Los salarios de la corrupción

Mario Alfaro Alvarado*

Un ministro que no hipotecó su conciencia cuando le dieron el cargo, por cierto muy bien dotado con un sueldo privilegiado, propuso para aliviar la pena de cientos de cafetaleros agobiados por las deudas y amenazados por los embargos, que los llamamos padres de la Patria –tal vez llamados así por ser los más privilegiados entre los privilegiados–, se redujeran los desproporcionados sueldos que ganan y redujeran los sueldos de los altos empleados del gobierno.

¿Cuánto ganan en total, entre sueldos, sobresueldos, indemnizaciones, tarjetas de crédito, dispensas fiscales, viajes gratis, etc., etc., los ministros y altos empleados del gobierno? ¡Chi lo sa! Nadie lo sabe, sólo los afiliados a la sociedad secreta del gobierno. Imposible resulta al pueblo saber cómo se reparten los dineros que les sacan del bolsillo.

¿Quién paga los sueldos abusivos, las granjerías y los derroches del gobierno? Esto no es secreto, los pagan los contribuyentes, los que doblan el lomo trabajando honestamente para que unos privilegiados se beneficien deshonestamente.

El Estado recauda los impuestos en virtud de la potestad que le confiere su poder soberano. El gobierno dispone de esos impuestos en nombre de ese poder soberano. En las democracias modernas la soberanía reside en el pueblo. “La soberanía reside en el pueblo…”, dice el Artículo 2 de la Constitución Política de Nicaragua.

He aquí una de las grandes patrañas con que se ha gobernado y se gobierna al pueblo nicaragüense. El poder supremo –dice John Locke– no puede arrebatar ninguna parte de sus propiedades a un hombre sin el consentimiento de éste. Y para que esto no suceda, según el mismo autor, la sociedad debe estar representada en el Estado a través de un poder corporativo: Parlamento, Congreso o Asamblea Legislativa.

Si alguien cree sinceramente que en Nicaragua los Congresos y las Asambleas Legislativas que han existido, representaron y aún representan a los ciudadanos ante el poder supremo del Estado, debe ser un inconsciente o un iluso. En los 180 años de vida independiente, los nicaragüenses nunca han elegido a un senador ni a un diputado. Se los han impuesto siempre con el dedo. Y en los albores del siglo XXI el pueblo comprueba cotidianamente, que los diputados son parte muy activa y efectiva de la maquinaria depredadora que esquilma a los habitantes de este país.

Los salarios exorbitantes y abusivos de los funcionarios de la cúpula gobernante; los derroches de dinero en gastos innecesarios y escandalosos; los viajes al extranjero de las numerosas cuadrillas con que se hace acompañar el titular del Ejecutivo; los cañonazos para obtener concesiones políticas; las indemnizaciones desproporcionadas; las canonjías y privilegios; el secreto con que se maneja el presupuesto para ocultar el derroche y las “raterías”; sólo puede explicarse en un sistema de explotación, legal pero inmoral, que los partidos políticos han establecido para enriquecer a sus cúpulas elitistas para mantenerlas unidas y siempre dispuestas a monopolizar el poder.

La riqueza que produce el trabajo del pueblo no sirve para desarrollar al país, sino para consolidar a una clase parasitaria en las alturas del poder y que controla la riqueza nacional en beneficio propio.

Cuando alguien busca los principios liberales, no los encuentra en ninguna parte. Pero hay uno que está siempre presente, el principio que los áulicos de Tiscapa llamaron una vez “Doctrina Somoza” y que consiste en obtener el poder político por cualquier medio, luego hacerse con el poder económico y con estos dos poderes, perpetuar a la dinastía (el partido) en la silla presidencial. Esta enseñanza la aprendieron muy bien “los muchachos” que derrotaron a la familia Somoza. Así, mediante una piñata desvergonzada, formaron su propia élite económica para imponerse al pueblo que de previo depauperaron y volver al poder.

¡Claro que hay una manera de salir de este círculo fatídico! Consiste en movilizar todas las reservas morales del país a favor de don Enrique; para vencer en las elecciones al peligro totalitario y que el nuevo presidente libere al Partido Liberal de la élite corrupta y parasitaria que lo domina.

* El autor es periodista.  

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