Jorge Ramos Avalos
Miami. Si Fidel Castro fuera vietnamita o chino, seguiría siendo un dictador. Pero los cubanos no estarían sufriendo los estragos del embargo norteamericano y, quizás, su poder se estaría erosionando. Quizás.
Hay aspectos de la política exterior de los Estados Unidos que son contradictorios, difíciles de entender. Cuba, Vietnam y China son países comunistas, represivos, con líderes dictatoriales y múltiples restricciones a la libertad de expresión. Sin embargo, Estados Unidos no aplica las mismas reglas para estas tres naciones.
China está en la categoría de “países más favorecidos” por el comercio norteamericano. En China no se permiten los partidos políticos de oposición, se violan constantemente los derechos humanos y hoy, todavía, hay personas encarceladas por haber participado en las protestas a favor de la democracia en la plaza de Tiananmen en 1989. Y a pesar de todos estos abusos, Estados Unidos considera que el comercio —no el embargo— es la mejor forma de promover la democracia y la apertura económica dentro del gigante chino, con un mercado potencial de 1,200 millones de consumidores.
Vietnam vive una situación similar. Sus 78 millones de habitantes casi no tienen libertades políticas o religiosas. Los católicos vietnamitas son frecuentemente perseguidos o vistos con sospecha. El líder del partido comunista, Le Kha Phieu, no tiene competencia política —está prohibida— y suele lanzar fuertes críticas al “imperialismo colonizador”. Es un Fidel asiático. Además, gracias a su sistema de gobierno, los vietnamitas se encuentran entre los habitantes más pobres del mundo; ganan, en promedio, 31 dólares al mes.
Independientemente de todo lo anterior, Estados Unidos levantó el tres de febrero de 1994 el embargo económico que sostenía contra Vietnam; un embargo que fue establecido después que las fuerzas norvietnamitas capturaran la ciudad de Saigón en abril de 1975. Pero lo más interesante de todo es que ni los resentimientos por una guerra perdida ni los recuerdos de los 58 mil soldados norteamericanos que perecieron en Vietnam evitaron que el embargo fuera levantado.
La pregunta es: ¿por qué Estados Unidos —que considera a China como socio comercial privilegiado e intensifica sus relaciones con Vietnam— mantiene el bloqueo económico contra Cuba?
Antes de seguir, debo hacer una aclaración. Estoy totalmente en contra de la dictadura castrista, de la misma manera en que lo estuve en contra de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. Lo que en Cuba comenzó como una legítima revolución contra la dictadura de Batista, rápidamente se transformó en uno de los regímenes más represivos, violentos y sanguinarios de América Latina.
Nadie me lo ha contado. Yo lo vi. Los ojos cargados de miedo de los cubanos a quienes les preguntaba sobre Castro me dejaron su huella indeleble durante un viaje a Cuba en 1998. Y no he podido regresar a la isla porque no me dan visa.
Es decir, estoy convencido de la urgente necesidad de promover cambios democráticos en Cuba y de buscar su “reincorporación” al mundo, como eufemísticamente se le llama en círculos diplomáticos al fin de la dictadura. Y no sólo por cuestiones políticas, sino también por motivos personales: tengo dos hijos con sangre cubana. Por esto, vuelvo a preguntar: si Estados Unidos considera que el comercio es la mejor forma de promover el fin de las dictaduras comunistas en China y Vietnam ¿por qué no hace lo mismo en Cuba?
En una entrevista reciente, el presidente George W. Bush me dijo que “levantar el embargo sería un error porque le daría más poder a Fidel Castro. Y hasta que Fidel Castro esté dispuesto a realizar elecciones libres y le dé la bienvenida a la libertad, creo que es en el mejor interés de Estados Unidos el mantener esta política”. El embargo norteamericano, establecido formalmente en 1962 y fortificado en 1996, ha aislado económica y políticamente a Cuba —por ejemplo, no tiene turismo masivo de Estados Unidos ni puede participar en la OEA— pero no ha logrado uno de sus objetivos principales: acabar con la dictadura.
Fidel Castro sigue atornillado en el poder y Bush es el décimo presidente norteamericano que se le enfrenta. Los aliados de Estados Unidos en América Latina y en Europa —convencidos que el embargo es la estrategia equivocada y que la democratización de Cuba se logrará con más comercio, más turismo y más relaciones diplomáticas— no han tenido éxito en modificar la política norteamericana hacia la isla.
El escritor mexicano Carlos Fuentes retó una vez a un mandatario estadounidense diciéndole: “pierda la Florida y gane al mundo”. Fuentes creía, como muchos intelectuales latinoamericanos y europeos, que los sectores más conservadores del exilio cubano en Miami —un importante bloque electoral de la Florida— estaban evitando un posible acercamiento de Estados Unidos hacia Cuba.
Fuentes sugería que el líder norteamericano hiciera con Cuba lo mismo que el ex presidente Richard Nixon hizo con China. Es decir, Nixon llegó a Pekín para abrir a China y conocer al gigante comunista desde dentro. ¿Se imaginan el impacto que hubiera tenido un viaje de Clinton o de Bush, padre, a La Habana? El reto planteado por Carlos Fuentes sigue pendiente para quien lo quiera agarrar.
Ahora, bien, después de vivir en Miami casi una década creo entender por qué muchos cubanos se oponen a la idea de levantar el embargo, a pesar de que no ha logrado tumbar a Castro. Para ellos, levantar el embargo sería una traición a sus convicciones, a su historia personal, a su familia, a sus compatriotas y a los disidentes que han muerto por terminar con la dictadura cubana. Por esto veo muy complicado que algún día el exilio en masa apoye el levantamiento del bloqueo comercial.
Y en esas estamos: con un dictador caduco, senil, represivo e intransigente en Cuba; con un exilio cubano en Miami que se siente reivindicado tras las pasadas elecciones presidenciales y que no va a dar su brazo a torcer; con un vecino —Estados Unidos— que no sabe cómo hacer tambalear a Castro; con los habitantes de una isla —Cuba— cada vez más pobres, frustrados y reprimidos; y con un mundo que se jala de los pelos, impotente, ante el trágico espectáculo.
Si Fidel fuera vietnamita…