Una noble y digna profesión

El 29 de junio de 1855 sólo habían transcurrido 16 días desde que William Walker desembarcó en Nicaragua, al mando de una falange de filibusteros contratados y traídos por el jefe liberal Francisco Castellón para que le ayudaran a derrotar al ejército conservador, en la que fue la peor de todas nuestras guerras civiles y luchas fratricidas.

Ese 29 de junio de 1855 Walker y sus filibusteros combatían contra los patriotas nicaragüenses en la ciudad de Rivas, atrincherados en una casona que fue incendiada por el joven maestro Emmanuel Mongalo Rubio, quien se convirtió así, merecidamente, en un héroe nacional. En memoria de esa gesta y en honor a Mongalo es que cada 29 de junio se celebra el Día del Maestro.

Desde 1957 y hasta 1979, el Día del Maestro se celebraba en Nicaragua, igual que en otras partes de América Latina, el 11 de septiembre y en honor del insigne maestro y estadista argentino Domingo Faustino Sarmiento. Pero en 1981, en un plebiscito magisterial los maestros democráticos decidieron que la celebración del Día del Maestro fuese el 29 de junio, en honor a Mongalo, y derrotaron la propuesta sandinista de celebrarlo el 18 de septiembre, aniversario de la muerte en combate por efectivos de la Guardia Nacional del dirigente del FSLN, profesor Ricardo Morales Avilés.

En todo caso, no es casual que el Día del Maestro se celebre en conmemoración de un acto heroico, de guerra, pues bélicos han sido los grandes episodios de la historia de Nicaragua y los nicaragüenses siempre nos hemos sentido orgullosos de ser una nación de guerreros. Pero, paradójicamente, ha sido por falta de educación, porque Nicaragua siempre ha tenido más soldados que maestros y le ha tributado más honor al combatiente que al educador, que hemos tenido que sufrir tantos conflictos bélicos y soportar a gobernantes despiadados, incapaces y corruptos, mientras que económica y culturalmente nos hemos rezagado de los países vecinos centroamericanos y de los hispanoamericanos en términos generales.

Y al parecer todavía no hemos cobrado suficiente conciencia de que hay que cambiar los fusiles por los lápices, los cuarteles por las escuelas, la confrontación por la educación, el paladín armado por el héroe sin fusil, el general por el maestro, para poder salir del atraso, la pobreza y la dependencia de la caridad o solidaridad internacional.

En un artículo que publicamos hoy en esta misma página, el eminente maestro en retiro, Raúl E. Quintanilla reclama que: “¿Hasta cuándo la sociedad y el Estado sustituirán las palabras de elogio y reconocimiento a los ‘apóstoles de la enseñanza’, por verdaderas acciones que mejoren sus condiciones económicas y sociales?”

Es justo el reclamo del maestro Quintanilla. Pero también hay que decir que independientemente de las deplorables condiciones socio-económicas que sufren los maestros de Nicaragua, ellos son personas dignas, tanto por su calidad de seres humanos como también porque el magisterio es una profesión que dignifica y ennoblece. Además, no se puede dejar de reconocer que las maestras y maestros han mejorado su situación material en los últimos 11 años, durante el período democrático, aunque la mejoría sea poca, lenta e insuficiente. Antes de la revolución sandinista el salario promedio de los maestros equivalía a 120 dólares mensuales. El gobierno del FSLN lo rebajó a unos 10 dólares mensuales, y sólo después del advenimiento de la democracia, en 1990, se comenzó a recuperar hasta llegar ahora a un promedio de más o menos 65 dólares.

Sin embargo las maestras y los maestros merecen mucho más que eso. La verdad es que la profesión magisterial debería ser remunerada de acuerdo con su importancia y nobleza; la educación debería ser atendida por el Estado y la sociedad de conformidad con la significación estratégica que realmente tiene como impulsora del crecimiento económico y del desarrollo social; y la instrucción pública primaria debería ser realmente gratuita para que ninguna familia, por muy pobre que sea, deje de enviar sus niños a las escuelas.

El futuro de Nicaragua está en las escuelas y en manos de las maestras y los maestros. De esto a nadie le debería caber ni solo gramo de duda.  

Editorial
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