- ¿Acaso no abrimos las puertas de par en par
y compartimos mesa y mantel con los miles
de refugiados que
buscaron abrigo cuando
el terremoto del 72?
Armando Zuñiga Gutiérrez
Uno nunca termina de saber qué tanto lleva escondido en el corazón la ciudad de donde venís. Son los amigos de antaño, los sabores, las calles y hasta el olor a berrinche del Cine González, y como una película sin butacas, ni palomitas, te ves agotando infancia entre trompo y bolitas, más tarde, de pantalones largos, planificando en cualquier esquina, la serenata para el corazoncito de turno y la retirada por si el potencial suegro salía a cuidar a sus pollitas. Cuántas veces tuvimos con guitarra y cantantes salir en presurosa huida, ante la furia de los papás que les habíamos quebrado una noche de sueño. Pero todo esto son anécdotas, y la tragedia de Masaya es mas que eso, he visto las caras de incertidumbre y desesperanza de su población que se suma a la problemática de incertidumbre y desasosiego que consume al país, esta sumatoria es peor que el sismo mismo; con un agravante, la población de Masaya no merece esto… todos estamos en deuda con ella, o acaso Masaya es sólo una referencia de historias “épicas”, insurrecciones, repliegues, agenda de políticos, cuna del folklore, madre de la artesanía, NO, el artesano tiene piel y manos, las necesidades son muchas y la “ayuda” es para convertir la piedra en rostro, y dar abrigo a los que antes apenas tenían. Acaso no abrimos las puertas de par en par y compartimos mesa y mantel con los miles de refugiados que buscaron abrigo cuando el terremoto del 72… acaso hay que estar recordando la sangre servida y los hijos ilustres que Masaya ha dado… todos somos sus hijos, los de adentro y los de afuera… el que tiene una hamaca o cualquier expresión de arte mas allá de nuestras fronteras, lo que está expuesto es Nicaragua, pues todos somos hijos de un mismo suelo… en nuestras manos está retribuir a Masaya lo que bien merece… Ustedes tienen la última palabra.
El autor es abogado, reside en Masaya.