El maquillaje de Cristhian

Cuando tenía 18 años, Cristhian Zúniga acompañó a una amiga a inscribirse en una academia de belleza, Bersy.

Los zapatos del eskimero

El bochorno que ha hecho en estos días no es que alegre a Antonio Ruiz. Cada cierto tiempo detiene el carro de Eskimo, jala el trapo rojo a cuadros que le cuelga del cuello como una bufanda corta y se lo restriega por la cara.

A punta de frutas

El saco rojo está repleto hasta la mitad. Maribel Baldizón calcula que ha pelado 150 mangos en el transcurso de la mañana y todavía no termina.

El platillo de doña Chila

Lucila Rodríguez tenía 15 años cuando vino a conocer la capital y la cambió por Santa Cruz, poblado que está entre Estelí y La Trinidad.

Palmear y voltear tortillas

Alrededor del fogón se concentra la vida en la casa de Ofilia del Carmen Martínez. Hacia las 11:00 de la mañana es quizá la única en el barrio Acahualinca que está echando tortillas en el fuego para los comensales de mediodía que no tardan en llegar por su bastimento.

Cortadora de vidrios

Cuando se fue de Nicaragua tras el “sueño americano”, Lilliam Roque no era artesana. Era una más de ese ejército de miles que abandona su país y emprende hacia el norte un viaje incierto, plagado de peligros, sostenido solo por la ilusión de mejorar su situación económica.

Jordan, la vida sobre patines

Es el mismo que patina en el Paseo Xolotlán y el parque Luis Alfonso. Sí, el mismo que se disfraza primero de Ironman y después de capitán América y pelea con El Soldado del Invierno.

La “Chela” del malecón

De lunes a jueves, Karla Loáisiga es ama de casa en Matagalpa. Cuida a su hija Angie, de 14 años, y se encarga de los quehaceres interminables. A partir del viernes, Karla y Angie, a veces también Gamaliel, su marido, viajan a Managua y desde temprano recorren la alameda del Puerto Salvador Allende. No andan de paseo, a pesar de las gafas de sol y del maquillaje.

El “caramanchel” legal de Vanessa

Debajo de un toldo verde, detrás de una mesa plegable diminuta y ante una máquina de escribir tan gastada que ha perdido la etiqueta de la marca, Vanessa Gómez Soto teclea sobre el papel sellado un poder legal que le solicitó una mujer sesentona

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