Rolando Cruz*
Los conservadores están en el mayor dilema de su historia reciente: aliarse con los liberales, o dejar que sean vencidos por los sandinistas, pero llevándose también en la cuenta a los conservadores mismos.
La situación no puede ser calificada de menos que traumática para los líderes verdes, que tienen por un lado el peso de entrar en alianza con quienes ellos mismos han considerado los “corruptos número uno de la historia del país”; pero por el otro lado, hacerles el juego a los sandinistas, que aplican la vieja lección maquiavélica de dividir para vencer. Para cualquier mortal, sin necesidad de ser ducho en materia política, está clara la amplia posibilidad de triunfo sandinista en las próximas elecciones presidenciales de noviembre de este año, si a la misma asisten los partidos de derecha cada quien por su lado.
La misión de los sandinistas, desde ya puesta de manifiesto por su líder supremo, Daniel Ortega, es de abortar a toda costa la posibilidad de una alianza de los liberales constitucionalistas y los conservadores. Para ello se valdrán de ataques concentrados en recordar a la población las secuelas que conllevó el llamado Pacto del Kupia Kumi (Puro Corazón, en miskito), que a inicios de los setenta firmó Agüero Rocha con el dictador Somoza. El aborto a la esperada alianza de dos de las mayores fuerzas políticas de la nación, pasará desde luego, por identificar a los neoconservadores como los “verdaderos pactistas”, como los “apañadores de la corrupción”, como los “convidados de piedra al festín del erario nacional”, entre otros calificativos no menos fuertes.
Ante eso, ¿qué le queda hacer a los conservadores?
En primer lugar, condicionar cualquier alianza con los liberales, a la supeditación de estos últimos a los designios de los dirigentes verdes. Con ello se podría incidir en la depuración obligada de las filas del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), de aquellos elementos vinculados a los actos de corrupción de mayor trascendencia del último quinquenio, eliminando la posibilidad de que a posteriori aparezcan en funciones públicas. Asimismo, estaría el Partido Conservador (PC), preparado para proponer a la ciudadanía una lista de probos hombres que pasarían a ocupar la conducción del futuro gobierno libero-conservador, con rostros nuevos e ideas diferentes.
La propuesta es fácilmente mejorada, si le sumamos que a los conservadores les permitan enumerar a los “liberales corruptos” para que sean suprimidos en las nominaciones para candidatos a diputados u otros cargos de elección popular, aunque también deben quedar vedados de aspirar a ser puestos en cargos de gobierno. Pero un problema salta a la vista; por ejemplo, en las organizaciones hamponas, los capos mueren asidos de la mano unos con otros, sin dejarse eliminar con singularidad. Entonces lo anterior nos lleva a la pregunta de, ¿a quién están dispuestos a sacrificar los del PLC?
Con una acción semejante, los conservadores estarían siendo eximidos de las diatribas y acusaciones que señalaba antes, en este mismo escrito. El axioma es sencillo, y no se trata de un teorema que necesite ser demostrado, “salvar a Nicaragua del sandinismo, y a la vez ofrecer una salida decorosa a los liberales”. La cosa está en que los “rojos sin mancha” acepten ceder la primacía a los verdes, a sabiendas que en caso contrario, los rojinegros volverán al poder en Nicaragua.
* El autor es periodista y abogado.