El bravo nuevo mundo de la vulgaridad

  • Mucho se exagera sobre la
    contaminación ambiental y el supuesto efecto invernadero, cuando en realidad sufrimos de una contaminación mucho más desagradable y dañina en la
    creciente falta de cortesía y desbocada vulgaridad que enfrentamos apenas
    salimos a la calle o cuando encendemos la televisión

Carlos Ball (AIPE)

MIAMI.- Mi hijo mayor me acaba de regalar para mi cumpleaños el último libro de Alistair Cooke (“Memories of the Great and the Good”). Cooke es un periodista inglés, a quien muchos lo recordarán como el presentador de la serie de televisión Mobil Masterpiece Theatre y confieso que por años he preferido la gasolina de Mobil en agradecimiento a cientos de horas de placentero entretenimiento.

Cooke se vino a vivir a Nueva York en 1937, pero parece un personaje de las novelas de P. G. Wodhouse, uno de los protagonistas reseñados en este libro de memorias y entrevistas. Siempre impecablemente vestido, de elegantes ademanes y clarísima enunciación, el autor pertenece a una generación en la que las diferencias de opinión no eran menos profundas que las actuales, pero cuando la gente parecía saber debatir públicamente con mayor altura y dignidad.

Mucho se exagera sobre la contaminación ambiental y el supuesto efecto invernadero, cuando en realidad sufrimos de una contaminación mucho más desagradable y dañina en la creciente falta de cortesía y desbocada vulgaridad que enfrentamos apenas salimos a la calle o cuando encendemos la televisión. Y ni hablemos de la prensa amarillista y de tantas revistas que parecen producidas para gente que no sabe o no le gusta leer, por muy atractivas que lucen sus portadas. A menudo, la alta calidad de la portada es indicativa de execrable contenido y, viceversa, una pobre portada suele indicar que se trata de una publicación editada para ser leída con detenimiento y deleite.

No, no es mi intención proponer una censura a lo que a mí no me gusta. Simplemente comento sobre la creciente ola de vulgaridad que surge de los más elevados círculos políticos, artísticos y publicitarios, magnificada por los medios de comunicación que parecieran empeñarse en alcanzar el más bajo denominador posible. Lamentablemente, hoy no se puede estar en un aeropuerto o en el salón de espera de un consultorio médico sin estar expuesto a un televisor encendido. Eso nos imposibilita concentrarnos en el libro que trajimos para no perder el tiempo en las largas esperas que nos ofrecen los aeropuertos estatales y la crecientemente socializada atención médica. Menciono esto porque los médicos estadounidenses tienen que dedicarle hoy en día más tiempo a llenar formularios del gobierno que a hablar con sus pacientes.

Cooke, de 92 años de edad, fue por 25 años corresponsal del Guardian, el principal vocero de la izquierda inglesa, equivalente en este país al New York Times. Y por 55 años ha presentado su programa semanal de la BBC de Londres, logrando así el récord mundial de longevidad en radiodifusión. Pero hasta en la BBC se notan cambios. La enunciación de sus presentadores de noticias sigue siendo buena, pero se ha perdido parte de la fina gracia que en el pasado los caracterizaba. No sabría decir si esto es intencional bajo el gobierno laborista, pero lo que sí sé es que el primer ministro Tony Blair hace lo imposible por esconder su acento “oxbridge”.

Una de las cosas que más me gustaron de estas crónicas de Cooke sobre las vidas de personajes tan diversos como Churchill, Scotty Reston, George Bernard Shaw, Gary Cooper, Frank Lloyd Wright, Duke Ellington, Eleanor Roosevelt, Barry Goldwater, etc., es que para nada nos cuenta de las hazañas u “orientación” sexual de los protagonistas. Es más, el autor declara que “en el último cuarto de siglo ha aumentado mi descontento y cansancio con las psicobiografías y pornobiografías”. Es cierto y, en los últimos tiempos, Hollywood y Bill Clinton han hecho lo posible por transformar nuestras percepciones sensuales en desagradable náusea. Por ello echamos de menos no sólo a inquilinos en la Casa Blanca que se merecían nuestro respeto, sino también a artistas como Cary Grant, cuyos modales, apariencia y enunciación nos deleitaban y complementaban perfectamente la trama, sin necesidad de desnudarse, gritar ni decir vulgaridades.

El lector quizás piense que con tantos ardientes temas actuales no se debe consumir papel prensa hablando de buena enunciación y modales. Pero es que sólo tenemos que ver y oír a Arafat o a Chávez para darnos cuenta de la inmensa importancia que en realidad eso tiene.

El autor es director de la agencia de prensa AIPE y académico asociado del Cato Institute.

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