Trece meses después de su periplo, Ramón fue capturado por la guardia de inmigración al intentar cruzar la malla fronteriza en Tijuana y posteriormente conducido a una prisión en Arizona, de donde fue liberado y vuelto a capturar al descubrir que era un indocumentado. Pese a que obtuvo asilo, aún no alcnza su sueño. (Inserto) Santos Ramón Zepeda Campos.

Dos mil millas a pie en busca de un sueño

La historia de Santos Ramón Zepeda Campos, el menor nicaragüense que caminó miles de millas hacia Estados Unidos durante 13 meses, y que recibió asilo en Arizona en enero pasado, motivó una serie denominada “El viaje a la tierra de nadie”, de la Revista electrónica La Frontera. El recorrido realizado por Zepeda Campos, desde su […]

  • La historia de Santos Ramón Zepeda Campos, el menor nicaragüense que caminó miles de millas hacia Estados Unidos durante 13 meses, y que recibió asilo en Arizona en enero pasado, motivó una serie denominada “El viaje a la tierra de nadie”, de la Revista electrónica La Frontera. El recorrido realizado por Zepeda Campos, desde su salida de Chinandega protagoniza el relato presentado en cinco entregas y que LA PRENSA reproduce en esta edición.

Paúl Cuadros/Traducido por Ivet [email protected]

Santos Ramón Zepeda Campos abandonó su desesperada vida en las calles de Chinandega en busca de un mejor futuro. Quizás nunca pensó en su madre ni por qué ella le pegaba con una faja de cuero o por qué lo amedrentaba con tizones o lo abofeteaba, o por qué, en una cálida mañana de 1989, observaba en silencio mientras ella regateaba el precio por el que lo vendía.

A sus seis años, su pellejo tenía un buen precio: un reloj de pulsera marca Citizen. Lo vendieron a una señora que se llamaba Elena. Ella y sus hijos tenían una finca de maíz, frijoles y ganado en las afueras de Chinandega. Ramón tenía unas fuertes manos pequeñas, pero hacía lo suyo en el trabajo. Así se ganaba la vida. Doña Elena lo quería, pero quería más a sus dos hijos mayores: Chelo y Felipe. Eran su sangre.

Estuvo dos años con Doña Elena. Ella era exigente, pero le daba estabilidad. De pronto, ella murió de un ataque cardíaco. Las cosas dejaron de ser las mismas. A los ocho años, aprendió a mantenerse solo.

UN NIÑO DE LA CALLE

Solo, en las calles de Chinandega, no tuvo otra opción que mendigar. Algunas personas le dieron la espalda; otras se compadecieron de él al darle unos centavos para comprar comida. Dormía en el parque.

Encontró un frondoso árbol en las afueras de la ciudad. Hizo una hamaca con un pantalón y una camisa. Estaba solo, pero estaba bien porque nadie lo molestaba.

CINCO AÑOS LUSTRANDO

Su suerte cambió meses más tarde cuando conoció a Daniel Orriante, quien lo llevó a conocer a su madre, Isabel. La familia le dio de comer. Le trajeron una caja de lustrar y Daniel lo ayudó a lustrar. Ahora podía trabajar para sobrevivir. Lustrando zapatos pasó cinco años. Por las noches, buscaba un lugar seguro donde dormir. La calle lo recibía con golpizas por las pandillas y de la Policía. Ellos no hacían nada para que los pandilleros dejaran de golpearlo. En diciembre de 1998, tres policías lo enfrentaron y lo amenazaron con matarlo si lo veían de nuevo.

Chinandega ya no era un sitio seguro. Ningún lugar en Nicaragua. Fue entonces cuando se le ocurrió irse para EE.UU. Así comenzó su viaje de 2,400 millas. No sabía cómo llegaría, pero los dos dólares que obtuvo al vender su caja de lustrar lo ayudarían.

EN LA CARRETERA

Siente dolor en los pies y hambre. Avanza. Pide un aventón. No lo consigue. Apesta por tantos días de camino. La gente no le da un aventón porque creen que es un delincuente. Ramón sabe que no es una mala persona. Simplemente quiere irse de Nicaragua.

Cuando siente hambre, toca las puertas de casas viejas y se detiene en las cocinas junto a la carretera.

