- Ni siquiera uno de los
miembros de la familia
política más poderosa de los Estados Unidos, la llamada
dinastía Bush, se ha librado
de la discriminación racial
Jorge Ramos Avalos
Filadelfia. Llegué a esta ciudad cargado de escepticismo. El Partido Republicano se ha hecho (mala) fama por tener como miembros a algunos de los norteamericanos más racistas y xenófobos de Estados Unidos. Por eso, venía preparado para escuchar toda una serie de discursos contra los inmigrantes y las minorías étnicas en su trigésimo séptima Convención Nacional Republicana. Sin embargo, no fue así.
El Partido Republicano ha sido acusado de ser el club de los hombres blancos y de los ricos; uno de cada cuatro participantes en esta convención tenía, al menos, un millón de dólares bajo el colchón. Pero lo extraño, lo confuso, es que en el escenario de esta convención vi muchas caras negras e hispanas y escuché el español como si estuviera en México. Claro, eso fue en el escenario.
En el piso de la convención todo era igual que siempre. De los 2,066 delegados sólo 73 eran hispanos. Y luego recordé que muchos de estos republicanos que tanto aplaudieron a los cantantes Vicente Fernández y John Secada son los mismos que quieren que desaparezca el español para convertir al inglés en el único idioma oficial de los Estados Unidos. Baile de máscaras, dijeron sus críticos.
Además, desde el punto de vista periodístico, esta convención no ofrecía ninguna sorpresa. El candidato republicano a la Presidencia, George W. Bush, ya había sido escogido, al igual que el candidato a la Vicepresidencia, Dick Cheney, y su “plataforma política”: antiaborto, contra los programas (de acción afirmativa) que benefician a negros e hispanos, contra los derechos de los homosexuales… Nada nuevo bajo el sol.
Es decir, estaba condenado junto con otros 15 mil periodistas y 4,500 invitados a perder el tiempo durante cuatro días y a someterme a una agotadora agenda de 400 fiestas y reuniones. No había noticias pero sí mucha parranda. Pero entonces se apareció “P” y hubo algo que me sorprendió en esta convención.
Le dicen “P”, se llama George P. Bush, tiene 24 años de edad, habla español bastante bien y está a punto de entrar a la escuela de leyes. No es un estadounidense cualquiera. “P” es el nieto del ex presidente George Bush, el bisnieto del senador Prescott Bush, el hijo del gobernador de la Florida, Jeb Bush, y de la mexicana Columba Bush, y como si esto fuera poco, es el sobrino del candidato presidencial George W. Bush, a quien ha ayudado intensamente en su campaña. Pero “P”, por ser de origen hispano y ser moreno, ha sido discriminado.
–“He encontrado mucha discriminación en mi vida”, me dijo George P. Bush. Y la afirmación me tomó desprevenido.
–“¿A un Bush (al miembro de una familia política comparable a la de los Kennedy) lo han discriminado en los Estados Unidos?”, le pregunté.
–“Como no”, me dijo. “Porque en nuestra sociedad, desafortunadamente, la gente juzga por tu color de piel; he encontrado discriminación toda mi vida, en todas partes del país”.
–“Pero ¿cómo te han discriminado?”, insistí.
–“Con frases como wetback (espalda mojada/indocumentado) y frases feas como tar baby (bebé de chapopote o petróleo), (son cosas) que la gente le dice a los latinos”, me contestó, sin perder la compostura.
George P. Bush ha sido comparado con el cantante puertorriqueño Ricky Martin y la revista People lo puso en la lista de los más sexys de Estados Unidos. Pero el público norteamericano supo de él, por primera vez, en la Convención Nacional Republicana de 1988, en Nueva Orleans, cuando su abuelo –el entonces presidente George Bush– lo presentó, junto a su hermano y hermana, como los “morenitos” (the little brown ones).
“Es algo que me encanta, esta piel morena”, me dijo con una sonrisa. “Tengo orgullo de mi color; no es algo ofensivo”.
Lo mejor de este país, sin duda, son las oportunidades económicas para todos; lo peor es el racismo. Y ni siquiera uno de los miembros de la familia política más poderosa de los Estados Unidos –la llamada dinastía Bush, según la revista Time– se ha librado de esto. Había oído de racismo contra los Sánchez y contra los Pérez y contra los Rodríguez. Nunca contra los Bush.
Yo creía que no iba a aprender nada de esta Convención Nacional Republicana. Pero me voy con una terrible lección; que el racismo en los Estados Unidos se sufre hasta en las mejores familias.