Mario Alfaro Alvarado
Entre las especulaciones políticas y el frenesí de las candidaturas, han comenzado a circular algunas hipótesis acerca de cómo podrían plantearse las próximas elecciones del 2001.
La propuesta liberal como la sandinista parten de la ineludible necesidad de negociar alianzas con otros grupos políticos. Bien sabido es que por sí solos estos dos partidos no cuentan con el volumen de votos que se requieren para que uno se le imponga al otro. El objetivo de los dueños de esas dos agrupaciones se finca en obtener una mayoría dócil en el Parlamento, para desde allí ejercer influencia política sobre el nuevo gobierno.
Los liberales de Arnoldo apuntan sus miras a una alianza con los conservadores, para enfrentar el peligro sandinista y “salvar” la democracia. La alianza, al viejo estilo tradicional, tiene como eje la repartición prudente de curules sin menoscabar el poder liberal sobre el Legislativo.
Los “actuarios” liberales afinarán sus cálculos aritméticos para determinar cuántas butacas pueden ceder a los aliados. Esta solución, por supuesto, se enmarca en el clásico esquema zancudista curulero, que si dio a los liberales buenos resultados en el pasado, difícilmente podrían obtener ahora resultados similares.
La propuesta frentista partiría de la consagración de Daniel como el candidato indiscutido para la primera magistratura. Así quedaría confirmado como amo absoluto de su partido. Luego negociaría su propia candidatura con las fuerzas democráticas sobre la base de un candidato de consenso no sandinista. Ese candidato sería una figura de reconocido prestigio nacional que posea el encanto de persuadir y despertar confianza en un gobierno de coparticipación formado por demócratas y sandinistas.
Las finalidades a que apuntan estas dos hipótesis es que tanto Alemán como Ortega, como carecen de miras nacionales para sacar a Nicaragua del desorden político, la corrupción y la postración económica, apuestan sus fichas a salvaguardar sus propios intereses personales, políticos y económicos, a través de una diputación automática que les proporcionaría inmunidad e impunidad.
Ninguno de estos supuestos es solución para Nicaragua, porque sus consecuencias coinciden en la perpetuación del Estado botín. El pueblo seguiría trabajando duramente y no prosperaría; y la clase gobernante seguiría enriqueciéndose sin aportar nada al progreso nacional.
En el reverso de estos proyectos se plantea como idea salvadora, la formación de una gran alianza nacional integrada por partidos, sindicatos, empresa privada, organizaciones civiles y ciudadanos de reconocida solvencia moral, identificados todos en un compromiso solemne con el pueblo nicaragüense. Sería una alianza incluyente, amplia y participativa, cuya misión se centre en colocar las bases para empezar a construir un Estado Nacional, diseñado para servir por igual a todos los nicaragüenses, que en un esfuerzo unificado con la población aborde la reconstrucción económica, reorganice y ennoblezca a la justicia, rescate los valores morales de la sociedad y ponga en marcha un programa inmediato de producción y creación de empleos.
La primera cualidad de esa alianza ha de ser inspirar confianza en la población por medio de un programa nacional de reorganización, honestidad y cambios, sin repartición de puestos públicos y con las garantías necesarias de que el programa se cumplirá. La alianza no hará milagros, pero alcanzará sus metas con el apoyo decidido y solidario de toda la sociedad. La tarea de rescatar a Nicaragua es tarea de todos para que los resultados beneficien a todos.
Es este el momento histórico de ganar o perder. El pueblo trabajador, honrado y deseoso de cambios enfrenta con aguda preocupación y duda la estrujante alternativa de escoger entre el Estado botín o el Estado Nacional. No hay términos medios. Si el primero, habrá que sufrir las consecuencias con resignación frustrante; si el segundo, habrá comenzado la reconstrucción económica, moral y espiritual de Nicaragua.
* El autor es periodista y analista político.