La Filosofía: Pensar la vida y vivir el pensamiento

Alejandro Serrano Caldera*

La supresión de la filosofía como asignatura en los últimos años de secundaria, ha abierto un debate nacional acerca de las consecuencias que tal medida producirá en la formación de los estudiantes y futuros profesionales.

Aunque al momento de escribir este artículo no ha habido un comunicado oficial del Ministerio de Educación, se ha afirmado en diferentes medios que no ha sido suprimida sino que se ha transformado en una materia de estudio de la realidad nacional, que se ha resumido en la disciplina de Ciencias Sociales, que es más importante que los alumnos conozcan Historia y Geografía pues no saben quienes son los próceres de nuestro país ni cuáles los ríos y montañas de Nicaragua. Se ha dicho también que el país necesita técnicos y no filósofos o intelectuales.

Ante estas afirmaciones lo primero que habría que decir es que por supuesto se necesita que los estudiantes conozcan nuestra Geografía y sepan quiénes son los Padres de la Patria (claro que no me refiero aquí a los diputados), que, ante la pregunta hecha a un alumno sobre don José Dolores Estrada, no responda, como se comenta por todas partes, preguntando a su vez con gran desparpajo, ¿quién es ese brother?. Pero nosotros tendríamos que preguntar, ¿por qué suprimir la Filosofía cuando no se sabe Historia? ¿por qué eliminar a Sócrates, Platón y Aristóteles, para mencionar sólo a los, probablemente, más grandes pensadores en la historia de la humanidad, porque se desconoce la ubicación del río Coco o del volcán Casita? ¿no sería más lógico, en todo caso comenzar por ver cuáles son las fallas en la enseñanza de la Historia y la Geografía?

Y en cuanto a la afirmación de que se necesitan técnicos y no filósofos, me parece que es un planteamiento incorrecto. ¿Por qué lo uno o lo otro? Ni analfabetas tecnológicos, ni bárbaros digitalizados. Se necesitan técnicos, claro está, pero con una formación humanista y una actitud filosófica no sólo ante la profesión y oficio que se ejercita, sino sobre todo ante la vida. La visión sobre la técnica y las humanidades no debe ser una visión excluyente sino integradora. Y la Filosofía ha sido eso y seguirá siendo eso: integración del conocimiento y orientación del mismo hacia determinados fines.

Sólo el ser humano confiere finalidad a su acción. Sólo el hombre y la mujer, al actuar se preguntan qué es su acción (ontología), porqué y para qué actúa, (ética y deontología) y qué valores y cualidades caracterizan su acción (axiología o estimativa). La técnica es el cómo, el método, la pericia, el procedimiento más adecuado para realizar algo de la mejor manera posible; la Filosofía es el qué y él para qué, es la pregunta perpetua sobre los seres y las cosas y sobre nuestras acciones; es también el esfuerzo de intentar con la razón las respuestas posibles a la serie infinita de preguntas que pueblan la vida y la historia. Por eso filosofar es pensar.

El ser humano se diferencia del resto de las criaturas de la naturaleza por conferir una finalidad consciente a sus acciones; y aunque no siempre lo haga y con frecuencia actúe mecánicamente, siempre tiene la posibilidad de darle uno u otro sentido a sus acciones y de reaccionar de una u otra manera ante los acontecimientos que le afectan. Si bien es cierto que no puede decidir sobre todas las cosas que le pasan, pues hay cosas que ocurren sin su voluntad y contra su voluntad, si puede decidir como reaccionar ante los acontecimientos. En eso consiste su libertad. En eso consiste la Filosofía, en la posibilidad de conferir sentido a su actuar y de adoptar determinada conducta ante las cosas que le ocurren.

Reducir la posibilidad de la conciencia y la razón a un conjunto de datos y de técnicas, equivale a propiciar, aunque sea involuntariamente, un accionar mecánico, una laboriosidad de hormiga o de abeja, la que, aunque admirable en estas especies, sería deplorable en el ser humano si ésta se realiza sin conciencia de su finalidad. Perder la capacidad de filosofar sería devaluar la condición humana y entrar en un peligroso proceso de deshumanización.

Por otra parte, es muy posible que la forma tradicional de enseñanza de la Filosofía sea totalmente inadecuada. En ese caso lo apropiado habría sido revisar programas, métodos y preparación de los docentes y corregir lo necesario en vez de suprimir la materia. En este caso la medicina sería más grave que la enfermedad, pues no se cura el dolor de cabeza cortando la cabeza a quien padece el dolor.

Tal vez lo mejor sería, y me tomo la libertad de sugerirlo, transformar el viejo método de enseñanza de la Filosofía como historiografía de nombres, lugares y acontecimientos, en un ejercicio dinámico participativo y dialógico, a partir de la selección de algunos temas universales de ayer, de hoy y de siempre y estudiarlos desde las circunstancias de tiempo y espacio del mundo contemporáneo y en referencia a las consideraciones que han sido dadas por los clásicos de la Filosofía.

Por ejemplo seleccionar temas como la justicia, la libertad, la política, la democracia, la razón, la intuición, la ética, la sociedad… y desarrollarlos a las luces de la situación que plantean los grandes temas del mundo contemporáneo.

Lo importante, como decía Kant, no es enseñar Filosofía sino enseñar a filosofar, pues la Filosofía más que una asignatura, es una actitud ante la vida y una forma de comprenderla y amarla. Es vida pensada y pensamiento vivido. Por eso es mucho más que conocimiento, pues es sabiduría, amor por la sabiduría que es la integración del conocimiento con su finalidad, con su objetivo y con la vida humana. Es razón, pero entendiendo a la razón como una forma de la realidad, es, en todo caso, un ejercicio multidisciplinario y reunificador del conocimiento y de la vida.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.  

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