La sociedad antes que el Estado

  • Una vez, al periodista norteamericano David Alsop le preguntaron por qué la democracia, que funcionaba bien en su país, no funcionaba igual en otros países. Alsop contestó: “Nosotros hemos construido antes una sociedad, y luego un Estado; ustedes quieren construir primero un Estado, y luego una sociedad”

José Antonio Alvarado

Leyendo el magnífico artículo publicado por el doctor Jaime E. Rodríguez R. en la página de Opiniones del Diario LA PRENSA del 20 de febrero recién pasado, vale más que nunca la regla según la cual un texto se juzga por lo que dice, y no por lo que no dice, así como también vale otra regla, según la cual no se puede resolver un problema sin antes haberlo planteado.

El problema que se plantea es aquel del liderazgo, de cuya solución depende según el autor —la edificación en Nicaragua de un auténtico Estado de Derecho.

Yo no subestimo el problema del liderazgo, de su prestigio, de su eficiencia, de su honestidad y —“last but not least”— de su competencia. Pero no sería un demócrata si no pensara que el pueblo manda y los dirigentes ejecutan.

Esta afirmación, al principio del siglo XXI, puede parecer obvia, pero las propuestas tradicionales demuestran que en nuestro Continente criollo —y no sólo en Nicaragua— permanece cierta tendencia a auspiciar, o por lo menos a aceptar, el caudillismo, aunque esta tendencia no se justifique con un espíritu partidista y faccioso, sino al contrario con la esperanza de que un jefe iluminado y honesto nos baje desde las alturas de algún Palacio Presidencial aquellas leyes que presuntamente un pueblo no sabe darse.

Maquiavelo afirmaba: “Non v’e popolo se non vulgo”, no hay pueblo que no sea vulgo. En nombre de esta convicción, que ha echado profundas raíces en nuestras tierras, donde prosperan tanto los Maquiavelos de arrabal como los Napoleones de manicomio, los unos listos a inciensar a los otros a cambio de alguna prebenda, es que nuestros pueblos han debido tragar —en un pasado hasta reciente— a muchas dictaduras.

Porfirio Díaz dio a México un ordenamiento de Derecho Público ejemplar para toda América Latina, pero acabó por concentrar la gran parte del Producto Interno Bruto nacional en las manos del uno por ciento de la población; Jorge Ubico dio a Guatemala el único Tribunal de lo Contencioso Administrativo de América Central, pero se creía precisamente Napoleón, y actuaba en consecuencia. Los latinoamericanos deberíamos aprender finalmente que no hay libertadores: sólo hay hombres que se liberan.

Un sistema legislativo independiente y eficiente no sirve si no existe la democracia, que a su vez es mera fachada –y no aguanta– sin el soporte de un ordenamiento jurídico cumplido.

En una democracia, por supuesto, los órganos del Estado son electivos.

Pero los juristas olvidamos demasiado a menudo que el carácter electivo de un órgano le confiere una triple representación: jurídica, política y de intereses.

La representación jurídica siempre se usa, y hasta se abusa, ya que por ella el órgano puede emanar actos que ejercen el Poder de Imperio del Estado.

La representación política permite al órgano hacer uso de su poder discrecional para realizar el programa escogido por los ciudadanos electores cuando designaron cierta persona natural para incorporarse en él.

La representación de intereses también se refiere al poder discrecional, y permite al órgano promover precisamente los intereses específicos de quienes, constituyendo la mayoría, determinaron su elección.

Podemos preguntarnos, ¿si en nuestro país se da un ejercicio correcto de la representación política y de la representación de intereses?

Yo personalmente creo que no, los legítimos intereses de nuestros pobres y marginados no están representados.

Plantear el problema del liderazgo sin antes haber resuelto el problema de la representación política significa construir la casa empezando por el techo.

Una vez, al gran periodista norteamericano David Alsop le preguntaron por qué la democracia, que funcionaba así bien en su país, no funcionaba igual en otros países.

El famoso columnista contestó simplemente: “nosotros hemos construido antes una sociedad, y luego un Estado; ustedes quieren construir primero un Estado, y luego una sociedad”.

Los nicaragüenses debemos construir una sociedad, si queremos que el Estado funcione según las reglas democráticas.

La tarea que nos espera es construir una sociedad civil articulada, fuerte, consciente, en la cual se cumpla con los deberes cívicos y se exija el respeto a los derechos individuales y colectivos, una sociedad que no sea compuesta por “satélites que siempre dicen sí para conservar un puesto”, y que contribuyen “a seguir desarrollando el peor mercado de todos, el de la compraventa de conciencias”.

* El autor es presidente del PLD.  

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