Luis A. Villalta Morales
Dicen que el tiempo lo cura todo, especialmente en materia de mal de amores y corazones rotos. Y es que el paso del tiempo, según los especialistas en esta temática, adormece la conciencia de hechos dolorosos, los que al alejarse en el calendario van siendo sustituidos por experiencias más cercanas dando lugar a la aparición del olvido.
De tal manera que ante un problema amoroso, la recomendación de los sabios es “darle tiempo al tiempo” con la confianza de que más adelante “un clavo sacará otro clavo” y todo se arreglará.
Pues bien, asombrosamente esta teoría del campo amoroso ha empezado a ser politizada. Y es que los políticos nicaragüenses tienen una creatividad inmensa y ya no hallan que inventar. Por lo tanto, ya he empezado a escuchar que ya es “tiempo” que el Frente Sandinista vuelva al Gobierno, porque diez años fuera del poder es suficiente “tiempo” de castigo y que, debido al paso de mucho “tiempo” ha aparecido el olvido y que ahora sí, “un nuevo gobierno sandinista (un clavo) nos sacará del clavo (otro clavo)”. Están apelando a que el tiempo ha dejado lugar al olvido.
Esta nueva teoría, adaptada probablemente de las novelas de Corín Tellado, se la he escuchado a altísimos tiliches del Frente que con toda la seriedad del mundo (sin reírse) dicen que ya los viejos como yo deben olvidar lo que pasó en los ochenta y que los jóvenes, al no haber vivido esa época, pues no tienen nada que olvidar.
La diferencia es que lo que pasó en los años ochenta y parte de los noventa no fue una historia de amor entre dos adolescentes o jóvenes en las que él la engañó y luego no hizo honor a su palabra. No señor, la vaina no fue tan ingenua e inocua como simples historias de enamorados que al cabo de diez años deben estar felizmente casados con otro(a), llenos de hijos y si te he visto, no me acuerdo.
Quisiera preguntarle a las madres de los adolescentes muertos en el Servicio Militar si la resignación por la ausencia de sus hijos dio lugar al olvido y al perdón de los culpables; si ya no sienten que le arrancaron el alma porque dicen que no hay mayor dolor que el de madre; quisiera preguntarle a los que viven en Miami si ya dejaron de añorar el regreso y si la resignación del no retorno ha dejado lugar al olvido de la Patria y perdón de los que los enviaron al exilio.
Quisiera preguntarle a los miskitos que fueron desarraigados de manera brutal si ya se olvidaron del atropello y la prepotencia del poder militar; quisiera preguntarle al padre Carballo si el perdón a los que lo ofendieron de la manera más burda dio lugar al olvido; quisiera preguntarles a los católicos si ya olvidaron las humillaciones al Papa Juan Pablo II, a los dueños de LA PRENSA si ya no recuerdan quién y cómo los censuró; a los confiscados de manera injusta si ya olvidaron cómo perdieron toda una vida de trabajo honrado; a los simples ciudadanos si ya borraron de su memoria las humillaciones para conseguir un rollo de papel higiénico o una toalla sanitaria; a los cocineros de la Guardia si ya olvidaron los treinta años que les recetaron y así ¿ya se olvidaron?
El jueguito de que a medida que pasa el tiempo el vecino se va olvidando de que un buen día me le robé el televisor… hmmm… quien sabe, sobre todo que ni le pedí perdón ni le devolví el televisor y todos los días me ve usándolo. Se puede perdonar, pero no olvidar.
En realidad, el tiempo no lo cura todo y hay culpas que merecen más de diez años de castigo. Algunas merecen cadena perpetua, aunque como la revolución es generosa se las dejamos en treinta años.
* El autor es catedrático universitario.