Algunos políticos todavía esperan que la ex Presidenta Violeta B. de Chamorro acepte la nominación presidencial para las elecciones de noviembre próximo, a pesar de que el 7 de marzo corriente ella rechazó la candidatura que le ofreció el Partido Conservador. La esperanza en que doña Violeta cambie de opinión se ha visto reforzada con los resultados de la encuesta de CINCO-M&R, que se conocieron el domingo recién pasado, según los cuales la ex Presidenta obtendría más votos que Daniel Ortega y Enrique Bolaños, aunque habría necesidad de ir a una segunda vuelta electoral.
Sin embargo, nosotros no vemos factible que la ex Presidenta Violeta B. de Chamorro cambie la decisión que ya tomó y dio a conocer públicamente. Inclusive, a nuestro juicio la razón más importante de doña Violeta para no aceptar una nueva candidatura presidencial no es sólo que no hay ahora una amplia alianza democrática, como la UNO de 1989, sino que para ella la reelección es perjudicial para la democracia y para la nación. “No tengo vocación de caudillo”, dijo enfáticamente doña Violeta en su carta pública del 8 de marzo corriente.
Quienes conocen la historia de Nicaragua saben que la reelección presidencial sólo desgracias ha causado. Por el afán reeleccionista del Presidente Frutos Chamorro se encendió la guerra civil de 1854, que abrió las puertas a las bandas filibusteras de William Walker. Por la reelección del Presidente Tomás Martínez hubo graves conflictos y el héroe nacional José Dolores Estrada fue degradado de general a soldado raso y echado del país. El reeleccionismo del Presidente Roberto Sacasa, en 1891, empujó al país a la guerra civil que desembocó en la revolución liberal de 1893. Y por la pretensión continuista del General José Santos Zelaya, en 1896, Nicaragua cayó en la dictadura y en otra vorágine de violencia. Todo eso, como es sabido, ocurrió durante el siglo 19.
En el siglo 20 la perversión reeleccionista siguió causando graves daños a Nicaragua, primero cuando el General Emiliano Chamorro derrocó en 1925 al Presidente Carlos Solórzano para regresar al poder y reelegirse a la Presidencia de la República; y después cuando la dictadura de “la estirpe sangrienta” se entronizó en el poder por medio de las reelecciones somocistas.
Ahora, al comenzar el siglo 21 el veneno de la reelección vuelve a contaminar la vida de la nación, con un Daniel Ortega que pretende reelegirse después de haber ejercido el poder durante más de 10 años y luego de dos derrotas electorales consecutivas; y con el Presidente Arnoldo Alemán, quien desde que asumió el poder en 1997 anunció su intención de reelegirse en 2006, e inclusive antes, como trató de hacerlo mediante una abortada constituyente.
Los partidarios de la reelección presidencial alegan que si un presidente gobierna de manera exitosa hay que reelegirlo para que siga beneficiando al país. E invocan los ejemplos de otros países donde los gobernantes se reeligen al menos por dos períodos consecutivos, como en los Estados Unidos; en forma alternativa, como ocurre en algunos países suramericanos; o de manera indefinida, como en los sistemas parlamentarios europeos, sin que por eso, dicen, se perjudique al sistema democrático.
Pero en Nicaragua la reelección ha sido nefasta y eso es lo que cuenta. La prudencia política y la convicción democrática indican que aquí lo mejor es respetar el principio de: una vez y nunca más en el poder.
Diez años después de que comenzó el proceso de democratización, Nicaragua se encuentra ante una situación muy parecida a la que había en tiempos del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, cuando el “Mártir de las Libertades Públicas” escribió que “tenemos derecho a buscar para nuestra Patria una salida que supere el esquema obsoleto de: O se es somocista o se es comunista”.
El esquema obsoleto —y odioso— que se pretende imponer ahora a los nicaragüenses es el de que, o se es liberal constitucionalista o se es sandinista orteguista. Pero este esquema antidemocrático hay que romperlo con procedimientos genuinamente democráticos, sin recurrir a los vicios del caudillismo y la reelección que terminan siendo remedios peores que la misma enfermedad.