Karla Loaisiga se gana la vida fotografiando a los visitantes. Lleva diez años en este negocio familiar en el que también participan su esposo y su Angie. LA PRENSA/ A. MORALES

La “Chela” del malecón

De lunes a jueves, Karla Loáisiga es ama de casa en Matagalpa. Cuida a su hija Angie, de 14 años, y se encarga de los quehaceres interminables. A partir del viernes, Karla y Angie, a veces también Gamaliel, su marido, viajan a Managua y desde temprano recorren la alameda del Puerto Salvador Allende. No andan de paseo, a pesar de las gafas de sol y del maquillaje.

De lunes a jueves, Karla Loáisiga es ama de casa en Matagalpa. Cuida a su hija Angie, de 14 años, y se encarga de los quehaceres interminables. A partir del viernes, Karla y Angie, a veces también Gamaliel, su marido, viajan a Managua y desde temprano recorren la alameda del Puerto Salvador Allende. No andan de paseo, a pesar de las gafas de sol y del maquillaje. En el pecho les cuelga una cámara a cada una, y en el hombro cargan un bolso que fácilmente pesa unos seis kilos pero que no alcanza a desbalancearles el cuerpo. Ambas se reparten por los ranchos, saludan y preguntan con amabilidad si les gustaría tener un recuerdo de ese momento con la familia, la pareja o al grupo de amigos. De viernes a domingo Karla y Angie sacan fotografías instantáneas a los que visitan el Puerto Salvador Allende.

Todo empezó hace una década más o menos. Por una deuda bancaria, Karla y Gamaliel tuvieron que emigrar. Viajaron a Costa Rica donde su esposo tenía parientes. Iban dispuestos a trabajar en lo mismo que lo hacen miles de nicaragüenses: él en construcción, ella como empleada doméstica en alguna casa. Estando allá, un hermano de su esposo les ofrece la posibilidad de hacer fotos en parques y plazas, ellos van a unas fiestas patronales y miran que ese negocio se mueve, que en efecto, hay mucha gente haciéndose fotos instantáneas y pagándolas. No la pensaron tanto y se lanzaron al ruedo de la fotografía instantánea.

“Dinámicos”, es una palabra que pronuncia varias veces Karla, mientras cuenta sus inicios de fotógrafa. Es domingo, antes de mediodía en el malecón. Está sentada en la banca de uno de los ranchos de la alameda del Salvador Allende y viste camiseta y botas negras, bluyín ceñido y gafas con reflejos lila. Angie está a la par, con unas gafas de aro rojo. Ambas mascan chicle. Vinieron temprano porque calculan que habrá bastante movimiento. Sin querer, dice que le salieron unos clientes de Río Blanco. Era una familia que andaba paseando al papá enfermo y le pidieron ocho fotos. “Ya son cuatrocientos pesitos que no esperaba”, dice Karla. En medio de su blusa negra resalta una cadena dorada y en el centro una enorme letra K, la inicial de su nombre.

Ser dinámicos implicó visitar la plaza de la Cultura en San José, adonde llegan muchos niños que quieren hacerse fotos dándole de comer a las palomas. También los obligó a viajar a las fiestas patronales de algunos pueblos. La técnica era hacer fotos y después enseñársela al cliente y cobrársela. Nunca nadie la rechazó. Ayudaba que fuera mujer, dice. “Les gusta mucho hacerse foto en esos lados”, comenta Karla, aunque recuerda que como fotógrafos ambulantes tuvieron sus tropiezos en los primeros días.

“Callate, callate, me decía mi esposo, que sólo saqué al toro y no saqué al señor (…) la cosa es que él garantizaba que le pagaran de primero pero después venían los reclamos. Es que ni siquiera sabía tomar la foto, yo aprendí rápido”, dice sonriente esta mujer de labios rojos y pelo amarillo pintado, por lo que se ha ganado el apodo de “chela” en el malecón.

