¡No, al golpe de estado!

  • Los golpes de estado, abiertos o disimulados, no resuelven absolutamente nada; antes bien, entorpecen los procesos cívicos, y nos obligan a vivir en un estado de infantilismo democrático permanente

Jorge [email protected]

Algunos políticos han empezado a jugar peligro samente con la idea de la “necesidad” de un golpe de estado para, según ellos, “resolver la situación del país”. No es inusual escuchar de boca de nuestros hombres públicos ideas no muy brillantes, pero, muy honestamente, debo decir que la sugerencia de un golpe de estado como medio para resolver los problemas de Nicaragua, es para mí la más torpe de todas ellas.

En un artículo que escribí hace casi un año y medio, y que titulé “Cuidado con las propuestas cavernícolas”, me manifesté en contra de las insinuaciones que en esos días hacía el secretario general del Frente Sandinista, señor Daniel Ortega, de un posible golpe de estado. He aquí sus palabras: “Si hay que acortar el período de Alemán, pues habrá que acortarlo. Se le acorta el período, se adelantan las elecciones y se acabó”. Tanto entonces como ahora, esas expresiones antidemocráticas me resultan chocantes, y es por eso que quiero hoy nuevamente pronunciarme en contra de la promoción de cualquier intento de terminar abruptamente con el actual gobierno.

La razón que tengo para oponerme es, en principio, muy simple: los golpes de estado, abiertos o disimulados, no resuelven absolutamente nada; antes bien, entorpecen los procesos cívicos, y nos obligan a vivir en un estado de infantilismo democrático permanente. Pero, para desgracia nuestra, la ilusión de una solución instantánea a los problemas políticos está adherida con fuerza en lo más profundo de nuestra sique nacional. Y el problema no es sólo nuestro: es de casi toda América Latina. Ansiamos desesperadamente que alguien nos salve, que alguien se encargue de resolver nuestros conflictos y de enderezar lo que esté torcido. Ahí tenemos el ejemplo de los venezolanos que celebraron con júbilo el intento de golpe de estado del coronel Hugo Chávez en 1992. Tan fascinados quedaron con el fallido golpista que este año acudieron a las urnas para elegir muy democráticamente como presidente al mismo Hugo Chávez, el venezolano más antidemocrático de los últimos tiempos.

¿Quiero con esto decir acaso que el actual Gobierno nicaragüense ha hecho todo bien y que no hay nada que cambiar? De ninguna manera. Creo más bien que el Presidente Alemán –y ya lo he dicho en otras ocasiones– no ha fallado en el papel de alcalde que realiza desde la Presidencia de la República, pero sí creo que ha fallado miserablemente en su papel de estadista. Su desmedida ambición personal, alimentada a diario por asesores incapaces y serviles, han puesto a Nicaragua en una posición política muy difícil y peligrosa. Debo confesar que jamás pensé que un gobierno de supuesta inspiración liberal fuera a ponerse de acuerdo con el frentismo para frenar los avances de la libertad y del progreso democrático de la nación.

Claro que hay mucho, muchísimo que cambiar, pero no con un golpe de estado. Pecan de irresponsables aquéllos que lo alientan. No parecen darse cuenta que las intervenciones militares en nuestra patria y en toda América Latina han sido funestas. El ejército debe abstenerse de intervenir y dejar que los problemas políticos se arreglen políticamente. Y tampoco puede justificarse un golpe de estado solapado como el perpetrado a principios de este año en Ecuador.

Los nicaragüenses tenemos que madurar políticamente. Urge que nos convirtamos en actores responsables y que dejemos de ser espectadores pasivos de tanto desmán. Tenía razón el actual embajador estadounidense cuando en una ocasión dijo que él oía muchas críticas al Gobierno, pero que jamás había visto una manifestación que expresara el descontento. Y no es porque el descontento no exista, sino porque somos muy cómodos; queremos que sean otros los que nos resuelvan los problemas. Aquí en Managua hubo el año pasado una marcha cívica para protestar contra el funesto pacto libero-sandinista que, en ese entonces, era tan sólo un proyecto. La asistencia a la marcha fue raquítica, y es muy probable que muchos de los que hoy alientan acciones golpistas se hayan quedado cómodamente en sus casas.

Estamos a tan sólo un año y tres meses para que se celebren nuevas elecciones generales. Tengamos paciencia. Protestemos enérgica y cívicamente cuando sea necesario y cambiemos los que podamos cambiar por esa vía, pero esperemos el día de las elecciones para empuñar el voto cívico y democrático, que es sin duda alguna el arma más poderosa y eficiente para destronar a gobernantes incompetentes y corruptos.

* El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.   

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