laborar. Los parásitos internacionales —trabajan poco, hacen daño y son pagados por los demás— han ordenado a los nacionales legislar. Estos, con la rapidez propia de quienes tienen tiempo libre, proponen reducir la jornada y ordenan a los jóvenes pobres ir a la escuela pública, donde se aprende más de sexo y carrete que de matemáticas o de castellano.

El ocio financiado parece aguzar la imaginación y en estos días escuchamos que mucho trabajo —48 horas semanales— puede producir stress y abandono de la familia, además de poco divertimiento, deportes y contemplación. Los intelectuales han mostrado una reciente tierna preocupación por el exceso de trabajo que podría impedir asistir a misa y adorar a Dios. Pronto nos dirán que, además, produce cáncer.

A veces da la impresión de que esta prédica a favor del ocio es para consolar a los que sí están enfermos por no tener trabajo, más o menos el 13 por ciento de los chilenos, según la Universidad de Chile. Estos, según los parásitos, deberían estar contentos, al contrario de los que se ven obligados a laborar 48 horas. Hasta donde yo sé, nadie se ha muerto por trabajar, y con seguridad el stress de que se habla debe abundar más entre los desocupados.

La campaña ociosa afirma que la jornada legal chilena es de las más largas del mundo y que habría que reducirla manteniendo los sueldos. Parece que de tanto asistir a misa adquirieron la capacidad de hacer milagros. ¡Cómo podemos ser tan idiotas y no proceder, desde ya, a bajar la jornada a la mitad para aumentar el empleo y el ingreso por hora al doble! Es que trabajar nos pone tontos, al contrario de la ociosidad, que ahora cultiva el ingenio y, no como antes, que era la madre de todos los vicios. En todo caso, es gracioso y novedoso escuchar que los chilenos no somos flojos.

El trabajo educa a los niños y los hace responsables, disciplinados, ingeniosos y serios. Permite, además, a los hogares pobres sufrir un poco menos. Prohibirlo es educar mal y una crueldad. Además, induce a edad temprana a entrar a la clandestinidad y a actividades más fáciles y lucrativas, como el narcotráfico. Casi todos los grandes hombres han surgido desde el trabajo temprano, y la escuela formal no debiera hacerse aparecer en contradicción con él. La verdad es que las rigideces y reglas socializantes sobre el trabajo son una empobrecedora crueldad, que afecta a dueñas de casa, estudiantes, personas mayores, discapacitados, drogadictos y marginados en general, los que para tener un puesto que les acomode y puedan desempeñar necesitan de la más amplia libertad de salarios, contratos y jornadas laborales. Si ella existiera, no tendríamos 13 por ciento de desocupados ni otro tanto de inactivos, sino pleno empleo y mucho menos pobres.

Es poco elegante y hasta picante, pero es la verdad: siempre hay un precio —o salario— que iguala la cantidad ofrecida con la demandada. No les crea a los parásitos sociales. Son poderosos y dan envidia, pero de lo que entienden es de ocio. No del laburo, como dice el tango.

* Profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.  

Editorial
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