PRÓSPERO

Desde el comienzo les fue bien. Nunca se atrasaron en las cuotas con el banco. A los tres meses de estar en Costa Rica volvieron para comprarse unas máquinas que imprimían las fotos con mucha más calidad que las Polaroid. “Llegamos con esta maquinita”, dice refiriéndose al aparato que lleva en el bolso pesado con el que, según cuenta, arrasaron en el mercado de fotos ambulantes en Costa Rica.

Al año de estar allá, cuando habían cancelado su deuda con el banco, volvieron y montaron un comedor y un cyber café en el barrio Hugo Chávez. Invirtieron la mitad de lo que habían ahorrado. Las cosas no resultaron como esperaban y un día que fueron de paseo al malecón decidieron volver a la fotografía ambulante.

En ese tiempo habían unos treinta fotógrafos ambulantes. Nadie pagaba por sacar fotos a los visitantes. El único requisito para merodear esa zona con la cámara lista para disparar, era llegar los lunes a barrer. El que no llegaba, no lo dejaban trabajar los fines de semana. El resto de fotógrafos se encargaban de acusar y vigilar a los demás. Con la ampliación del paseo turístico, llegaron los cobros. Primero comenzaron cobrándoles 25 dólares. El arancel actual es de 50 dólares al mes por el derecho a sacar fotos en ese centro recreativo donde hay bares, ranchos, parques, juegos y eventos, y donde llegan cientos todos los días.

“Me gusta hacer fotos a las parejas enamoradas, a las que se derriten y se ponen todas amelcochadas”. Karla dice que algunas parejas le han pedido que les haga fotos desnudos en otra parte, pero ella rechaza la propuesta. Tampoco le gusta que los clientes se equivoquen por su trato amable y la enamoren, cuando algún necio le pide una foto ella rehúsa el trabajo.

En ocasiones no vienen al malecón y viajan a otras ciudades. “Vamos con mi marido a sacar fotos en las hípicas. Casualmente, él está hoy en Matiguás, es el único que saca fotos con caballos vivos”, dice orgullosa mientras Angie masca chicle y se sonríe.

2,000 Pesos pueden reunir en un día bueno de fotografías Karla y Angie, dos de las nueve fotógrafos ambulantes del paseo Salvador Allende. En un día malo se van con ochocientos, quinientos pesos.

PERSONAJES Y CABALLOS

Por las tardes Karla Loáisiga, que se gana la vida de manera informal, emplea a media docena de muchachos. Les paga cuarenta pesos por hora a cambio de ponerse trajes de diferentes personajes: Dora la Exploradora, Mickey Mouse y Minnie. Ahora está experimentando con los personajes de El Chavo y dice que ha sido un éxito, que les gusta a los niños pero también a los adultos. A veces también la contratan para eventos. La otra vertiente del negocio familiar, son las fotos a caballo “de verdad” que maneja su esposo en las hípicas de los pueblos y que los ha llevado a conocer gran parte del país. Ella sueña con instalarlo en el malecón. Para cualquier contacto el número de celular es 57298286

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COMENTARIOS

  1. Sarahi Rodríguez
    Hace 11 años

    Que linda amiga el reportaje Dios te ha bendecido con ese talento eres un ejemplo de mujer emprendedora mis respeto pra ti amiga Felicidades……..

  2. Carol
    Hace 11 años

    Shhhhhhhhhhh
    No hables de eso

  3. Ignacio Jara
    Hace 11 años

    Tal vez no es lo que ella esperaba pero de todo hay que hacer menos robar. Muchas gracias Karla yo tengo una foto de mi niño con mi señora tomada para un hípico y guardo con mucho cariño ese momento. Espero que le siga yendo bien en su labor como madre y como impulsadora.

  4. raul
    Hace 11 años

    eso esta muy bueno y muchas gracias senora a usted y su familia por hacer perdurar momentos felices a los que la rodean y que Dios los tengan en bien por siempre

  5. JInotegana
    Hace 11 años

    Paga impuestos?

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