La experiencia de un viaje sublime

J. DAVILA Y CASTELLON

¿A quién no le gusta viajar? “A mí me fascina”, responderán individualmente muchos de nuestros lectores. Otros sostendrán que si no viajan se debe a problemas económicos o a factores psicológicos, como la fobia a viajar en avión, etc., pero por lo general a todos resulta agradable viajar.

Para Su Santidad Juan Pablo II el amor es un viaje sublime que vale la pena emprender. “Amar –nos dice el Papa– significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la imitación de Cristo: el que ama currit, volat, laetatur, corre, vuela, goza” (1. III, cap. V. 4).

Cuenta San Lucas que la Virgen María “corrió apresuradamente” a visitar a su prima Isabel, una anciana que estaba encinta y “se quedó cerca de tres meses con Isabel, y después volvió a su casa”. El viaje de María es un viaje de amor. Ella sabe que su prima la necesita y se pone en camino hacia “una ciudad de Judá en la región montañosa”. No cuenta las dificultades propias, toma en consideración la situación que atraviesa su pariente y pone manos a la obra. María acude a Santa Isabel en el momento preciso y apremiante. El amor a su prima la empuja hacia ella. El amor nos mueve hacia el otro, nos hace actuar. La Virgen no se queda estática al enterarse del embarazo de Isabel; como ama a su prima actúa a su favor, no se queda de brazos cruzados. Cuando no amamos, aún viendo la necesidad ajena, no hacemos nada por el prójimo.

Hablando siempre de la “tercera lámpara de santificación”, como llamaba Juan XXIII a la caridad, el Papa actual continúa explicando: “Amar a Dios es, por tanto, un viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje bellísimo. De muchacho, me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne (“Veinte mil leguas de viaje submarino”, “De la tierra a la luna”, “la vuelta al mundo en 80 días”, etc.). Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en la vida de los santos. Por ejemplo, San Vicente de Paúl, es un gigante de la caridad: amó a Dios más de lo que se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose a Dios, se firmaba: “Pedro, esclavo de los negros para siempre”, indica el Vicario de Cristo.

Nos parece oportuno detenernos un poco a estas alturas de la Catequesis del Papa Juan Pablo II sobre la virtud teologal de la caridad. Jamás el verdadero cristiano pierde de vista la doble dimensión del amor de caridad. Y de esto nos dan ejemplo los santos: “Quien ama a Dios, ame también a su hermano”, advertirá el apóstol San Juan. Precisamente han sido los hombres y mujeres que más han amado a Dios quienes más han amado a la vez a sus semejantes; lo son y lo serán siempre. Mejor dicho, por lo mismo que aman a Dios, aman también al hermano. La caridad no es otra cosa que la virtud sobrenatural por la cual amamos a Dios por El mismo, por ser el amor mismo y merecer ser amado y –esto es muy importante– al prójimo por amor a Dios. Los santos realizan grandes obras a favor de los demás porque exactamente su amor a sus semejantes es consecuencia o se deriva del inmenso amor que profesan a Dios. No hay que extrañarse de que grandes orantes o personas de oración profunda y prolongada sean muchas veces grandes realizadores de obras que sobrepasan la capacidad humana de una sola persona. Bastaría citar a Madre Tersa de Calcuta y al mismo Juan Pablo II, para destacar a dos figuras de nuestra historia contemporánea que han asombrado por sus hechos a la humanidad entera.

El Papa es un hombre realista y no engaña a nadie; por eso recuerda el aspecto crucificante del amor auténtico, del amor cristiano. “El viaje –advierte– comporta a veces sacrificios, pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz: ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor” (y cita a San Francisco de Sales).

El amor es un viaje sublime, puro, también un camino hacia la cruz.

El autor es profesor de teología  

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