- Hay personas que se creen buenas sin
serlo; y también hay personas que
hacen algo bueno sólo para sentirse
tranquilas, para no sentirse “parte
de los malos”, para
“no irse al infierno”
Ministerio Arquidiocesano de PredicaciónMadre de la Nueva Alianza
Ultimamente he andado inquieto con unas preguntas: ¿por qué las personas más “espirituales” o que dicen estar “más cerca de Dios” son las más insoportables en las relaciones humanas? ¿a qué se debe que quienes más proclamamos a Dios somos a veces los amigos menos leales y las personas que más “se admiran” de los errores de otros?
Unos ejemplos: muchas veces con pretextos de “respeto” a lo sagrado (templo, por ejemplo) o con ocasión de que una celebración “salga bien” faltamos a la dignidad de las personas. No estoy en contra del orden; estoy en contra de poco o mucho orden a costa de la dignidad y el respeto de los seres humanos. Otro ejemplo: “Oiga padre, yo no vengo a misa porque una persona que participa mucho aquí con ustedes me dijo que yo no tenía derecho a participar pues estaba en una vida de pecado; es más, ella no se junta conmigo porque yo no estoy casada por la iglesia; casi ni me habla”; este fue el comentario de una persona en una ocasión.
¿Quieren más ejemplos? Hay varios todavía por ahí pero creo que son suficientes. El asunto es serio. ¿Por qué se darán estas situaciones? Primeramente pienso que hemos olvidado que así como es sagrado Dios y por extensión lo que se relaciona con él, también es sagrada la persona —hombre y mujer. Hace unos días les mostraba a unas personas la Hostia Consagrada ¡El cuerpo de Cristo! Y les insistía que así como es sagrado el cuerpo de Cristo así es de sagrada la persona. Es tan serio creer en Dios como en la persona: es herejía no aceptar a Dios correctamente como lo es no incluir en nuestros comportamientos y planteamientos la dignidad de la persona. Es demasiado contradictorio que algunas personas con tal de guardar cierto orden en una celebración, algún respeto para “algo” sagrado atropellemos la dignidad —entendida correctamente— de la persona. Si es sagrada la palabra que se está proclamando lo es también la persona que lo está haciendo; si es consagrado el templo también lo es la comunidad de seres humanos que está ahí reunida (¡y más todavía!); si es sagrado un principio (mandamiento) porque está a favor de la vida también lo es la persona. Aclaro, no estoy en contra del orden; lo que sostengo es que no puede darse éste atropellando o menoscabando la dignidad de la persona.
En segundo lugar, enfrentamos otro problema: hay personas que se creen buenas sin serlo; y también hay personas que son buenas pero no con buenas intenciones. Hay personas que hacen algo bueno sólo para sentirse tranquilas, para no sentirse “parte de los malos”, para “no irse al infierno”, “para aunque sea no ser como ‘fulano’ o ‘fulana’ ”; otros son según eso, “buenos”, porque quieren sentirse parte de un sector “privilegiado”… ¿Quién es realmente bueno? Quien más se parezca a Dios, a Jesucristo ¿y cómo es Dios? Dios es cercano, misericordioso, perdona, se compromete con el caminar de su pueblo, ama, está favor de la justicia, siempre trabaja, etc. Me ha llamado la atención cómo algunos papás quieren que sus hijos se acerquen a confesarse para que después comulguen, en el fondo, no porque les interese que los muchachos sean amigos de Dios, sino porque quieren que las “amistades” hablen bien de ellos; otros ejemplos: cuando a algún sacerdote, religiosa o seminarista se les preguntaba que por qué se habían metido en estos quehaceres, la respuesta casi obligada es: “para salvarme” ¿no estamos ante una muestra de egoísmo? O aquello de que “trabaja mucho con la gente para que no tengas malos pensamientos” ¿no es usar a las personas para conseguir algo que nos angustia en vez de animarnos? Hay gente que piensa que ama a Dios porque no ama nada ni a nadie… Otro caso más ya que estamos en esto: Hay personas que reducen ser buenos a tomar “poses”: juntar las manitas, cerrar los ojitos…
En tercer lugar, hemos perdido de perspectiva quién es realmente bueno.. Bueno es quien se parece a Dios ¿cómo es Dios? ¿Cómo se comporta? ¿qué hizo Jesús? ¿qué criticó? ¿qué no le parecía? ¿qué sí? ¿cómo se relacionaba con la gente? ¿qué actitudes tenía? Hay cosas fundamentales que si alguien de nosotros hace un examen de conciencia se dará cuenta si es o no realmente bueno o buena. La misericordia, la justicia, la bondad, el perdón, caminar con la gente, la verdad, la buena intención, la honestidad, el amor, la esperanza, etc. Esto no le falta a Dios ¡tampoco le debe faltar a quien quiera vivir realmente una auténtica espiritualidad. Alguien será realmente bueno no cuando más quiera hundirse en una falsa oración porque no quiere angustiarse, ni siquiera enterarse de la realidad, sino cuando en su encuentro de oración con Dios lleve sus angustias, esperanzas, problemas, ¡hasta reclamos!… Alguien es bueno no sólo porque lo sienta sino porque realmente hace el bien… ama. Alguien es bueno no porque evita contaminarse con “los malos” sino porque con su ejemplo, su misericordia, su trato, etc. los anima a dejar de ser malos. Alguien es bueno no porque egoístamente piensa en “hacerse bueno” para sentirse más a gusto consigo mismo, sino sobre todo porque al darse cuenta que somos hermanos y vivimos y caminamos juntos, si vivimos en el amor y voy siendo bueno con y sólo con los demás; no usando a los demás. Alguien es bueno porque ama, porque es misericordioso, porque es leal, es amigo de Dios (no cliente, agente o vendedor), se interesa por la comunidad, se compromete con la justicia, el amor, el respeto… Urgen gentes realmente buenas, santas… no charlatanes de la bondad o de la santidad.