Plumas a la vista

Roberto Argüello N.

El hombre siempre ha sido fascinado por el vuelo. Siempre quiso volar, aún en la mitología (Icaro). Al no lograrlo admiró a las aves. Y las quiso copiar. Al no lograrlo las desplumó y usó sus plumas como símbolo de valor, poder y jerarquía. Así vemos en el penacho de una piel roja, la carrera militar de un guerrero que pluma a pluma (…“paso a paso, se hace camino al andar”…) se fue cubriendo de valor, de gloria, experiencia y sabiduría. Un poco más al sur tenemos a los “caballeros-águila”. Fuertes, valientes, leales. Estas plumas de penachos guerreros eran las plumas remeras de las águilas.

Usó otras plumas menos fuertes y potentes para estabilizar sus certeras y mortales flechas. Y otras todavía menos fuertes para adornar vestidos y peinados. Fabricó cobijas, y manteles hasta llegar al penacho de Moctezuma. Hecho con las plumitas de la cabeza, cerca de los picos de lapas, loras y quetzales. De una suavidad superior al terciopelo, y un colorido sólo comparable al arco iris.

Usó también las plumas como almohada, para descansar. Con el paso del tiempo las usó para producir música, al rascar con ella una cuerda, y desde luego, para escribir. Las mujeres las han usado como adorno y han llegado a ser ”clásica” indumentaria de bailarinas y rumberas.

Las hay de todos los tamaños desde las de avestruz hasta las del pico del colibrí. De todos los colores desde el negro negrísimo, al blanco blanquísimo, pasando por rojos, azules, amarillos, verdes, naranjas. En todos los tonos. De modo que cuando el hombre inventó ciertos colores de revista (fucsia, moca, amarillo ilusión) ya las aves los tenían y lucían con naturalidad lujuriosa.

Y la gallina de volar corto inseguro y primitivo, es la que motivó este escrito. Cuando las vendían, vivas, en el mercado, después de “retorcerles el pescuezo” se les echaba agua caliente para quitarles las plumas, y éstas se botaban. Algunas veces se usaban como relleno de almohadas (guardando -desde luego- la distancia con las almohadas de plumas-de-cuello-de-ganso, los gansos no tienen pescuezo, menos los cisnes). En fin, esas eran gallinas compradas.

Cuentan que el general Somoza García, buen conocedor de su gente y de lo que tenía, le aconsejó a uno de sus funcionarios, cuando éste estrenaba una flamante casa de habitación: ”cuando uno come gallina robada, esconde las plumas…” Sabio consejo de maestro. Válido aún entre símiles.

La anécdota anterior es de conocimiento general en Nicaragua. Es más, tiene nombre, apellido y posición. Pero el funcionario público nicaragüense ha evolucionado -eso sí- manteniendo el gusto por la gallina pero, haciendo caso omiso al consejo.

Antes bien, en vez de esconder las plumas, las ha “industrializado” reciclándolas y nos enseña -sin rubor- el producto terminado. Y así, de las gallinas comidas, vemos plumas convertidas en casas, haciendas, caminos de acceso, carreteras, enchapes, cauces, terrazas (qué popular se ha hecho el tequila Don Julio) casas de verano, apartamentos en Miami, vehículos, viajes de turismo en primera y de primera, cuentas gordas en bancos extranjeros, y alguna que otra “cosilla” que se me escapa de momento.

Y para terminar, dichosa la gallina que sin pretender tener el poderío del águila, ni el colorido del quetzal, puede con sus plumas hacer todo lo anterior.

* El autor es nicaragüense, reside en Miami.  

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