“Yo soy el pan de la vida”

PBRO. SILVIO FONSECA MARTINEZ

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 41.51.

En aquel tiempo los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y decían: “¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo nos dice ahora que ha bajado del cielo?”. Jesús les respondió: “No murmuren. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado; y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: todos serán discípulos de Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende de él, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquél que procede de Dios; ése sí ha visto al Padre. Les aseguro: el que cree en mí tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron; éste es el pan que ha bajado del cielo para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Palabra del Señor.

Lecturas Bíblicas: Reyes 19, 4-8/Ef. 4, 30-32; 5, 1-2/San Juan 6, 41-51.

Hace quince días iniciamos el capítulo 6 del Evangelio de San Juan. Al iniciarlo el evangelista nos narra aquella multitud hambrienta alimentada por Jesús. En este domingo, entrando en el plan estrictamente teológico, nos dice que Jesús es el pan de la vida; así, hacemos un perfecto paralelismo con el profeta Elías que hoy nos narra la primera lectura, que fue “alimentado por Dios, y que regresó a la vida después de tanto cansancio hasta sentir el deseo de morir. (1Re. 19,4).

Las lecturas bíblicas nos narran nuevamente el alimento como necesidad vital; esto no admite discriminación de ninguna naturaleza; el alimento es para dar vida; pero el pan tiene una acepción muy amplia, no se aplica solamente al alimento físico sino también a cualquier alimentación que genere sobrevivencia, poder, dinamismo etc., recordemos por ejemplo el calificativo que se aplica a los profesores que brindan diariamente “el pan del saber”, o los generadores que “alimentan” las máquinas y la electrificación. Todo esto nos dice sencillamente que necesitamos alimentarnos para alcanzar todos estos logros.

Se hace también una distinción entre alimentos perecederos e imperecederos, pero al final todo tiene su vencimiento; sin embargo el alimento de Cristo es imperecedero y alimenta las necesidades más importantes del ser humano. En efecto, la vida del hombre no se reduce solamente a lo biológico; como espíritu y materia, tiene otras necesidades que no la pueden satisfacer los alimentos materiales; pues las necesidades espirituales escapan a todos los mercados, por muy modernos que sean y por muchas sofisticaciones y transformaciones que vemos en la actualidad; de ahí que Jesucristo es el “pan que da la vida”; aunque indudablemente pensamos en la Eucaristía, Cristo con su palabra alimenta y da la vida a los hambrientos de paz, de justicia, de consuelo etc. cuando el hombre se encuentra con ese pan, quedará totalmente saciado; la experiencia nos enseña que cuando vamos detrás de otros alimentos que son perecederos y falsos, vamos detrás de nuestra propia muerte.

Debemos tomar la Eucaristía con esas mismas palabras que Dios le dijo a Elías: “levántate y come”, sobre todo en un mundo que nos cansa por su complejidad, y donde parece que no hay tiempo ni para respirar, urge acercarnos a Cristo como el alimento que nos fortalece y nos da la vida; vida que todos aspiramos y que la Iglesia lo sigue ofreciendo al género humano sin distinción ninguna.  

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