La disputa de los tiempos

Este 31 de diciembre terminará el siglo XX y dará comienzo el siglo XXI. Al mismo tiempo llegará a su fin el II milenio para inmediatamente iniciar la marcha del III milenio de la Era Cristiana.

El nuevo siglo y el nuevo milenio están llegando de manera silenciosa. Las grandes celebraciones se hicieron a fines del año pasado y prácticamente en todo el mundo, como si la humanidad estuviera ansiosa de olvidar lo pasado y encontrar algo mejor en el inmediato porvenir. A pesar de que las voces científicas más autorizadas advirtieron el error en que se incurría al creer que el siglo XXI y el III milenio comenzaban el 1 de enero del año 2000, tal creencia errónea se impuso y, en consecuencia, hace un año se celebró ruidosamente el simbólico cruce de los siglos y los milenios.

Por cierto que la misma equivocación se cometió a fines del siglo 19. Mucha gente creyó que el siglo 20 comenzaba el 1 de enero de 1900, y así lo celebraron. De allí que el erudito jurídico Guillermo Cabanellas advirtiera en su Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual (pág. 421, tomo VII) que: “Por incomprensible aberración de algunos, renovada en los finales y principios de siglo, ha de aclararse que comienzan éstos con el número 1 y terminan con el 100 y sus múltiplos. Así, el siglo XIX comenzó el 1 de enero de 1801 y acabó el 31 de diciembre de 1900; de manera análoga, el siglo XX se extiende desde el 1 de enero de 1901 al 31 de diciembre del 2000, si para entonces no hay reformas”.

En cualquier caso, el señalamiento de los límites entre los siglos y los milenios es relativo y convencional. Así lo han hecho ver eminentes autores contemporáneos, quienes aseguran con sobrados argumentos que las celebraciones con motivo del advenimiento del siglo XXI y del III milenio, no tienen ninguna significación intrínseca para la mayoría de los habitantes de la Tierra que no se rigen por el calendario cristiano, y muchas de cuyas tradiciones históricas son mucho más anteriores que la Era Cristiana.

La definición del tiempo histórico en siglos y milenios es algo simbólico, inventado por los seres humanos para satisfacer la necesidad de tener puntos de referencia en el conocimiento de su devenir y el estudio de sus propias experiencias. Pero el género humano —igual que las personas en lo individual— tiende a ser mitómano. Es decir, la gente inventa los mitos, pone pasión en ellos, les confiere autoridad y poder. Pero luego olvida que los símbolos son creaciones humanas, cree que tienen existencia propia y les atribuye significados especiales que en realidad no tienen.

Como sea, la costumbre hecha ley de poner mojones en los trechos de la vida de las personas y la historia de la sociedad sin dudas que es con el fin de aprender de la misma experiencia que los individuos y las colectividades humanas van acumulando; y aunque se diga que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, trata de no repetir los errores cometidos anteriormente o al menos procura no cometerlos más de dos veces.

En fin, la controversia sobre el significado del tiempo y el momento específico en que se cruzan los siglos y los milenios, no es de ahora. Según historiadores, la disputa comenzó en la Grecia antigua, en el siglo V antes de Cristo, cuando Parménides de Elea sostenía que el cambio y el devenir son sólo ilusiones irracionales, pero Heráclito de Efeso lo refutaba con el argumento de que no hay nada permanente y que el cambio es objetivo y caracteriza y afecta a todas las cosas, sin excepción de ninguna clase.

La controversia sigue hasta nuestros días. Y aunque simbólico, el cruce entre dos siglos y dos milenios que tendrá lugar dentro de unos cuantos días nos mueve a reflexionar sobre las experiencias acumuladas en la última centuria, y a atisbar cómo vamos a construir nuestro futuro. ¿Seguiremos por el mismo camino o vamos a cambiar para provecho propio y de las generaciones venideras?  

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