Ariel Montoya
La candidatura de Enrique Bolaños a la Presidencia de la República por parte del PLC, no sólo sitúa al actual entorno político frente a una fogosa atmósfera preelectoral, en la que nuevamente liberales y sandinistas se disputarán la victoria de los próximos comicios, sino que además, retroalimenta trazos de la historia contemporánea ligada a la campaña política de la (UNO), coalición que llevó a la Presidencia a la señora Violeta Barrios de Chamorro y de la cual Bolaños fue precandidato Presidencial.
Esta rememoración (sin tomar en cuenta las carceleadas de los 80 a las que fue sometido ni su liderazgo empresarial) cobra vigencia por el hecho de que la misma lo sitúa ante la nación y ante el electorado del 2001 como al líder más idóneo para consolidar el voto democrático enfrentado a la maquinaria rojinegra. Por una parte se trata de un liderazgo desprendido de improvisaciones; y, por la otra, se trata de una figura sobria, austera, de conducta y carácter, sin dos caras, a quien la conciencia del pasado y no las actitudes confrontativas, no se le han evadido de la memoria.
Si bien es cierto que el país (como la región centroamericana en general), ha dado pasos concretos en cuanto a la formación de una ética de la tolerancia; todavía subsisten, como resultado de los recientes escenarios del dolor (¡qué son diez años para un país que vivió traumatizado por los férreos controles estatistas y por la abominable conspiración belicista!), sectores que estuvieron vinculados a ese pasado y que por lo tanto cuestionan a Bolaños.
La dinámica de estas próximas elecciones, no será la batalla civilista en las urnas de los liberales frente a los sandinistas; este es el escenario natural, sino la división de las fuerzas democráticas, las cuales de no respaldar la candidatura de Bolaños dividirán el voto antisandinista, dejándole opciones para que éste pueda ganar.
Ahora bien, no se trata de caprichos rezongones ni de envalentonamientos apresurados: los hechos de un triunfo sandinista de no lograrse un respaldo unitario a la propuesta electoral del liberalismo, están a la vista. A estas alturas otra candidatura, incluyendo la de doña Violeta Barrios de Chamorro, sólo favorecería al voto del FSLN. Y entonces, la historia no aprendida por la derecha (si se le puede llamar derecha a los sectores antisandinistas, al capital tradicional y a los indecisos que no comulgan con los efluvios de los 80) se repetirá, tal y como ocurrió en 1979 y como recientemente ocurrió en las pasadas elecciones municipales del 2000.
Muchos podrán refutar que los errores del liberalismo impiden esta iniciativa, lo cual habría que analizar. Sin embargo, por muchos errores que puedan darse bajo la administración del actual partido de gobierno, éstos no tendrían comparación bajo ningún punto de vista ante un retorno del sandinismo; éstos no generan aún la suficiente confianza ciudadana necesaria. Por otra parte, numéricamente hablando, ninguna otra fuerza partidaria cuenta con el liderazgo nacional necesario para desafiar a la auténtica oposición y garantizar la continuidad del proyecto democrático iniciado en 1990.
Cuando Bolaños les recuerda a los sandinistas, o al militarismo sandinista el pasado, no lo hace para esgrimir la bandera de la confrontatividad. No. El conoce demasiado la historia nacional, y por supuesto, los constantes errores del nicaragüense en su trágica trayectoria de confrontación e intolerancia. Él conoce demasiado, como su hermano Alejandro, (otro patricio destacado y noble del solar natal) la historia como para repetir a estas alturas sus errores fatales.
En la personalidad equilibrada de Bolaños (en su cargo de vicepresidente no demostró la supuesta venganza política que sus adversarios esperaban) se conjugan evidencias programáticas de las ideas progresistas del liberalismo, así como los valores orgánicos (familia, religión, patria) de la tradición conservadora. Valores que conforman la esencia de los valores patrios: como el civismo, el trabajo, el respeto a la libre empresa, a la libertad de expresión, de educación y de cultura. Ahora es su momento para alguien que quiere no negar ni destruir lo hecho, sino reformarlo para que la traumática praxis política nicaragüense discurra en cauces más civilizados y justos.
También con él y bajo el acuerpamiento del liberalismo, bajo la lupa de nuevos escenarios, la UNO renace garantizando la continuidad democrática.
* El autor es Periodista y funcionario público.