Decenas de hombres de Ciudad Darío madrugan para viajar a distintos lugares del país a vender artículos al crédito. Por ese trabajo los conocen como semaneros. LA PRENSA/ O. NAVARRETE

El oficio de “semaneros”

¿No me vas a ayudar ahora?”, dice el vendedor de ojos chinos, cachetes rojos de sol y camisa anaranjada.

“¿No me vas a ayudar ahora?”, dice el vendedor de ojos chinos, cachetes rojos de sol y camisa anaranjada.

“Hasta la otra semana. Es que no tengo prima”, contesta la mujer delgada de camisola y pechos caídos que sostiene a un hermoso tierno de cuatro meses.

“¿Cuánto se tiene que dar?”, pregunta la mujer.

“No te da pesar ese muchacho, aquí donde lo ves no ha almorzado, hoy no le paga el patrón porque no hemos cobrado nada. Ayudale con esto”, insiste el vendedor mientras muestra una bolsa cuadrada a la altura del pecho. A la par está su acompañante, un hombre moreno de camiseta blanca que lleva un fajo de tarjetas en la mano y que está a punto de anotar un nombre y apellido en una de ellas.

“¿Para qué quiero yo eso?”, contesta la mujer como quien no quiere el artículo.

“Para que metás reales”, le dice astuto el vendedor.

Ella se carcajea. “¿Qué voy a organizar? Piedras son las que voy a meter”, se dice la mujer intentando resistir la tentación.

“Vos sabés que de diez en diez llena el buche la gallina”, contesta el vendedor al mismo tiempo que la mujer toma al fin la bolsa.

“¿Guadalupe qué?”, pregunta el moreno que ha estado viendo la escena.

“Jesús te ama, portate bien que nada te cuesta”, le dice el de ojos chinos y camisa anaranjada.

“Guadalupe Zamora”, dice ella sonriente.

Los hombres abandonan inmediatamente la casa y se incorporan de nuevo a la calle sin asfaltar de la Zona 11 en el municipio de Ciudad Sandino.

¿Quién no ha visto a esos hombres cargados de artículos como árboles de Navidad por las calles de su barrio o de su pueblo? El oficio de “semanero”, “liniero” o “corteros”, como les llaman, es uno de los trabajos callejeros e informales más extendidos por el país.

MUCHOS NOMBRES

Les dicen “semaneros” porque la mayoría de la gran variedad de artículos que venden al crédito (al doscientos por ciento más de lo que vale en los mercados), el pago se pacta a cuotas semanales, pero en la práctica pueden ser quincenales y hasta mensuales. Les dicen “linieros” porque en la jerga que solo ellos entienden, una línea equivale al rollo de tarjetas que se riega en una sola cuadra o en el mismo sector de un barrio. La línea representa unas 120 tarjetas, es decir unos 120 clientes que agarraron algún artículo al crédito. Y les dicen “corteros” porque anteriormente, hace varias décadas, eran los que iban vendiendo cortes (de tela) al crédito. En esta época, con opciones de vestuario barato, como la ropa usada o la nueva de regular calidad, la compra de tela pasó a la historia. Solo quedó el nombre entre la gente que aún confunde a un “liniero”, como se dicen entre ellos, con un cortero.

LAS ARTES DEL SEMANERO

“Después que te dice el nombre hay que salir rápido”, dice Byron Duarte, de 27 años, semanero desde hace poco tiempo.

Duarte, de fácil sonrisa, viste camiseta blanca, jeans y tenis, fue quien anotó el artículo que agarró la mujer en la casa anterior. En la mano derecha lleva un rollo de tarjetas de clientes a los que hoy, por las buenas o las malas, pondrán al día.

Duarte y su colega, Manuel Paredes Mendoza, el muchacho de ojos chinos, cachetes rojos de sol y camisa anaranjada, y otro hombre más, llegaron antes de las 9:00 de la mañana a este municipio cercano a la capital. En las manos y sobre los hombros traían cajas y bolsas cuadradas como la que acaban de dejarle a Guadalupe Zamora. Con esa carga salieron a eso de las cinco de la mañana de Ciudad Darío. Todavía en lo oscuro, corrieron para montarse en el bus de Terrabona que los dejó en el mercado Oriental y de allí trasbordaron a uno de los buses que va a Ciudad Sandino, donde tiene una buena clientela.

