Migdonio Blandón
El tiempo es el tesoro más preciado que con la vida recibimos y que no todos sabemos valorar y mucho menos aprovechar. Desde el esmerado cuido y tutoría paternal, delegada a nuestros progenitores, en que Dios con su sabiduría infinita ha sabido y querido ubicarnos, permitiéndonos el propio raciocinio en la global diversidad humana y a todos por igual, como sus criaturas predilectas, nos capacita para escoger cómo emplearlo.
Las civilizaciones de todos los tiempos por la tradición y por la historia nos han traído el testimonio de quienes han sabido aprovecharlo y han sentado las bases del progreso y el desarrollo humano, con avances científicos y tecnológicos insospechados, que en muchos aspectos han mejorado las condiciones de vida de los que aprovechando su cuota no la despilfarran y a pesar de obstáculos y el negativismo de muchos, saben salir adelante.
Es cierto que hay casos congénitos de anormalidad, que por sus limitaciones no alcanzan la capacidad de valerse por sí mismos, por lo que el Creador en su infinita misericordia posibilita a estas criaturas una tutoría especial, que a la vez su finalidad es debidamente fortalecida y compensada, supuesto que El, como Padre amantísimo, vela aún por el más insignificante de sus hijos, no dejando a nadie en desamparo.
Pero en la normalidad, Quien nos ha dado la existencia, se ha reservado el derecho de quitárnosla; pero mientras disfrutamos el don de la vida también tenemos el indiscutible derecho de utilizarla dentro de las normas, que para el bien general ha estatuido y que valiéndose de distintos medios y formas, a todos hace llegar; y aunque el fin de la vida es variable e inesperado cuando aún se tiene, repetimos, el tiempo es para todos igual.
La historia es pródiga en ejemplos de quienes sabiendo aprovechar su valioso tesoro, en existencias cortas que podría decirse efímeras, se han realizado a cabalidad, dejando valiosas y diversas herencias a la humanidad, mientras que otros, en parte despilfarrándolo, llegamos a la longevidad; pero Dios, rico en misericordia, cuando no hemos dado los frutos que Él espera de nosotros, salvo que seamos irredentos, nos da nuevas oportunidades.
A veces, aun sabiendo que todo se lo debemos a El, con autosuficiencia y utilizando el tiempo en cosas fútiles, le negamos incluso la primicia que le debemos; y en algunos casos sin desconocerle no nos acercamos ni le buscamos pretextando siempre estar ocupados; sin darnos cuenta que cuando le ignoramos es cuando más nos equivocamos y que los valores fatuos que nos distraen o deslumbran, al cegarnos, nos desvían del camino correcto.
El tiempo pasa y no se detiene. Ya entramos al tercer milenio del nacimiento de Cristo Jesús; el Dios Hombre, que vino a ofrendarse como holocausto para redimir al género humano y enseñarnos a vivir a plenitud. Cada día, cada año, cada siglo y… un milenio más, son importantes fracciones de tiempo que como nuevas oportunidades recibimos. Vale la pena saber muy bien aprovecharlos ahora, ya que sólo Él sabe hasta cuándo nos las da.
Naturalmente, todos en la vida caemos en errores de una u otra índole, pero el Señor al redimirnos ha querido enseñarnos el camino para que unidos a Él, guardemos el debido equilibrio y no sigamos cayendo. Siguiéndole y viviendo como Él quiere que vivamos, no sólo se logra vivir aquí a plenitud, sino que también se aprovecha el tiempo para seguirle hasta la eternidad. Evangelizándonos, para el bien de todos, colaboremos a la Nueva Evangelización.
* El autor es miembro de EDUQUEMOS.