J. Dávila y Castellón
Si para algo no se requiere efectuar encuestas o sondeos de opinión es para conocer la situación de la madre en relación a las tareas domésticas. Basta visitar algunos hogares y conversar con las “amas de casa” para darse cuenta del descontento, resentimiento o frustración que lastima las vidas de estas respetables damas. Las quejas varían en sus formas de expresión, pero la realidad de fondo es la misma. No se valora su trabajo en el hogar ni se percibe siquiera el sacrificio aportado ni el amor y esmero puesto en cada una de las labores domésticas. “Si a la comida le falta un puntito de sal, viene la crítica; pero cuando queda exquisita, falta la alabanza”, escuchamos lamentarse a una señora, quien lleva mucho tiempo de esperar una frase de aprobación o estímulo de parte de su esposo al que sirve con agrado y cariño. Otras mujeres nos hablan del cansancio que implica para ellas lidiar con los niños, asear la casa, despertarse de madrugada para alistar a los hijos para ir al colegio o la escuela… En fin, otras madres manifiestan sentirse fracasadas profesionalmente al verse obligadas a atender responsabilidades y quehaceres propios de su condición de esposa y madre.
A la Iglesia Católica, como Iglesia fundada por Cristo, que vino a mostrar al hombre lo que es el hombre y a caminar en esta vida hacia la vida eterna precisamente recorriendo el camino del hombre al compartir sus angustias y esperanzas, no le puede ser indiferente esta problemática de la madre en el hogar, pues aprecia y respeta los sentimientos y aspiraciones o deseos de superación de todo ser humano. En la Iglesia la mujer encontrará siempre no sólo una sabia Maestra, sino también en primer lugar una amorosa y celosa Madre a la primera defensora de sus derechos.
Las palabras del Vicario de Cristo dignifican a la mujer y a la madre cuando expresa: “La enseñanza social de la Iglesia pide ante todo que sea plenamente valorizado como trabajo todo lo que la mujer realiza en la casa, toda la actividad de madre y de educadora. Este es un trabajo importante. Este importante trabajo no puede ser despreciado socialmente; debe ser revalorizado constantemente, si la sociedad no quiere obrar en su propio daño.
“Y, a su vez el trabajo profesional de las mujeres debe ser tratado en todas las partes y siempre con referencia explícita a cuanto brota de la vocación de la mujer como esposa y madre en la familia”.
En la actualidad se discute mucho sobre la conveniencia o inconveniencia de que la mujer-madre trabaje fuera de casa. Lamentablemente la situación económica desfavorable no permite a muchas madres permanecer en el seno del hogar para cuidar directamente a sus hijos, viéndose forzadas a trabajar fuera para poder mantener o ayudar a mantener a los suyos. Pero, fuera de estos casos, ¿qué pensar? Las siguientes palabras del Papa Juan Pablo II merecen especial consideración: “Esta natural misión de la mujer-madre -dice en otra parte de su mensaje- es puesta en duda con frecuencia por las posiciones que acentúan sobre todo los derechos sociales de la mujer. A veces se considera su trabajo profesional como promoción social y la total entrega a los problemas de la familia y de la educación de los hijos es considerada una renuncia al desarrollo de la propia personalidad, un retraso.
“Es verdad que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las tareas públicas. Sin embargo, una verdadera promoción de la mujer exige de la sociedad un reconocimiento particular de las tareas maternas y familiares, porque éstas son un valor superior con respecto a todas las demás tareas y profesiones públicas”, sostiene el Sucesor de San Pedro.
La revalorización de las tareas maternas forma parte de la promoción de la mujer. Sí es justo hacer menos pesada la carga de la mujer-madre, también lo es situar el papel de la madre por encima de cualquier otra función como mujer en la sociedad. La madre es el corazón del hogar, el alma de la sociedad.