- La frase de George Santayana de que “quienes carecen de memoria están condenados a repetir el
pasado”, es un lugar común, pero sin dudas que es la verdad
LUIS SANCHEZ [email protected]
El 11 de julio el liberalismo de Nicaragua celebró el aniversario (107) de la “revolución liberal” de 1893. En ese tiempo era Presidente de Nicaragua el médico leonés Roberto Sacasa, el último gobernante de los “30 años conservadores” (en realidad fueron 35, de 1858 a 1893). Sacasa había subido a la Presidencia el 6 de agosto de 1889, tras la muerte repentina del Presidente Evaristo Carazo, quien sólo cumplió dos años de su mandato de cuatro. Pero Sacasa no sólo terminó el mandato de Carazo, sino que se reeligió en 1891 a pesar que era prohibido por la Constitución (artículo 32).
De allí nacieron enconados malestares contra el Presidente Sacasa, a los que respondió con acciones represivas. El descontento aumentó hasta que en abril de 1893 estalló, en Granada, una revolución encabezada por los mismos conservadores y apoyada por los liberales. El 6 junio de ese mismo año, Sacasa fue obligado a entregar el poder a una junta gubernamental de cinco miembros, dos nombrados por él mismo y 3 representantes de la revolución triunfante.
Sin embargo los liberales querían todo el poder sólo para ellos y el 11 de julio se apoderaron del cuartel de León, organizaron otra junta de gobierno, encabezada por el general José Santos Zelaya y marcharon en armas sobre Managua, donde entraron triunfantes el 25 de julio después de derrotar a las tropas gubernamentales en Mateare y Cuesta del Plomo. El 30 de julio, representantes de la revolución y del gobierno firmaron un acuerdo de paz y el 15 de septiembre se celebraron elecciones a la Asamblea Constituyente, que tomó posesión inmediatamente y proclamó Presidente de la República al general Zelaya.
Pero el Presidente Sacasa no fue derrocado por mal gobernante. Por el contrario, era un buen Presidente y además un hombre de bien: educado en Francia, humanista, gozaba de amplias simpatías en todo el país. Honrado como todos los presidentes conservadores de los 35 años, Sacasa también era un laborioso infatigable: reparó casi todas las carreteras, organizó la policía urbana, estableció el tráfico de vapores en el Lago de Managua, inició la construcción de la Penitenciaría, etc.
El pecado mortal del Presidente Roberto Sacasa fue reelegirse, la misma maldición que ha causado casi todas las guerras civiles, golpes de Estado y crímenes políticos ocurridos en la historia de Nicaragua. En realidad, jamás hubo aquí ninguna calamidad política que fuera causada por la pobreza; todas fueron provocadas por el continuismo, la reelección, los fraudes electorales, las dictaduras familiares y militaristas, la imposición del bipartidismo, la corrupción gubernamental, la exclusión de la competencia política.
También por eso cayó Zelaya, en 1909. Igual que Roberto Sacasa, Zelaya se reeligió después que fue presidente provisional, a pesar que era prohibido. La Constitución de 1893, que era tan buena en el papel que la llamaron “libérrima”, fue violada ya en 1895 porque Zelaya quería actuar con plenos poderes, y en 1896 la reformó para controlar al Poder Judicial, suprimir la libertad de prensa e imponer la pena de muerte. En septiembre de 1898, Zelaya hizo suspender por decreto los artículos constitucionales (96 y 159) que prohibían la reelección presidencial.
De modo que “la daga roja” que degolló al gobierno liberal zelayista no fue el general Juan José Estrada, quien el 11 de octubre de 1909 se alzó en armas contra el gobierno, apoyado por los conservadores, sino la codicia de poder del mismo Zelaya. Su caída fue por suicidio, no por asesinato.
Igual le pasó después al gobierno liberal somocista y ahora otra vez es la misma historia: ignoran las enseñanzas históricas y repiten los mismos errores; quieren imponer el bipartidismo (esta vez libero-sandinista), impedir la competencia política, institucionalizar el cargo público como un premio y el Estado como botín.
Cuánta razón tenía Octavio Paz cuando dijo: “Nosotros no vivimos la historia, la padecemos como una catástrofe”.