Lo que le espera a Toledo

Carlos Alberto Montaner*

Alejandro toledo, sudado y sin resuello, como corresponde a una campaña de infarto, está a las puertas del Palacio de Pizarro. Lo dicen todas las encuestas. Los peruanos, felizmente, no han olvidado los desastrosos años de Alan García. Hubiera sido una irresponsabilidad colectiva devolver a la Casa de Gobierno a una persona tan minuciosamente incompetente. Es cierto que prometía enmendar sus viejos errores de populista empedernido, pero ¿cómo creerle si su campaña acabó siendo un demagógico catálogo de promesas incosteables?

Es verdad que los políticos cambian. Hay un segundo Perón, un segundo Paz Estenssoro, un segundo Carlos Andrés Pérez radicalmente distintos. Eso es cierto. Pero a través de los años todos ellos fueron emitiendo señales de la renovación ideológica que experimentaban. García no. García regresó a Perú y afirmó que sus ideas ya eran otras. Magnífico: sólo las piedras permanecen inmutables. Mas en casi diez años de exilio ¿dónde escribió su mea culpa, en qué documento o artículo pidió excusas por sus errores pasados y renunció al intervencionismo estatal y a las medidas inflacionistas que destruyeron la economía peruana? Seamos serios: en ninguna parte.

Cuando Toledo se siente en la poltrona presidencial no tendrá un minuto para descansar. Si su heroica lucha contra Fujimori le pareció feroz, y si la campaña ha sido física y emocionalmente desgastadora, la tarea que tiene por delante es infinitamente mayor. Y lo más grave que va a encontrar no es el cuadro macroeconómico, relativamente manejable, sino el clima moral de la sociedad. Los peruanos no creen en el Estado ni en sus instituciones. Han visto cómo sus jueces, parlamentarios, ministros y militares se vendían, igual que la carne de cerdo, a tanto la libra. Han visto la corrupción sin límites de ciertos periodistas y dueños de medios de comunicación. Han visto a empresarios poderosos dispuestos a cualquier transacción con el poder si de ahí se derivaba un privilegio o una ventaja injusta. Y Toledo sólo tendrá cinco años para revertir esa visión pesimista, desengañada y cínica que tienen sus compatriotas del Estado y de sus propios conciudadanos. Su principal tarea es esa: restaurar la confianza en la cosa pública, poner de moda la decencia. Lograr que los peruanos vuelvan a creer en Perú como un sitio por el que vale la pena luchar. Si no consigue esa transformación no tardará en producirse una crisis aún más severa. Los políticos no suelen darse cuenta, pero la convivencia dentro de un Estado de Derecho se sustenta sobre una delicadísima arquitectura espiritual.

Nada de esto es fácil. Reconstruir un Estado no es una tarea vistosa ni seductora para ningún político, aunque se trate del cáncer que corroe el corazón de la sociedad. Lamentablemente, los aplausos no se ganan rehaciendo el Poder Judicial, el Ejército o el sistema de partidos políticos. Esas son oscuras tareas que generan conflictos humanos y cuyos resultados se observan -para el que tiene buen ojo- al cabo de mucho tiempo. La rentabilidad política, siempre de corto plazo y sujeta al horizonte de las elecciones siguientes, está en otro campo del quehacer: trazando caminos, creando empleos, inaugurando escuelas y hospitales o facilitando la adquisición de viviendas. Es decir, lo que hacía el ingeniero Fujimori y lo que hacen todos los políticos que carecen de la profundidad de análisis de los verdaderos estadistas. Hay que hacer ambas cosas.

¿Qué quiere decir «restaurar la confianza en las instituciones del Estado»? Quiere decir, en primer lugar, esperar que las fuerzas del orden público protejan nuestra seguridad con prontitud y eficiencia. Y que los pleitos se fallen rápida y justamente. Y que la burocracia, cruelmente torpe en casi toda América, pero especialmente en Perú, como nos contara hace años Hernando de Soto, descubra el espíritu de servicio y baje la cabeza ante los ciudadanos que le pagan el sueldo por medio de los impuestos. Pero toda la burocracia, desde el encumbrado Ministro hasta el pillete emboscado en una ventanilla a la espera de la propina. Quiere decir que las escuelas y hospitales públicos funcionen con calidad razonable. Quiere decir presupuestos prudentes y gastos transparentes, sin coimas ni comisiones. Quiere decir reglas neutrales en las que no quepan los amigos ni los cómplices. Y quiere decir, por supuesto: partidos políticos capaces de canalizar la transmisión de la autoridad de una manera digna y decorosa, porque difícilmente Perú va a poder asentar su democracia si antes no consigue consolidar un sistema de partidos estables.

¿Qué sucederá en Perú si el gobierno de Toledo fracasara? Puede suceder lo peor. Una sociedad que lleva tantos años de frustraciones y promesas incumplidas puede incurrir en cualquier locura. Eso se vio en la Europa de los años veinte y se repite siempre que se pierde totalmente la confianza en la capacidad de la colectividad para organizarse pacíficamente. Ni siquiera es imposible prever una situación en la que Fujimori reaparezca en el panorama nacional vestido con un hermoso kimono y sea recibido con vítores por unos peruanos cansados y desesperados. Hace sólo un año, ¿quién hubiera apostado un céntimo por el futuro político de Alan García? Sólo por eso, para evitar esa vergüenza, hay que desearle a Toledo que saque el país de la cuneta en la que lo dejó tirado el último gobierno. Que los apus lo cojan confesado. [©FIRMAS PRESS]

* www.firmaspress.com  

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