La última piedra

Según el Presidente del Gobierno de España, José María Aznar, el derrocamiento del dictador comunista yugoslavo, Slobodan Milosevic, significa la caída de la última piedra del Muro de Berlín.

En realidad, el Muro de Berlín (una sólida y siniestra construcción de acero y cemento, rodeada de alambradas electrificadas y sembrada de minas, erigido en agosto de 1961 por órdenes del líder soviético Nikita Kruschev, y derribado por el pueblo sublevado el 12 de noviembre de 1989), no era sólo la muralla física que separó al pueblo de Alemania. Era también el símbolo de una odiosa división ideológica, política y cultural del viejo continente en dos Europas: la Occidental, abierta, libre y democrática; y la Oriental, cerrada, cautiva y totalitaria.

Al caer el Muro de Berlín a fines de 1989, arrastró prácticamente a todos los Estados comunistas de Europa Oriental que fueron impuestos por la Unión Soviética al finalizar la II Guerra Mundial: República Democrática Alemana, República Socialista de Checoslovaquia, República Popular de Bulgaria, República Socialista de Rumania, República Popular de Albania, República Socialista de Hungría y República Popular de Polonia. Sólo quedó en pie la Yugoslavia socialista, que había seguido un camino propio, mezcla de nacionalismo y comunismo y hasta se enfrentó vigorosa y valientemente al todopoderoso y brutal estalinismo soviético.

Pero Yugoslavia no permaneció totalmente a salvo de la revolución democrática de Europa Oriental de 1989 y 1990. De la República Socialista Federativa de Yugoslavia que fundó y durante muchos años dirigió con mano de hierro el mariscal comunista-nacionalista Josip Broz Tito, se separaron las repúblicas de Bosnia-Herzegovina, Croacia y Eslovenia. La federación yugoslava quedó formada únicamente por Serbia y Montenegro, y fue gobernada desde 1990 en forma autoritaria y despótica por el líder comunista y nacionalista, Slobodan (que irónicamente significa “libertad”, en idioma serbio-croata) Milosevic, y una inescrupulosa camarilla que heredó el control de la antigua Liga de los Comunistas de Yugoslavia, a la que cambiaron el nombre por el de Partido Socialista Serbio.

Así, el régimen nacional-comunista de Slobodan Milosevic en Yugoslavia quedó como un remanente de la Europa Oriental comunista que desapareció a consecuencia de la revolución democrática de 1989 y 1990. Y al desaparecer ahora la dictadura de Slobodan Milosevic, simbólicamente cae la última piedra del Muro de Berlín, como lo señaló expresivamente Aznar, el jefe del gobierno español.

El ascenso al poder de Vojislav Kostunica, quien ganó la elección presidencial de 24 de octubre pero Milosevic lo quería obligar a una segunda ronda electoral, significa, pues, el comienzo de la democratización de Yugoslavia y el retorno de ésta a Europa. Ahora toda Europa podrá ser un continente plenamente democrático. Esto es una fiesta de la libertad en todas partes del mundo.

El nuevo presidente yugoslavo, Kostunica, aseguró desde antes de las elecciones del 24 de septiembre pasado, que al asumir el poder regresaría el país a la comunidad internacional y particularmente a la familia europea. Kostunica promete que pondrá sus principales empeños en poner a Yugoslavia a la par de los otros países ex comunistas europeos, que vienen impulsando reformas democráticas desde hace una década.

Pero Kostunica, como informó LA PRENSA el sábado pasado, en una nota tomada del diario español El País, es también un nacionalista –como son prácticamente todos los serbios, y en general, todos los yugoslavos–, y su gobierno será distinto, sin dudas, a los nuevos gobiernos democráticos de la antigua Europa Oriental, a los que el líder yugoslavo ha criticado porque según él se han incorporado a organizaciones internacionales, como la OTAN, “sin preocuparse mucho por su independencia, su propia libertad, en las relaciones con el mundo exterior’’.

No hay que olvidar que Yugoslavia sufrió recientemente la devastadora guerra de la OTAN y los Estados Unidos, que si bien fue dirigida a proteger a la población de Kosovo y a quebrantar al dictador Milosevic, golpeó a toda la nación serbia y reavivó su sentimiento de rebeldía y un orgullo nacionalista que viene desde que aportaron a la humanidad al esclavo rebelde Espartaco, y a Justiniano, el campesino que se convirtió en el gran emperador y legislador de Bizancio.  

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