Al anochecer, se recuesta en algún cauce y observa el cielo oscuro. Está solo, cansado y hambriento.

A la mañana siguiente, sigue caminando. En una iglesia, se encuentra con un sacerdote, quien le da ropa y zapatos nuevos. Tiene los pies llenos de ampollas.

CRUZANDO LA FRONTERA

En la frontera entre Nicaragua y Honduras, sabe que la Policía lo puede capturar y enviarlo de regreso a Chinandega. No tiene partida de nacimiento ni documento de identificación alguno.

Empaca sus emociones en una sábana y esconde sus nervios de los guardias hondureños. Siente que se le revuelve el estómago. Nadie le hace preguntas. Camina. Siente un gran alivio cuando los guardias ya no lo pueden ver y sus pies tiemblan. No se detiene.

En Honduras mucha gente le abre las puertas. Le dan ropa. Algunos zapatos le molestan; otros son muy grandes. A él eso no le importa.

Cuando llega a El Salvador, es como caminar en un viento frío. La gente es mala. Le tiran las puertas en la cara. Se siente más expuesto, más vulnerable. Acelera el paso con la esperanza de cruzar la región lo más rápido posible.

Ni siquiera ha llegado a la mitad de su destino: EE.UU. Por ahora, prefiere caminar solo.

NIÑOS PERDIDOS DE GUATEMALA

Salió de Ciudad Guatemala, donde estuvo una semana. No quería que le pasara como a los otros chicos de la calle en el Parque Colón que intentaron ir al Norte también, pero los agarraron en México y los devolvieron a Guatemala.

Ramón no consume drogas ni es “huele pega”, pero Ciudad Guatemala es el “cuello de botella” para los niños de la calle que intentan ir al Norte, debido a la neblina de alucinógenos. Algunos no logran escapar.

La carretera a Tecún Umán en la frontera con México está llena de gente, caminando rumbo a las plantaciones de café o de azúcar.

Ramón sigue la Panamericana, llega a Tecún Umán. Le paga dos pesos a un “balsero” para que lo cruce en el Río Suchiate. Pasar emigrantes es la principal industria de Tecún Umán. Los contrabandistas cobran US$4,000 para cruzar ese río.

SOLIDARIDAD ENTRE MENORES

El punto más peligroso es Tapachula. Ahí es donde los agarran, les quitan todo su dinero y los devuelven a Guatemala. El número de emigrantes fallidos es cada día mayor. Antes eran solamente hombres, ahora se incluyen mujeres y niños.

Es una pesadilla que él debe cruzar. Se mete en las carreteras y evade a los oficiales de migración. Tapachula y Veracruz quedan atrás. Al llegar a México, se siente exhausto. Ya no tiene zapatos, ha gastado seis pares en su travesía.

Reza para que pueda pasar ese trecho sin problema. En Tijuana, conoce a Jesús Antonio, un adolescente que le regala una copia de su partida de nacimiento mexicana. Con su nuevo nombre, Jesús, consigue un puesto en una tienda y en un lava carros, renta un pequeño apartamento por la frontera. Ha pasado un año desde que salió de Chinandega.

BAJO LA DESESPERACIÓN

Los Cholos, una pandilla de Tijuana presionan una afilada cuchilla contra la garganta de Ramón mientras él se retuerce en el suelo de su pequeño apartamento. Tres hombres han tocado a la puerta y cuando contesta, lo empujan y lo atan.

Los Cholos se ríen mientras se llevan sus cosas. Lo dejan en el suelo, enojado y lleno de resentimientos. No puede ponerse de pie. Llama a la Policía, pese al temor de que descubran que es extranjero y lo deporten a Nicaragua.

Un mes más tarde Los Cholos regresan. Lo amenazan con matarlo. Empaca sus cosas y se encamina a la frontera para cruzar a Estados Unidos. Ramón se sube a la malla. Las luces lo alcanzan. Una voz le dice que no se mueva. No hay un lugar adonde correr ni dónde esconderse.

