Róger Matus*.
El 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo (capital de Bosnia, al SE de Europa) el archiduque Francisco Fernando, heredero al trono de Austria-Hungría. Este hecho fue el factor desencadenante de la Primera Guerra Mundial entre las naciones más poderosas de la tierra: Alemania, Turquía, Francia, Inglaterra, Rusia, Japón, Estados Unidos y otros países. ¿Por qué peleaban? Por tres razones: el control de las fuentes de materias primas, el reparto de las colonias y las esferas de influencia. En resumen: la lucha por el poder.
Y mientras el mundo horrorizado se cubría de sangre y de muerte con tres años de estúpida guerra, allá en Fátima —un pueblecito enclavado en el corazón de Portugal— ocurría uno de los acontecimientos religiosos más impresionantes en la historia de la Europa cristiana: María, la Madre de Dios, se le aparecía a tres humildes pastorcitos de apenas diez años, la mayor (Lucía), nueve el segundo (Francisco) y siete la menor (Jacinta). Era la primavera de 1917, un domingo 13 de mayo. En sus oídos resonaban las últimas palabras de la Virgen:
Recen el Rosario todos los días para que el mundo alcance la paz y el fin de la guerra.
Después vinieron cinco apariciones más, anunciadas por la Virgen, de las cuales cuatro fueron en Cova da Iría: la segunda fue el 13 de junio, la tercera el 13 de julio, la quinta el 13 de septiembre y la sexta el 13 de octubre. La cuarta aparición fue en un lugar llamado Valinhos, pues los pastorcitos no pudieron asistir a Cova da Iría porque los habían secuestrado y mantenido tres días bajo vigilancia por el administrador de la región, con el fin de arrancarles el secreto confiado por la Virgen.
El ciclo de las visiones de Fátima había llegado a su fin con un mensaje lleno de amor y esperanza que se había repetido a lo largo de todas las apariciones: Recen el Santo Rosario. ¿Por qué tanta insistencia de María? ¿Por qué ese interés de rezar el Rosario cuando el mundo se debatía entre el horror y la muerte? Porque nuestra Madre quiere que nosotros, en medio de tanta miseria que nos avergüenza, alcancemos el Reino de Dios. ¿Y qué valor entonces encierra el Rosario? La gracia de alcanzar por él el perdón de nuestras caídas.
Francisco murió el 4 de abril de 1919 (dos años después de las apariciones), y Jacinta el año siguiente: el 20 de febrero de 1920. Ambos fueron beatificados por Su Santidad Juan Pablo Segundo el 13 de mayo de 2000. Dicen los investigadores del Milagro de Fátima que Jacinta, antes de morir, dejó edificantes enseñanzas que sorprendieron no sólo porque era una niña de apenas diez años, sino por su sabiduría y virtud, por la profundidad de sus mensajes que se referían, por una parte, a nuestras debilidades: los pecados de la carne, la pureza de los sacerdotes, la conducta de los gobernantes, la persecución contra la Iglesia, las ofensas a Nuestro Señor; y por otra, a nuestro compromiso cristiano: la devoción y la fe, la mortificación y los sacrificios, la confesión y la salvación.
A 84 años de aquel domingo 13 de mayo de 1917, el mensaje de aquella guapísima Señora nos sigue invitando a la oración. Porque llevamos dentro de cada uno de nosotros un precioso tesoro, nada más que encerrado en vasos de barro, en un cuerpo corrupto y en un alma débil que se turba y tambalea.
Volvamos pues los ojos devotos hacia a la Virgen de Fátima. Pero sin caer —como afirma San Luis María de Montfort— en los devotos críticos, que no creen en nada, pero todo lo critican; en los devotos escrupulosos que temen ser demasiado devotos por temor a Jesucristo; en los devotos exteriores, que basan su devoción en las apariencias; en los devotos presuntuosos, que encubren una falsa devoción y viven en el pecado; en los devotos inconstantes, que son devotos solamente a ratos; en los devotos hipócritas, que no sienten nada y se hacen pasar por santos; en los devotos interesados, que sólo recurren a la Virgen cuando necesitan de Ella.
Pidamos a la Virgen de Fátima —nos dice el santo de Montfort— con sencillez, confianza y ternura, la fuerza espiritual para crecer en la fe. Recurramos a Ella:
— en las dudas, para esclarecer los nubarrones;
— en las debilidades, para que nos fortalezca;
— en los desalientos, para reanimarnos;
— en los escrúpulos, para librarnos de ellos;
— en las cruces, afanes y golpes de la vida, para el consuelo y la esperanza.
¡Ese es nuestro compromiso cristiano!
* El autor es académico de la Lengua.