Jorge Salaverry*[email protected]
El presidente de venezuela, hugo chávez, llegó al poder en febrero de 1999 respaldado por una montaña de votos. Una mayor legitimidad democrática no era posible. Desde entonces, Chávez ha logrado la convocatoria a una Constituyente, la aprobación de una nueva Constitución hecha a su gusto y antojo, y una reforma sindical elaborada a su medida. A mediados de noviembre pasado, la Asamblea Nacional, mediante una ley habilitante, le concedió poderes especiales para pasar ciertas leyes por decreto y sin necesidad de ningún debate parlamentario por el término de un año. En lo que va de su mandato, el precio internacional del petróleo –principal producto de exportación de Venezuela– se ha elevado substancialmente, llevando billones de dólares a las arcas del gobierno presidido por Hugo Chávez. Y sin embargo… Venezuela se está cayendo en pedazos.
Altos niveles de desempleo, desórdenes sociales, criminalidad nunca vista, creciente corrupción en el ejército, cuantiosa fuga de capitales y bajos niveles de inversión, son, entre otros, algunos rasgos que caracterizan a la hermana República Bolivariana de Venezuela, ¡ah! porque Chávez –que en estos dos años y tres meses de gobierno ha hecho todo lo que ha querido– también le cambió el nombre al país. Su estilo autoritario y centralista, y sus políticas económicas y sociales populistas, lo han llevado a confrontarse con el clero, con la empresa privada, con los medios de comunicación, con los sindicatos, y con todo aquél que disienta de sus opiniones y que rehúse doblar la cerviz ante su persona.
Bueno, ¿y qué piensa hacer Chávez para resolver esa situación? ¿Corregir sus errores? ¡Ni pensarlo! Lo que ese personaje de opereta quiere ahora es… ¿lo adivina usted, apreciado lector? Si no lo adivina, yo se lo diré: simple y sencillamente lo que quiere es… ¡más poder! Recientemente anunció la posibilidad de decretar un “estado de excepción”. El anuncio ha caído como balde de agua fría en la ya de por sí atribulada Venezuela, porque, de concretarse, no cabe duda que sería equivalente a un autogolpe.
En un discurso pronunciado ante la Asamblea Nacional el 25 de abril, Hugo Chávez dijo lo siguiente: “Hacen falta medidas extraordinarias, las medidas ordinarias no bastan para combatir la pobreza…”. Y agregó… “Me tiene hasta la coronilla esta situación. Estoy pensando en tomar medidas extraordinarias”. Y esto más: “Hay que hacer algo. No basta con la Constitución”. ¿Son éstas las palabras de un demócrata? Definitivamente que no. Son las palabras de un demagogo y de un dictador en ciernes que por esas cosas del destino llegó a la Presidencia de la República por la vía democrática. No olvidemos esto último.
De inmediato, su Ministro de Defensa, José Vicente Rangel, le hizo eco diciendo que “hay una situación de problemas crónicos que tienen que ver con lo social, lo económico y la corrupción, que ameritan una respuesta contundente”. Es fácil imaginarse lo que en las cabecitas de esos déspotas significa una “respuesta contundente” en el marco de un estado de excepción. Es el uso implacable del poder en manos de un dictador. ¡Al diablo con las sutilezas pequeño burguesas de debates parlamentarios y cositas por el estilo! Lo único que Chávez necesita para dar al traste con la pobreza en Venezuela son poderes dictatoriales. ¡Vaya bufonada!
Sin embargo, el anuncio de Chávez no debe sorprender a nadie. Era cosa de tiempo. Desde que Chávez intentó en 1992 derrocar al gobierno venezolano mediante un golpe militar que al final no tuvo éxito, demostró que los principios democráticos y el espíritu civilista son ajenos a su persona. Su modelo ideal de gobierno es el que ha impuesto en Cuba Fidel Castro, personaje a quien Chávez reverencia y trata de imitar.
Pero bueno, ¿son esos vientos autogolpistas que soplan en Venezuela algo a lo que debemos ponerle atención? Yo diría que sí, si es cierto que es de sabios escarmentar en cabeza ajena. Dentro de menos de seis meses los nicaragüenses acudiremos a las urnas para elegir a un nuevo presidente. La experiencia venezolana debe servirnos para que nos demos cuenta de que es perfectamente posible llevar a la Presidencia de la República, ¡por la vía democrática!, a un vulgar dictador.
Mal hicieron los venezolanos al no tomar en cuenta el pasado antidemocrático de Chávez. Peor haríamos nosotros si decidimos ignorar el comportamiento pasado de cada candidato a presidente. Y para no tener después que lamentarnos, no estaría demás recordar la sabiduría del dicho popular que dice: “Gallina que come huevo, ni que le quemen el pico”.
* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.