- Pareciera que la mortalidad del invicto Comandante en Jefe de la Revolución, es finalmente la única salida que todos esperan para liberarse del dictador
Cristiana Chamorro Barrios*[email protected]
El desmayo de Castro sobre los micrófonos de un podio el sábado pasado y las sucesivas pérdidas del hilo en otros discursos menos publicitados, no sorprendió a los diplomáticos occidentales acreditados en Cuba. “Es justamente lo que se estaba previendo, no es una sorpresa, solamente era cuestión de esperar cómo y cuándo”, reveló un embajador al Nuevo Herald
En realidad fue una noticia tan esperada que incluso fue previamente anunciada minutos antes de que el gobernante Fidel Castro se desvaneciera. En Miami, el presentador del Canal 51, sin saber lo que estaba ocurriendo en Cuba, dedicaba ese día y esa hora de su espacio televisivo a especular sobre la salud de Castro. El periodista Ambrosio Hernández, haciendo preguntas, describió lo que después transmitió como noticia. Hernández le preguntó a un doctor neurólogo invitado si creía que Fidel Castro terminaría desmayándose en público, como consecuencia de su isquemia cerebral y arritmias cardíacas constantes.
Efectivamente, “El día en que murió Fidel Castro”, epílogo del libro “Viaje al Corazón de Cuba”, de Carlos Alberto Montaner, es un tema presente en todos los análisis sobre asuntos cubanos. Pareciera que la mortalidad del invicto Comandante en Jefe de la Revolución, es finalmente la única salida que todos esperan para liberarse del dictador más antiguo de América. En 1999, tuve la oportunidad de viajar a La Habana invitada por la Asociación de Periodistas Europeos, y me fui leyendo ese libro de Montaner que ofrece una síntesis amena de la historia reciente de la isla, con un sabroso retrato sicológico y antropológico de Castro, pero con un final poco serio para el nivel del análisis.
Montaner finaliza su libro con un capítulo en el que describe la muerte de Fidel Castro en detalles, una ficción que por un lado desvaloriza el contenido del estudio, y, por otro, desafiaba mis convicciones cristianas de no poder desearle la muerte a nadie. Sin embargo, para sorpresa mía, en La Habana me encontré que el novelesco final de Montaner es un fantasma verdadero que se pasea por la revolución cubana, en altos y bajos niveles de esa sociedad, sin que uno proponga el asunto como tema de conversación.
Por supuesto, unos más a la defensiva que otros, como el canciller Felipe Pérez Roque, quien sin que nadie se lo preguntara en una conferencia ante periodistas europeos y latinoamericanos dejó ver que ellos hablan de una Cuba sin Fidel Castro cuando, en referencia a sus relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos, dijo: “La negociación es con Castro y no después. Nosotros los que le seguimos somos Mushdaines, combatientes de Alá”.
El gran historiador y restaurador de la ciudad, Eusebio Leal, un hombre respetado dentro y fuera de Cuba, no rechazó hablar del tema cuando le pregunté sobre la tesis de Montaner, que señala a Leal como el hombre del círculo íntimo del castrismo, quien según “El día en que murió Fidel Castro” es el que va a dar un giro de timón logrando que Cuba no siga siendo la excepción política y económica de Occidente. El historiador que ha hecho de la ciudad una joya en la que se mezcla lo viejo con lo nuevo y lo destartalado que no se restaura con el esplendor de una época pasada, rechazó la especulación de Montaner como “un disparate simplista”.
Pero en la calle, el taxista, el mesero, la camarera, el estudiante y todo el que uno se encuentra es verdad que no parecen dispuestos a levantarse en armas en contra del régimen, pero hablan de estar a la espera de que algo pase. ¿Qué quisieran que pase?, pregunté yo a cada uno de mis interlocutores populares, y obtuve una misma respuesta nerviosa: “¡Mejorar, chica! ¡Mejorar, pero hay que esperar!”, sin poder explicar qué es lo que esperan que pase.
¿Y qué es lo que se puede esperar? Juan Tamayo, periodista del Miami Herald y especialista en asuntos cubanos, trató de responder a esta interrogante histórica haciéndose varias preguntas a raíz del desmayo público de Castro. Tamayo se pregunta sobre lo que puede pasar “el día después del funeral”, que es como hablan los analistas norteamericanos: “¿Se levantarán los opositores a Castro dentro de la isla cuando se conozca la noticia de su muerte? ¿Se desplomará rápidamente su sistema comunista? Si así no fuere, ¿quién lo seguirá? ¿Serán capaces sus sucesores de controlar las riendas del poder tan firmemente como él lo hizo? ¿Y cómo reaccionará Washington?”
La idea de una Cuba sin Fidel es una realidad que circula con libertad dentro y fuera de la Isla, incluyendo círculos afines al régimen, que según reportes periodísticos, hablan con más temor del “General” Alzheimer, que del general Collin Powell. Castro ya no puede controlar estos pensamientos que conspiran en el silencio de las “tareas revolucionarias”, y junto con los disidentes esperan un momento dentro de Cuba. No saben cómo ni cuándo llegará ese día para actuar y hacer su transición como se habló entre periodistas en ese encuentro iberoamericano en La Habana hace dos años.
Adam Michnick, director del periódico polaco “Gazeta Wyboreza”, en nombre del grupo de latinos y europeos propuso a los cubanos “un diálogo sin revancha para Cuba”.
“Las transiciones pacíficas españolas, chilenas, húngaras, polacas y nicaragüenses son el mejor regalo para nuestros hijos”, agregó el periodista que con su pluma fue uno de los artífices de la transición en Polonia. Admirador confeso del proceso nicaragüense, invitó a los colegas periodistas de Cuba a inspirarse en estos dos modelos: “Que el gobierno, siendo fuerte, acepte el diálogo, la negociación, y que por su parte toda la oposición renuncie a la filosofía de la revancha” ese día que todos esperan y del que todos hablan.