Roberto Fonseca [email protected]
Acabábamos de darnos un “banquete” de frito y chicharrón, cuando el estruendo casi nos hizo saltar sobre la banca de madera y, la escuela militar de Pantasma se estremeció, como sacudida por un temblor.
Era poco después del mediodía del domingo 13 de mayo de 1984, fecha en que los cubanos celebraban el “Día de la madre” y, a pocos metros del comedor, la batería de obuses soviéticos de 122 milímetros, estacionada en la escuela militar, empezó a escupir fuego. Aquello era una sinfonía mortífera, ensordecedora.
“¿Qué pasa, coño?”, preguntó el asesor cubano y un oficial nicaragüense le respondió que la Contra había atacado una cooperativa, en la zona de El Ventarrón y, habían recibido órdenes de disparar la artillería pesada, para sembrar el desconcierto y el temor entre los atacantes. No dudé que tendría ese efecto.
Semanas antes, cuando descansábamos en un cerro, había escuchado a lo lejos el estruendo de los obuses de 122 milímetros y, desde entonces, me había impresionado esa máquina de guerra.
Cuando el proyectil iba volando, se oía como si un avión supersónico viajaba a toda velocidad, rasgando el cielo y; luego, al caer en las montañas, se escuchaba un retumbo espantoso, que dejaba tras de sí un eco que sonaba a “¡bangannnnnnnnnnnnnn!”.
Recuerdo que en una ocasión, incluso, conté cuánto se dilataba el proyectil en caer desde que se disparó y me detuve mentalmente a los cuarenta segundos. Indagué, pregunté y me aseguraron que el proyectil, con un peso de 48 libras, podía recorrer hasta 22 kilómetros de distancia.
Aquel día, ante los ojos sorprendidos y atemorizados de los padres de familia que llegaban a visitar a sus hijos del Servicio Militar, ubicados en Pantasma, los proyectiles estallaban a lo lejos, en dirección a El Ventarrón. El estruendo semejaba al de un rayo, reventando a tu lado.
EL ATAQUE
Ese domingo 13 de mayo de 1984, trece días antes de que mi hijo Carlos Roberto cumpliera dos años, se produjo el ataque de la Contra a la Cooperativa “Carlos Fonseca”, ubicada en El Ventarrón, Pantasma.
Recuerdo que a pesar de la distancia, nos dimos cuenta del combate por el volumen de fuego y por los tipos de armas. Se oía la fusilería cerrada, el estruendo de los morteros, además de las ráfagas de ametralladoras pesadas. Eran alrededor de las diez de la mañana.
La “Carlos Fonseca” era una CAS, es decir, una Cooperativa Agrícola Sandinista, que producía café bajo la modalidad colectiva. Estaba integrada por los miembros de ocho familias y se contabilizaban entre ellos a 25 milicianos. Disponían de fusiles AK, ametralladoras livianas y lanza-cohetes RPG, con su dotación.
El ataque, relataron horas después, empezó por la mañana, después que los cooperados detectaron la presencia de los “chilotes”. Evacuaron a la población civil del lugar y luego que el zinc salió volando por las explosiones, se desató un combate cerrado, que duró alrededor de cuatro horas.
A los sobrevivientes los vimos la noche del mismo día, cuando llegaron hasta Pantasma, después de varias horas de caminata. Ahí relataron su historia. Al concluir, contabilizaban un muerto y dos desaparecidos. El cadáver no habían podido rescatarlo, así que regresarían al día siguiente para traerlo consigo y darle cristiana sepultura. Quedaban pocas horas de sueño.
Mientras tanto, allá a lo lejos, en la zona de El Ventarrón —donde moriría mi hermano nueve meses después— se veía fuego, una especie de fogata. Decían que eran los restos de la cooperativa, ardiendo.
LA MUERTE VISTA DE FRENTE
Casi al caer la noche del lunes 14 de mayo, llegó la escuadra campesina, cargando a cuestas el cadáver. Venía envuelto en sábanas amarillentas, que aún tenían pintadas franjas rojinegras y la frase Ejército Popular Sandinista (EPS).
Recuerdo que llegaron en silencio, completamente sudorosos, tras una caminata de casi doce horas, de ida y vuelta. El cadáver del cooperado lo traían a cuestas dos de sus compañeros, quienes lo sostenían con una hamaca amarrada a un tronco. Segundos después lo depositaron sobre la tierra.
Nos quedamos callados, observándolo, hasta que Gladys rompió el silencio, lanzando consignas sandinistas. Un escalofrío entonces me recorrió de la cabeza a los pies. Por primera vez, frente a ese cuerpo inerte, sentí que la muerte me veía a la cara, a pocos centímetros, y experimenté miedo.
Sobre el camino de tierra, los pobladores de Pantasma transitaban en silencio, observando aquella escena de dolor y duelo. En ese momento, para ellos estaba más que claro quién había ganado y quién había perdido ese episodio de guerra.
“Súbanlo a la camioneta”, ordenó Reinaldo, así que Víctor y yo tomamos el tronco, lo colocamos sobre nuestros hombros y lo levantamos. Sentimos el peso del muerto. Se llamaba Juan Alberto Rosales.
* El autor es periodista.