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Con el pasar del tiempo la Semana Santa se ha vuelto una mezcla de recuerdos y un escape desesperado a las playas para disputarse un pequeño espacio entre la multitud, pero al mirar atrás podemos percatarnos cómo perdemos poco a poco la identidad a medida que van desapareciendo las tradiciones.
Esta semana vi a una niña de siete años cuando despreciaba una taza de almíbar, porque le parecía comida rara, según explicó. Hubiera sido inaudito que un niño hiciera eso en otros tiempos, cuando esa compota de frutas tan exquisita se convertía en un postre casi obligatorio, por puro placer, de los hogares nicaragüenses de cualquier condición.
Otras comidas propias de la Semana Santa también han ido desapareciendo, por diversas razones, entre ellas la falta de recursos económicos de muchas familias y la variedad de gustos que impone el mercado donde las comidas rápidas compiten con la cocina vernácula, ganando adeptos las primeras entre las nuevas generaciones y las personas que vivimos a prisa.
Alguien podría decir que la identidad sirve poco en medio de la globalización y la necesidad de sobrevivir que afronta la mayoría de nicaragüenses, pero creo que es por la globalización que debemos intentar recuperar nuestras comidas y tradiciones, aunque con un propósito que trascienda el hogar, para que se conviertan en un atractivo económico nacional.
Cuando un turista visita un país, busca algo más que una playa o una montaña. Quiere descubrir una cultura, tratan de ampliar sus conocimientos del mundo a través del contacto con una cultura distinta, la que puede expresarse de muchas formas, bien sea por la comida, la religiosidad, el habla o el folclor. Pero un pueblo con poca identidad, es menos atractivo para el turismo porque afuera, en Europa o Norteamérica, se le ve como uno más de una región, sin diferencias.
Uno de los proyectos de desarrollo turístico para Centroamérica, trata de vender a los europeos la posibilidad de recorrer los países del istmo a través de la Ruta del Maíz, por la que conocerán sitios y comidas diferentes elaboradas a base de maíz, pero si la tradición culinaria deja de reproducirse, corremos el riesgo de perder parte de nuestro potencial turístico.
La globalización nos ha enseñado que la mejor manera de competir en el mercado abierto es ofreciendo productos singulares, con un buen toque de distinción. Por eso, cuando escuchemos hablar de la riqueza turística de Nicaragua pensemos en algo más que el río, el lago, la isla o el bosque, y valoremos lo interesante que puede ser para un extranjero conocer esa cultura original que nos heredaron los antepasados.
Son loables, por tanto, eventos de promoción cultural como el que hizo ayer la Alcaldía de Managua en la Plaza Juan Pablo II, donde hubo música sacra y comidas de cuaresma. Sin embargo, la promoción entre los nicaragüenses debe ser constante y afianzarse en la escuela, desde los primeros años.