Clinton se estrena como cadáver político

Carlos Alberto Montaner*

Clinton había realizado el más improbable de los prodigios: sobrevivir política y profesionalmente al escándalo Lewinsky y a su vestido manchado y guardado como si se tratara de la reliquia de algún falso santón estigmatizado en la zona equivocada de su anatomía. Ninguna persona situada en una posición de mediana importancia hubiera podido remontar esas revelaciones, a las que se sumaban los perjurios, las demagógicas oraciones de la mano de Jesse Jackson —otro que bien baila—, y las denuncias de la infatigable Paula Jones, una señora que exigía lavar su honor mancillado y acabó, nadie sabe cómo, en medio de la confusión, exhibiendo una nariz que no era suya y una trompa de Falopio que parece que sí le pertenecía.

Un rector universitario, un parlamentario o el gerente de un banco que se hubiera expuesto a la mitad de estos líos de vodevil habría acabado de patitas en la calle. Clinton, no. Con su humor, su simpatía y su inteligencia, aunados a una buena gestión de gobierno y a una era de bonanza, consiguió la clemencia general de la sociedad. «El presidente —lo excusaban— era un adicto al sexo». Había gente prisionera de la nicotina. Clinton era una víctima de la testosterona.

Y así llegó la hora de la despedida y con ella el fatal patinazo del adiós: además de padecer de una pelvis incontrolable, el presidente era un briboncete que se robaba la vajilla, los candelabros de plata y una batidora de tres velocidades. Pero eso era sólo la guinda del pastel. Horas antes de abandonar la Casa Blanca, perdonaba a una larga lista de hampones, de los cuales la mitad habían sido encarcelados por delitos vinculados al narcotráfico. El mismo presidente que endureció las penas contra los narcotraficantes, y que les declaró la guerra en todas las latitudes —especialmente en México y Colombia—, aprovechaba las prerrogativas de su cargo para favorecer a «los enemigos de la juventud americana». ¿Por qué? Aparentemente, por donaciones para las campañas y para la biblioteca que llevará su nombre, por votos para su mujer, o por los suculentos honorarios que recibió su cuñado, gestor de alguna de esas turbias caridades.

Mi impresión es que este episodio sí marca y destruye para siempre la memoria de Clinton. Es mucho más fácil defender los amoríos con una chiquilla pegajosa —siempre hay una excusa para los desvaríos de la ingle— que el hecho de ser sorprendido con un televisor debajo del brazo a la salida de una casa en donde nos habían invitado a cenar. Se entiende que un reo asustado le mienta a la justicia, o que un esposo sorprendido en flagrante delito afirme que no tiene la menor idea de quién es esa señora escondida en el armario ni por qué ha cometido la ordinariez de quitarse la ropa, pero resulta imposible justificar la puesta en libertad de un delincuente que le ha pagado cuatrocientos mil dólares a tu cuñado.

¿Qué falló en Clinton? Esencialmente, un aspecto de su carácter: estamos ante un habilísimo impostor. El impostor es alguien que desempeña un papel que sabe que no le corresponde. Clinton hablaba y gesticulaba como un presidente, pero en su fuero interno sabía que él no era otra cosa que un pícaro abogadillo capaz de engañar a toda la sociedad norteamericana como antes había hecho con sus coterráneos de Arkansas. De ahí su comportamiento: monta sus imprudentes relaciones extramaritales como travesuras furtivas, siempre con una salida prevista, y deja para el último día la gran estafa final, cuando nadie puede detenerlo. En realidad, no le importa mucho que ahora lo denigren. Una buena parte de la satisfacción emocional de los impostores es que de alguna manera se sepa que se han salido con la suya. Él nunca se creyó Jefferson o Lincoln. Ni siquiera Kennedy.

¿Cómo son o deben ser los grandes estadistas? Es una mezcla muy difícil. Tienen que poseer una clara percepción de la historia, del derecho, de la economía. Es conveniente que cuenten con alguna formación sociológica y antropológica: aporte que confiere cierto saludable escepticismo sobre la naturaleza humana. Pero todo esto sirve de muy poco si no se tamiza a través de una visión moral y si no se siente un compromiso personal auténtico con la misión emprendida. Esto último es la coherencia interna que uno observa en líderes como Churchill o como Charles de Gaulle. Y ni siquiera tienen que ser gentes excepcionales como estos dos gigantes: Truman, Carter o Reagan no tenían un bagaje intelectual demasiado notable, pero una vez que calzaron los zapatos de George Washington asumieron ese compromiso con una respetable carga de seriedad. No jugaban a ser presidentes: lo eran, y tenían una decorosa noción de la responsabilidad contraída.

¿Qué va a pasar ahora con Hillary? Casi con toda seguridad tendrá el triste destino de Juana la Loca, aquella heredera del trono español que deambulaba con el cadáver de su marido a cuestas. Hillary deberá cargar con ese muerto político, o decidir si lo entierra de una vez, recupera su condición de soltera y comienza a hacer la guerra por su propia cuenta. Dicen quienes los conocen de cerca que ella es más inteligente que su marido. Sólo que ya sabemos que no se trata sólo de cociente intelectual. Es otra cosa.

[©FIRMAS PRESS. Madrid]
www.firmaspress.com  

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí