- Viejas rencillas originadas en reclamos económicos culminaron con la muerte a tiros de un conocido empresario.
- El diálogo se desarrollaba en voz baja y sin visos de violencia pero la tensión se podía tocar en el ambiente. De pronto, se escuchó a Navarro preguntar visiblemente alterado: ¨?Y cuándo vas a pagar los 40 mil córdobas que le debés…?
Anuar Hassan yEmiliano Chamorro [email protected]
Poderoso (y por extensión peligroso, agregamos nosotros) caballero es Don Dinero. Desde su malhadada invención muchas de las cosas más funestas que les han ocurrido a los hombres hay que atribuirlas a su nefasta influencia, sin duda alguna. Por gozar de su placentera compañía hay quienes no vacilan un segundo en utilizar cualquier medio, por más sucio y despreciable que éste sea.
De esa manera, el hermano ha sacrificado sin piedad a su hermano, el esposo ha traicionado a su esposa o viceversa, el comerciante ha engañado vilmente a su asociado, el juez se ha vendido al mejor postor… La fatídica lista es interminable y al parecer sólo acabará el mismo día del juicio final.
En los grandes casinos internacionales de juego el pobre hombre que ha sido atrapado por el embrujo del verde enfelpado rinde postrer tributo a la escurridiza deidad levantándose la tapa de los sesos al verse despojado del ultimo centavo mientras desde afuera se escucha el alegre tintinear de las fichas y las copas de cristal rebosantes del burbujeante vino con que minutos antes alegraba falsamente su vida. Y Moloc ríe ancha y estruendosamente sabiéndose dueño absoluto de la vida y hacienda de aquellas desgraciadas gentes.
Edgard Lacayo y Francisco Navarro Richardson habían sido al parecer socios en algún negocio ligado con la producción agropecuaria. Y además de ellos, lo fueron algunos de sus parientes. Ambos eran personajes ampliamente conocidos en el mundo social y financiero de la Managua de mediados del siglo pasado aunque no habían nacido en ella pues Lacayo era de Chontales y Navarro Richardson de Matagalpa.
Hacia el mediodía del domingo 10 de junio de 1951 un bullicioso grupo de amigos ingresó en un restaurante muy de moda en la ciudad de Tipitapa, ruta obligada de viajeros y empresarios que tenían su centro de operaciones en ciudades del norte del país. Tipitapa se caracterizaba por ofrecer a sus visitantes la delicia gastronómica de sus famosos pescados preparados de una manera muy especial y las curativas aguas de sus baños termales, ambos atractivos imposibles de disfrutar en Managua (y ahora ni en Tipitapa).
El alegre grupo, en el que figuraba Edgard Lacayo, tomó posesión de una larga mesa en la que no tardaron en aparecer las botellas de espirituoso contenido en cuya compañía aquellos buenos amigos esperaban pasar una velada tranquila y agradable.
Súbitamente hizo su entrada en el local Navarro Richardson. Al parecer andaba solo. Al verlo, Lacayo se levantó de su asiento y se dirigió hacia él. Los testigos de la escena declararon después que, empleando un tono sumamente amistoso, Lacayo le dijo: ¨Panchito, vamos a hablar¨.
Pero el recién ingresado visitante no tenía al parecer el menor deseo de hacerlo pues le respondió: ¨No, hoy no. Vamos a hablar otro día¨.
Los testigos coincidieron en que la contestación fue hecha con un timbre casi impersonal.
Lacayo regresó a su asiento y todo pareció volver a la normalidad. Pasado un lapso de tiempo cuya duración nadie pudo precisar, Navarro salió del local apresuradamente. ¨Parecía un tanto demudado¨, recordó uno de los asistentes.
Cuando regresó momentos después, en su compañía entraron dos hombres desconocidos para los contertulios. Iban ostensiblemente armados y se colocaron en sitios desde donde dominaban todo el salón, recuerdan los testigos a quienes extrañó aquel despliegue.
Aunque apenas había transcurrido poco tiempo después de su negativa respuesta a la invitación de Lacayo, Navarro dijo entonces con estentórea voz dirigiéndose a aquél:¨ Ahora sí podemos hablar¨.
Lacayo le señaló una mesa desocupada y ambos hombres tomaron asiento a su alrededor.
El diálogo se desarrollaba en voz baja y sin visos de violencia pero la tensión se podía tocar en el ambiente. De pronto, se escuchó a Navarro preguntar visiblemente alterado: ¨?Y cuándo vas a pagar los 40 mil córdobas que le debés…?¨
Su interlocutor contestó: “Hombré, yo he tratado de abocarme con tu hermano para arreglar eso…” Pero Navarro lo cortó, groseramente: “La verdad, Edgard Lacayo, es que vos sos un grandísimo sinvergüenza”.
Ante aquella pública ofensa Lacayo echó hacia atrás su silla con la intención de levantarse pero Navarro, que mientras hablaba iba extrayendo una 32 de su cintura, comenzó a dispararle. El primer proyectil lo tumbó de espaldas sobre el suelo al entrar por el pecho. En esa posición recibió un segundo disparo en esa misma región y otro más se le alojó en la tráquea. Antes de abandonar el sangriento escenario Navarro descargó sobre el cuerpo del agonizante varios puntapiés, declararon después los testigos.
Mientras los amigos de Lacayo salían de su perplejidad para trasladarlo a un hospital de Managua, Navarro y sus dos acompañantes abordaron su automóvil y se dirigieron al cuartel policial donde el homicida se entregó con el arma. Al oficial de turno le explicó que había procedido en defensa propia, al ver que su interlocutor hacía el gesto de ir a extraer algo de su cintura.
En el trayecto a Managua Lacayo murió. En sus declaraciones ante el juez Eliseo Núñez el homicida dijo que Lacayo le adeudaba a un hermano suyo la suma de 40 mil córdobas pero que no fue esto lo que generó el trágico suceso sino la intención de dispararle que creyó percibir en Lacayo.
Explicó que desde hacía mucho tiempo mantenía relaciones comerciales con Lacayo, a quien le adeudaba un tractor y admitió que por esa razón en varias ocasiones tuvieron violentas disputas.
¨Pero en esta desgracia actué por legítima defensa¨, se empeñaba en repetir.
Sin embargo, los compañeros de Lacayo aquel día declararon que su amigo andaba totalmente desarmado. Benjamín Elizondo, Marcial Erasmo Solís, Pablo Mántica, Carlos Menicucci y Salvador Castillo juraron que su amigo no llevaba encima ni un corta plumas y reiteraron su condena ¨a la repudiable actuación¨ de Navarro al haber dado puntapiés al cuerpo agonizante de su víctima.
Encomiaron la actitud siempre serena de Lacayo mientras dialogó con Navarro en contraste con la violencia de éste.
El abogado acusador del homicida, Luis Fonseca Iglesias (muerto en violentas circunstancias años después) acusó al juez Núñez de admitir la presentación, por la defensa, de testigos falsos como calificó a William Cranshaw y Bernabé Portocarrero, ambos muy ligados a las esferas gobernantes. Cranshaw dijo que Lacayo había amenazado a Navarro en reiteradas ocasiones y Portocarrero aseguró haberle oído decir que “quien le retuerce el cogote a Navarro soy yo”. Pero el padre de la víctima, Augusto Lacayo, desmintió ambos testimonios.
El 22 de junio, doce días después del sangriento hecho, el juez Serapio Ocampo impuso a Francisco Navarro auto de prisión por el asesinato de Edgard Lacayo.
Pero… poderoso caballero es Don Dinero. Unos meses después Navarro fue liberado.
CUANTIOSA DEMANDA
Pocos días después de la muerte de su esposo, la señora Emma Narváez de Lacayo acudió al juzgado con sus pequeñas hijas Evangelina, de cuatro años y Emma, de dos, para presentar una demanda por daños y perjuicios en contra de Francisco Navarro por la suma de 262 mil córdobas. En la demanda se precisa que Lacayo había invertido esa suma en la preparación de 400 manzanas de tierra en las que sembraría algodón y que con su muerte quedaron abandonadas.
¿UN HOMBRE VIOLENTO?
A los numerosos testimonios sobre el carácter presuntamente violento de Navarro se sumó el de la señora Matilde Pasos quien declaró que su hijo Gerardo Lacayo, primo de Edgard, fue amenazado de muerte por aquél en cierta ocasión.
– El motivo habría sido un mal entendido surgido alrededor de una bomba de riego valorada en nueve mil córdobas.
– Edgard Lacayo fue sepultado el 11 de junio, un día después de su asesinato.
– Su madre, Evangelina González, quien se encontraba en los Estados Unidos regresó al país apresuradamente al ser informada de que su hijo había muerto en un accidente de tránsito.
– Sólo se enteró de la verdad después de los funerales de su hijo, cuando familiares y amigos reunidos en su casa barajaban entre varios nombres, el del abogado que debería hacerse cargo de la acusación.
– ¿Abogado para qué?, preguntó ella extrañada. Para acusar al que asesinó a su hijo, le contestaron.
– Fue su propio esposo quien le suministró el nombre del homicida de su hijo. Al escucharlo, la abatida madre sólo atinó a decir: ¨Dios mío, hágase tu santa voluntad. Pero prefiero llorarlo muerto a que él hubiese sido el matador¨. Extraordinaria muestra de cristiana resignación y fidelidad a sus principios éticos y morales.