Jorge [email protected]
Hace poco un amigo me contó el siguiente chiste. Notando San Pedro que las puertas del cielo estaban un poco desvencijadas, decidió pedir 3 cotizaciones para repararlas. Se dirigió a la fila de los que esperaban su turno para entrar y preguntó: “¿Hay aquí algún carpintero?”. Tres personas levantaron la mano: un chino, un italiano y un mexicano. Les pidió que cada uno hiciera un presupuesto. El chino las revisó y dijo que él podría repararlas por 900 dólares: 300 para materiales, 300 para mano de obra, y 300 de utilidad. El italiano, por su parte, al ver las puertas, se quedó maravillado ante su impresionante belleza. Dijo tener la certeza de que habían sido hechas en Florencia, en la época del Renacimiento, y, con los ojos llenos de lágrimas, manifestó su disposición de repararlas por 3,000 dólares: 1,000 para materiales, 1,000 para la fina mano de obra italiana que tendría que contratar, y 1,000 de ganancia. Finalmente, San Pedro le pidió su cotización al mexicano. Este, con la velocidad de un rayo, respondió: “Son 2,900 dólares: 1,000 para ti, 1000 para mí, y contratamos al pinche chino”.
¡Ah, nuestros hermanos mexicanos! Pero, cuidado, esa mentalidad no es exclusiva de ellos. De seguro que la misma respuesta la hubiera dado cualquier latinoamericano, y por supuesto que un nicaragüense también. Estamos orgullosos de ser “vivos”, “arribistas”, “lámparas”, “balas”. Mas lo triste del caso es que no nos damos cuenta que actitudes como esa son la causa real de nuestra pobreza. La culpa de nuestra miseria no es de los Estados Unidos ni de los países ricos, como piensan aquellos tercermundistas a quienes Carlos Alberto Montaner, Alvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza, describen magistralmente en su libro “Manual del perfecto idiota latinoamericano”.
En Nicaragua queremos vivir mejor, pero no queremos inversiones. Una cosa es que del diente al labio digamos que las queremos, pero otra muy diferente es lo que decimos con nuestra actitud en la práctica. Al inversionista extranjero, ya sea chino, gringo, griego, italiano, canadiense, español, o de donde sea, lo vemos con suspicacia. En el fondo creemos que nos viene a explotar; a despojarnos de lo nuestro; a robarse nuestras riquezas y nuestras bellezas. Parece que ignoramos que la explotación real y concreta ha venido siempre de nuestra clase política. Preferimos el regalo, la dádiva, la donación, la “ayuda”; la ONG a la empresa.
Dos ejemplos recientes ilustran lo anterior. Primero, a unos italianos que quisieron invertir de dos a tres millones de dólares en la construcción de un hotel en Corn Island, se les hostigó, se les pusieron miles de trabas, y hasta se les echó presos. No sé qué habrá pasado con ellos, pero no me sorprendería que hubieran desistido de invertir en Nicaragua. Más recientemente, un extranjero de origen griego y residente en los Estados Unidos, que compró varios de los Cayos de Perlas en el Caribe nicaragüense, que construyó en ellos alojamientos adecuados para recibir turismo, que compró lanchas, que construyó muelles, que contrató personal, que abrió una página en Internet y que puso a Nicaragua en el mapa mundial del turismo, está bajo fuerte presión para que abandone sus negocios en Nicaragua.
Los Cayos de Perlas, una belleza natural impresionante, han estado ahí por cientos de años. Nunca nadie antes había hecho nada en ellos. Pero ahora que un inversionista extranjero pone un poco de dinero, ingenio, trabajo, y visión empresarial, surge la desenfrenada codicia de algunos y los nacionalismos trasnochados de otros. Se levanta enérgico, indómito y combativo el espíritu del “perfecto idiota latinoamericano”. Los argumentos para impedir la “explotación” de los cayos por un extranjero van desde los más ridículos y absurdos, como apelar al Artículo 10 constitucional, que trata de la soberanía nacional, hasta los más rebuscados de tipo indigenista, ecológicos, etcétera. En fin, todo sea por impedir la “explotación” de ellos por parte de un indeseable inversionista.
¿En qué terminará esto? No lo sé. Pero muy probablemente anularán la compra que hizo el extranjero; se declararán los cayos áreas protegidas y estatales, y al cabo de algún tiempo, aparecerán esos islotes en manos de algunos políticos de esos que medran en las alturas y que se caracterizan por sus voraces apetencias geófagas. Habrán triunfado el “nacionalismo” y la mentalidad retrógrada perpetuadora de la pobreza y del subdesarrollo.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.