Israel Benavides
Hace algunas décadas en Argentina se habló de la “sociedad enferma”, una sociedad que sucumbía en la corrupción, el crimen y el irrespeto a los derechos más elementales del hombre; era la época de las dictaduras militares. Hoy nuestro país, aunque bajo un “régimen democrático”, considerado así por ser producto de la voluntad popular, se encuentra en estado de virtual anarquía, “¿y es que no pueden sentir el olor del espacio vacío?”, decía Nietzsche, ese gran poeta de la posmodernidad.
Y es que a escasos meses de las elecciones generales el país deambula entre un estado de crisis prolongada por políticas económicas que generan contracción y desempleo, y una situación de anarquía total provocada por una cadena de fenómenos que sumados amenazan enrumbar al país hacia una de las crisis más profundas de su historia.
¿Cuál es el escenario actual? Y, ¿cuáles son sus causas? Definitivamente, las ambiciones políticas, las luchas intestinas por el poder han trastocado los límites de la razón. La crisis del café derivada de una caída en los precios internacionales ha golpeado con fuerza a un sector que históricamente ha dado un gran aporte al Producto Interno Bruto. En países vecinos los gobiernos han tomado medidas de urgencia para salvar a la caficultura, en nuestro país los políticos se rasgan sus vestiduras diciendo que representan y defienden al sector por clientelismo electoral, pero en realidad no les interesa nada.
El reciente paro del transporte, cuya víctima directa fue el usuario de ese servicio, tuvo efectos colaterales en el comercio, en el normal funcionamiento de las escuelas, colegios, universidades y en las actividades económicas en general. ¿Quién pondrá en su lugar a estos apocalípticos jinetes, dueños y señores de las calles y avenidas de Managua? ¿quién logrará que le tengan un mínimo de respeto a la población que les garantiza el pan de cada día? Obviamente, en este período electoral todos se hacen de la vista gorda: el FSLN no puede ir en contra de su propio engendro, cooperativas ineficientes sin un mínimo de cultura empresarial. El Gobierno le lanza la pelota irresponsablemente al alcalde Lewites, quien a su vez no puede ir en contra de quienes lo apoyaron en su campaña.
En otro orden, el Consejo Supremo Electoral estuvo paralizado por la ausencia de tres magistrados, ¿pero qué se podía esperar de un Consejo compuesto por militantes de dos partidos que pactaron y que al mismo tiempo antagonizan en todo.
¿Será que los representantes de la comunidad internacional den crédito a un proceso electoral que desde ahora presenta nubarrones en el ambiente? Pero las elecciones son un asunto de Nicaragua y no de los extranjeros, dirán algunos “acérrimos defensores de la soberanía nacional”, pero no olvidemos que en esta aldea global, a la cual pertenecemos, los procesos electorales son el paradigma a seguir, y quien no lo hace bien son castigados severamente. Ya lo dijo el representante del “juez mundial” (Estados Unidos), queremos un proceso electoral transparente, por lo demás, gane quien gane.
Imaginémonos un resultado electoral con diferencia de cinco puntos cerrados entre el primero y el segundo lugar. ¡Dios no lo permita, con un Consejo Supremo como el que impuso a la sociedad el pacto! Roguemos a Dios, que gane quien gane, la diferencia sea de al menos diez puntos; de lo contrario esto será un verdadero relajo y la única víctima será el pueblo.
El autor es director de la Escuela de Comercio. Internacional y Economía de la UCC