Dos historias de homosexuales

  • Aunque la persecución a los homosexuales es un rasgo típico de las dictaduras totalitarias, siempre será un misterio por qué Fidel Castro dio un paso más allá y convirtió esta práctica en una política de Estado

Carlos Alberto Montaner

Un teniente coronel del ejército español, el señor Sánchez Silva, ha declarado públicamente su homosexualidad y nada ha sucedido. Ésa es la noticia: no que el señor Sánchez Silva tenga ciertas preferencias sexuales estadísticamente minoritarias, sino que a nadie parece importarle. «Por mí como si se enamora de un buzón de correos», declaró una anónima señora a la que interpeló la televisión durante su trayecto al supermercado. «Se puede disparar una ametralladora con las pestañas arregladas», dijo un joven sin darse cuenta de que su comprensiva actitud reproducía un injusto y ofensivo estereotipo.

La verdad es que el señor Sánchez Silva tiene un aspecto razonablemente varonil. Su procesión va por dentro, y sólo se explica la pública exposición de sus inclinaciones por dos razones: la primera, poner a prueba la tolerante legislación española en materia de costumbres sexuales dentro de una institución que es la quintaesencia del machismo. La segunda resulta menos obvia. Probablemente hay un componente exhibicionista en la sicología de este militar: hace unos años se tomó el trabajo de acudir a los tribunales para declarar su apostasía de la religión católica. Eso, en su caso, quería decir que no dejaba de creer en el Dios de los cristianos, pero renegaba del magisterio moral de la Iglesia. Ojalá que Federico Trillo, el Ministro de Defensa español, un brillante jurista, no caiga en el error, muy a la norteamericana, de convertir esta anécdota en una bizantina cuestión de Estado. Lo mejor es tomar nota y pasar a otras cosas más importantes. Como alguna vez escuché en Perú: «sigamos el consejo de la mamá de Nelson Ned y dejemos el asunto de ese tamaño». Los lectores que no conocen la música popular latinoamericana deben saber que Ned es un enano brasilero que canta baladas de amor admirablemente.

La segunda historia protagonizada por un homosexual es póstuma. Se trata de la película sobre la vida y la muerte del extraordinario narrador cubano Reynaldo Arenas, tal vez el mejor novelista surgido en Cuba en el último medio siglo, lo que no es poco en una Isla que ha dado escritores de la talla de Lezama, Virgilio Piñera o Alejo Carpentier. El film en cuestión, estrenado en la mostra de Venecia, dirigido por Julián Schnabel y genialmente interpretado por Javier Bardem, está basado en las memorias de Arenas, Antes que anochezca, un descarnado relato biográfico en el que con todo género de detalles Reynaldo cuenta su vida íntima y las persecuciones de las que él y decenas de millares de homosexuales fueron objeto por el gobierno de Castro.

Desterrado a Estados Unidos en 1980 durante lo que se conoce como el «éxodo del Mariel» —130,000 personas que fueron enviadas al exilio en botes o cualquier cosa capaz de navegar—, Arenas amó y escribió con una gran intensidad. Finalmente, contrajo SIDA, pero en lugar de desplomarse sicológicamente, se dedicó con furia a escribir sus últimos libros: Viaje a La Habana, Arturo, la estrella más brillante, sus memorias hoy llevadas al cine, y El color del verano, tal vez el libro más original, desmesurado e iconoclasta de la historia literaria cubana. De aquel período intensamente creativo de su corta carrera guardo varias notas que me enviara. Entre ellas, una muy breve y muy triste en la que me comunica que ha sido contagiado por la mortal enfermedad. Cuando ya le quedaba muy poca vida, despedazado por infecciones cebadas en un organismo sin defensas naturales, decidió quitarse la vida con un veneno terriblemente doloroso.

Aunque la persecución a los homosexuales es un rasgo típico de las dictaduras totalitarias —los nazis y fascistas incurrieron en ella—, siempre será un misterio por qué Fidel Castro dio un paso más allá y convirtió esta repugnante práctica en una política de Estado encaminada a erradicar esa conducta de la sociedad cubana. Los fascistas italianos esporádicamente apaleaban o les suministraban purgantes a los homosexuales, mas sólo se trataba de una brutal diversión de esta tribu de salvajes. Los nazis en 1934 aprovecharon la antisemita noche de los cuchillos largos para golpear y matar, de paso, a algunos varones arios que preferían aparearse con personas de su mismo género, pero en el siglo XX sólo Fidel Castro se planteó seriamente eliminar de su paraíso y para siempre cualquier desvío de las preferencias sexuales masculinas más ortodoxas. No las femeninas, pues, curiosamente, mientras miles de homosexuales cubanos eran pateados, escupidos e internados en campos de concentración por turbas del partido comunista y del Ministerio del Interior, casi toda la nomenklatura castrista —véase Dulces guerreros cubanos de Norberto Fuentes, testigo de primera mano— se dedicaba a estimular el lesbianismo de las mujeres de su entorno, incluidos en esa tarea los propios Ministros a cargo de combatir a sangre y fuego las desviaciones sexuales de los hombres.

¿Pensaba seriamente Fidel Castro que con la represión y el miedo podía exterminar el homosexualismo? Seguramente. Estaba convencido de que el homosexualismo era una secuela de la economía de mercado y del imperialismo yanqui, así que con calabozos, unos cuantos culatazos y declarando la obligatoriedad de una apariencia viril —guayabera, puro, ademanes de macho feroz y pendenciero—, en unos años acabaría para siempre con esa conducta impropia.

¿Alguna moraleja de estas dos historias? Ninguna, salvo una observación: me alegro mucho de que el teniente coronel Sánchez Silva viva en una democracia tolerante y no en una enloquecida dictadura. Si algún día escribe sus memorias nunca serán como las de Reynaldo Arenas. [„FIRMAS PRESS]

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