Lo detienen. Tiene miedo. Le dice a migración que tiene sólo 16 años, pero no lo escuchan. Se lo llevan a Florencia, Arizona. Gracias a la intervención de los abogados, lo dejan libre bajo la custodia de un programa de cuidado de extranjeros. Pero descubren que no tiene documentos de identificación. El ciclo comienza de nuevo.

En septiembre de 2000 lo llevan de una cárcel a otra y llega a parar a las instalaciones de Detención Juvenil en Globe, Arizona. Se siente como un delincuente.

Llega el juicio, justo tres días después de Navidad. Lo llevan a la Corte con las manos atadas y en “chanclas”. Con ayuda de un traductor, relata las palizas en manos de la Policía de Nicaragua y otras pandillas. Finalmente, el juez John Richards, le concedió el asilo. Al fin, estará libre.

EL SUEÑO ES AUN INCIERTO

En lugar de darlo a padres adoptivos, el Servicio de Naturalización y Inmigración envió a Ramón a otro centro criminal juvenil en Los Angeles y luego a otro en Tulare, California.

El Centro Juvenil del Condado de Berks no tiene barras en las ventanas, pero sus puertas están cerradas con candado. Cuando lo llevan a una pequeña oficina en una guardería, anda descalzo. Los guardias le quitaron los zapatos. Ramón ha estado el tiempo suficiente para saber qué hacen esos para evitar que los prisioneros escapen. Ha caminado y atravesado seis países, pero en las calles ha tenido más libertad que la que tiene acá.

La vida no es del todo mala. Finalmente, está aprendiendo a leer y escribir. Quiere estudiar y ser abogado. Ya sabe un poco de inglés. “Pleased to meet you” dice. Juega fútbol con los niños con quienes se identifica. El centro alberga a 35 niños. Algunos tienen sus familias en centros de detención adulta.

El INS detiene a más de 4,500 niños que se encuentran en el limbo en sus 95 instalaciones. Solamente 25 tienen licencia como centros de atención no lucrativas. Las otras 70 son instalaciones de corrección juvenil, donde los niños emigrantes se mezclan con delincuentes juveniles que han cometido asesinatos y otros crímenes serios. Ahí, los detienen por meses, e incluso, por años.

El número de menores sin compañía crece cada año en la frontera. Niños de Nicaragua, Honduras y El Salvador emprenden su camino a Ciudad Guatemala y Tecún Umán para cruzar México. Sólo los más fuertes, lo logran.

SUS ANGELES SIN ROSTRO

Ramón sabe cuán afortunado es. No lo agarraron en Guatemala ni lo capturaron en México. Logró llegar a Estados Unidos. Al recordar sus aventuras, sus apuros, Ramón no habla de los proyectos de leyes en lista de espera en el Congreso. El no comprende estas cosas. Piensa en los zapatos que gastó en las carreteras y en los tantos kilómetros que tuvo que caminar hacia la libertad; en los ríos que ha cruzado; los valles que atravesó; las calles que cruzó para llegar acá. Piensa en Isabelle y Daniel, quien le regaló la caja de lustrar, y los otros ángeles sin rostro que lo ayudaron.

Ha perdido el contacto con todos ellos. Piensa en sus hermanos y hermanas, a quienes recuerda todos desnutridos. Es posible que Doña Elena haya muerto, pero aún le tiene miedo a sus hijos. Los horrores que vio en Chinandega vienen a su mente. “Soñé que vivía con una familia, que estudiaba, que usaba corbata, que era todo un documentado”, dice.

Solamente Ramón sabe lo que ha dejado atrás, en la carretera, lo que no puede decir en voz alta, lo que vivió y soportó para mantenerse vivo. Se mete a la carretera y el alba revive su historia. La noche se apodera de sus pensamientos. En algún lugar, a oscuras, todavía puede ver a su madre observando el reloj que lo separó de ella. “Ella me dejó ahí”, dice, viendo hacia el piso y con un tono de voz entrecortado.

Con un amable apretón de manos, Ramón se levanta de la mesa. Sonríe a medias. No está seguro si su caso está resuelto, si lo obligarán regresar a su Nicaragua o si lo acogerá el sistema de cuidado americano. Sale de la habitación descalzo, con medias. Saluda al guardia que toma su brazo para guiarlo. Se dirige al zaguán. En sus manos lleva los zapatos.  

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