Mario Ruiz C.
¡Debe tomar riquísimo café en su país!, me han expresado más de una vez europeos con quien he estado conversando; orgulloso de proceder de una nación cafetalera, no he tenido más que decir que el café es inigualable y no me creerían que en los supermercados de esta tierra muchos compran café proveniente de otras tierras, y además procesado.
Mientras adquirimos acá, café combinado quién sabe con qué cosas, allende los mares se mueren del gusto por tener un kilogramo de café natural para tostarlo, molerlo y hacer el café en casa u ofrecerlo en cafés y restaurantes como algo exótico y de excelente calidad. Lujo que por supuesto no todos pueden darse, lo natural es lo más caro, porque es lo más sano.
En Viena, llamaría la atención o por lo menos confundiría al mesero(a) pedir un café, la razón es muy sencilla, existe la posibilidad de degustar el café en más de cincuenta formas posibles: Melonge, capuchino, expresso, mocka, estilo árabe (que fue el pueblo que introdujo a Europa este aromático brebaje) y muchos otros nombres que no recuerdo, pero sí su delicioso aroma y sabor. Sólo la preparación de una taza lleva más de cinco minutos, ya que hay que molerlo y se efectúa individualmente, taza por taza y no en un gran perol, con el objeto que no se pierda el aroma y sabor, todo un ritual que vale la pena y amerita la espera y el precio que se paga por él.
Con muy pocas excepciones, es difícil encontrar aquí restaurantes en donde se pueda uno deleitar con un café bien preparado; habría que remontarse a la montaña y tomar el café de calcetín el cual es puro, fresco, tostado a fuego de leña y endulzado con un pedazo de dulce bien negro.
El café cultivado en principio para la exportación, y no para el consumo nacional, poco a poco ha ganado adeptos, sin llegar al consumo del europeo y norteamericano en donde se ha convertido incluso en un vicio-placer.
No hemos aprovechado adecuadamente ese recurso que la naturaleza nos ha prodigado, industrializándolo y ofreciéndolo como un producto turístico de alto valor agregado; precisa explorar métodos que mejoren calidad en aroma y sabor, deficiencia que nos convierte en dependientes totales del mercado externo en su comercialización como materia prima y compitiendo con productores en condiciones desventajosas.
En el viejo continente y países en donde el café no se cultiva, existen los famosos cafés y bares, en donde además de deleitarse uno con esa extravagante infusión que nosotros exportamos, son centros de encuentro social, negocios y citas de amor. ¡Cómo son las cosas, abrimos y proliferaron los bares y no los cafés!
Al parecer nos incomoda la diversidad, nos gusta ser uniformes y llevar el mismo atuendo, el mismo estilo, gustos, comidas, y si el vecino instala una pulpería, en la misma cuadra proliferan diez; incluso en política los líderes los elegimos con las mismas virtudes y defectos, casi como una fotocopia y fácilmente la historia se repite, ojalá que no vuelva otro Walker como en el año 1856.
Posiblemente por ello basta con decir un café en un restaurante o comidería, no hay otro, no cabe el error, verá que alguien toma un sobre sellado, lo rompe y lo mezcla en agua sobrecalentada y le sirve algo a lo que se llama café. ¿Y el aroma y la gustación? ¿habrá que ir a la montaña, para percibir y saborear el aromático y delicioso café? ¿tendremos que buscar al elegido de otra tierra, teniendo tantos patriotas aquí?
* El autor es abogado.