Globalicemos la decencia

Álvaro Lacayo Argüello

Agobiado por la tortura sicológica y el prolongado cautiverio, Tomás Moro, santo patrón de los políticos, miró fijamente a los ojos azules y profundos del verdugo encapuchado, y mientras subía las gradas del patíbulo le dijo con voz firme y sin titubear: “Muero servidor del Rey, pero por encima de todo Siervo de Dios”. Rodó la cabeza del canciller, y fue exhibida varios días entre el estrepitoso e irreverente asedio de los cuervos en la Torre de Londres, pagando así con su vida el precio de la fidelidad a su propia conciencia, tras haber rehusado a cumplir los caprichos de Enrique VIII. Dedicar a los políticos, una de las profesiones más desprestigiadas del planeta, a un hombre del calibre de Tomás Moro, debe haber dejado en la “Psique” de Su Santidad, una impronta imborrable, y en el crepúsculo de su extraordinario pontificado, invita a una reflexión detenida.

Cuando Winston Churchill vio erigirse el cerco desde el Báltico hasta el Adriático, jamás sospechó que al desmoronarse el telón de acero, en el atardecer del siglo XX, se iban a re-encontrar, no dos mundos diferentes, sino dos mundos ateridamente indiferentes, y sumidos en la más escalofriante decadencia de los principios humanos fundamentales, en el trasfondo de una sociedad enferma, en la que más del 50% vive en miseria abyecta y carente de educación básica y de servicios elementales de salud.

Los destinos de un país están apoyados sobre el trípode del gobierno, el mercado y la sociedad civil. Los rigores que impone la globalización advierten claramente que para sobrevivir se necesita transparencia en el primero, eficiencia en el mercado y tolerancia en la diversidad de las ideas.

Analizando las tres patas del taburete, el expediente clínico y el pronóstico para el país resulta aterrador: en el mercado no hay nada que vender, la sociedad civil se encuentra amnésica e intolerante, y el gobierno de dos cabezas, que con un solo zarpazo vio derrumbarse el sistema bancario nacional, y evaporarse los dineros del erario y siguió tan campante.

Si hay algo palpable en la realidad nacional, son las pavorosas cifras de exclusión social que proyectan a Nicaragua como líder continental en el desempleo, el embarazo, la drogadicción juvenil y la violencia doméstica. Conforme marcha la democracia en América Latina es fácil anticipar el retorno al autoritarismo. Como es el caso de Venezuela.

Para hacer funcionar el triple eje de la democracia, en países pequeños como el nuestro, se requiere de la regionalización del libre mercado como lo ha planteado el presidente Fox en su Plan Puebla-Panamá. El gobierno tendrá que formular un plan a largo plazo que invierta en la Educación para el Desarrollo, y la sociedad civil ser tolerante, y afinar la retentiva para tener fresco en la memoria los expedientes de los gobernantes corruptos o incompetentes, y no permitirles jamás volver a ostentar el poder.

De cualquier manera que se vea, queda claro que en América Latina la combinación de Democracia y libre mercado no ha garantizado salir del atraso insólito que tiene a más de 250 millones de latinoamericanos viviendo en la más abyecta miseria. La globalización parece haber polarizado aún más el abismo de la pauperización, y mientras no se consolide el Estado de Derecho, no parece vislumbrarse la luz al final del túnel.

Por el momento conviene registrarse para votar, reclamar cédula y empadronarse, y vigilar el cumplimiento del voto y el orden en las casillas, y que las elecciones de noviembre, nos permitan ensayar los mecanismos de la democracia, los cuales nos eran ajenos, y para muchos será ésta la primera ocasión de depositar un voto en las urnas. La verdad es que hasta un voto cuenta en la Corte Suprema de Estados Unidos, el de Clarence Thomas, el único magistrado negro, fue el que definió la debacle Bush vs Gore.

El Santo Padre que recorrió el mundo en su misión evangélica y pudo ver en el rostro de los hombres las pasiones más primitivas, y persiguió las quimeras más utópicas, quizá pretendió redimir a los políticos en el ejemplo de la vida y muerte de Santo Tomas Moro. Ojalá nuestro próximo presidente recuerde esta dedicatoria y se inspire para gobernar con dignidad. Al cabo que el que gobierna vive sirviendo a Dios, y también recibe el agradecimiento de su pueblo.

Tomás Moro (Londres 1478-1535), canciller de Inglaterra a los 52 años, decapitado en el patíbulo por orden del Rey Enrique VIII: Moro fue elevado a los altares en 1935 por Pío XI, declarado Patrono de los políticos por Juan Pablo II. Escribió Utopía  

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí