Bajo el lema “la vida vencerá”, se celebrará mañana domingo en el Estadio Nacional Denis Martínez un evento en conmemoración del “Día Nacional del Niño No Nacido”. El programa culminará con la celebración de una misa a la 4:30 de la tarde, y contará con la presencia, entre otros, del Arzobispo de Managua, Cardenal Miguel Obando y Bravo, del predicador católico laico Salvador Gómez y del representante papal ante las Naciones Unidas, Monseñor Renato Martino.
Nicaragua, junto con la Argentina, son hasta ahora los dos únicos países en el mundo que han dedicado un día en especial para celebrar la vida del niño en proceso de gestación. El primero en hacerlo fue el país sudamericano mencionado, en 1998, y el nuestro lo hizo dos años después, en el 2000. Con tal celebración se pretende llamar la atención sobre un hecho científico incuestionable: que a partir del momento en que se une un óvulo con un espermatozoide en el vientre de una mujer se inicia una nueva vida humana, irrepetible, y diferente a cualquier otra que haya existido antes o que existirá en el futuro, y que por consiguiente debe ser respetada y protegida durante todo el tiempo que dura el proceso de formación de la nueva persona.
Hay quienes insisten en que la sociedad debe preocuparse únicamente del bienestar del niño ya nacido, pretendiendo ignorar que para que puedan haber niños nacidos a los que cuidar, debe protegerse primero a los no nacidos, porque la vida física humana es un proceso continuo que se inicia en el instante de la concepción y culmina en la muerte. Sería bueno que cada uno de nosotros supiera que en algún momento de nuestras vidas, todos fuimos eso: una simple y maravillosa unión de un óvulo y un espermatozoide, y que gracias a que nadie interrumpió jamás nuestro proceso de desarrollo es que pudimos eventualmente llegar a nacer y crecer.
El evento al cual llamamos muerte es siempre un momento doloroso para cualquier ser humano, porque se trata, precisamente, de algo que interrumpe lo positivo, lo deseado, la vida; y tal interrupción dolorosa —la muerte— puede ocurrir en cualquier momento a partir del instante de la concepción. Lo trágico del caso es que, por lo general, la interrupción de la vida en el vientre materno se hace de manera consciente y deliberada, a diferencia del caso fortuito e inesperado bajo el que se da el mayor número de muertes humanas.
La razón de que ocurran tantas muertes provocadas deliberadamente tiene que ver, en algunos casos, con el desconocimiento de la tragedia que significa el hecho de abortar, pero más frecuentemente tiene que ver con una pérdida del sentido de aprecio por la vida humana. Conscientes de ese hecho, aquellos que están a favor del aborto toman mucho cuidado para persuadir a las personas que el acto de abortar es algo intrascendente e inconsecuente. Para ello empiezan por no llamar niño o niña a quien está formándose en el seno de una madre, sino que lo llaman con nombres “técnicos” con el propósito de insensibilizar a las personas que por una u otra razón creen —equivocadamente por cierto— que el aborto, o la muerte deliberada, será la solución de sus problemas. Y en ese proceso de insensibilización tienen mucho que ver algunas organizaciones de países técnicamente avanzados y económicamente desarrollados, que se especializan en el uso de un lenguaje eufemístico, y que año con año gastan cientos de millones de dólares para acostumbrar a los habitantes de naciones como la nuestra a que vean como algo “normal” la eliminación de una vida humana no nacida. Es la cultura de la muerte; es la negación de la vida.
De manera que el acto de mañana en el Estadio Nacional Denis Martínez tiene por objeto recordarnos que toda vida humana es un don de Dios que debemos apreciar y valorar en su justa dimensión. Sólo tomando conciencia de la dignidad infinita que tiene todo ser humano desde el momento de su concepción es que podremos resistir la cultura de la muerte que por razones mezquinas quieren imponernos desde fuera.