Es probable que estos tres padres de familia vayan mañana algún barrio de la capital, a León o a cualquier otro departamento. Los semaneros son hormigas que siguen un rol y con su carga a cuestas – decenas de artículos- como gitanos por recovecos inimaginables donde la condición básica es que haya una casa.

“CUNA” DE DARÍO Y DE “LINIEROS”

Ciudad Darío, a noventa kilómetros de la capital, está rodeada por un paisaje yermo. Lo que alguna vez fue una tierra fértil, ahora sólo es un campo de piedra y tierra dura. Darío es conocida por ser el lugar donde nació el poeta universal, Rubén Darío. La casa esquinera donde abrió los ojos el vate recibe visitantes en enero y febrero cuando se conmemora su nacimiento y su muerte. Después, poco se habla de este municipio y muy pocos saben que es también la cuna de los “linieros”.

Desde la década de los setenta, cuando la Carretera Panamericana dejó de pasar por el poblado, regar artículos al crédito por otros pueblos se convirtió en la principal fuente de empleo.

“Es que no hay nada más”, dice Carlos Urbina, empleado como liniero desde el 2008. Urbina recuerda que este es uno de los municipios más secos del país. “Después que salí de quinto año comencé a trabajar en esto”, dice Urbina arrimado a un árbol frente al hospital de Darío.

Se tapa la cabeza con una gorra, aún no amanece pero Urbina se prepara para las horas de sol y la prolongada caminata que lo esperan en la capital, por eso se sienta. En los buses se disputan los asientos. “Se hacen los dormidos” para no darle lugar a uno, comenta una mujer que también madrugó.

Además del cansancio, en este trabajo se expone a robos y golpes.

“Una vez me salió un hombre con un cuchillo. Otra vez me asustó un Gran Danés, por eso dejé de acercarm a las puertas”, dice Manuel Paredes.

En el año 2013, Catalina Escoto, quien entonces era alcaldesa de ese municipio, confesó que era la principal fuente de empleo. Habían 600 jefes de familia trabajando como linieros, según reconoció Escoto a las comunicadoras Lucila Treminio y Mirna Duarte, quienes elaboraron el documental La cuna de los linieros, para graduarse como comunicadoras sociales el año pasado en la Universidad Centroamericana, UCA.

Ese batallón de hombres es empleado por grandes distribuidoras, quienes les pagan el treinta por ciento de lo que cobran, según coinciden distintos semaneros consultados.

“No hay datos exactos sobre el número de distribuidoras en el país, cada dueño puede tener las que esté a su alcance. En el municipio se conocen dos apellidos importantes propietarios de líneas: Matamoros y Meza, seguido de los apellidos Mairena, Ríos, sin mencionar las pequeñas distribuidoras que están surgiendo”, según arroja la investigación de Lucila y Mirna.

SUAVE REVENTA

Casi todo lo que hay en la casa de Concepción Jarquín, de 44 años, ama de casa y habitante de la Zona 11 de Ciudad Sandino, se lo ha comprado a “semaneros”. Manuel Paredes la tiene catalogada como una de sus mejores clientes en este caserío que evoca más a una comunidad rural que a un barrio urbano.

“El (Manuel) pasó una vez, hace como tres años, golpeó la puerta y andaba ofreciendo cosas para cocina, manteles, yo le dije que a cómo era y él me dijo que era flexible el pago, con veinte pesos, cincuenta semanales, dependiendo como yo pudiera”, cuenta Concepción.

“Ya me dejó unas sábanas. Le dije que a cómo, a trescientos, me dijo, con cincuenta de prima y veinte pesos semanales”, explica Concepción quien desde entonces se acomodó y ha adquirido al menos cuatro juegos de sábanas, cobertores, sillas plásticas, trastos. Entre todo, lleva más de diez artículos. Ha “sacado” al crédito artículos no solo a Manuel sino a otros semaneros que pasan por la zona. Esa es casi una constante en muchas amas de casa que sacan varios productos a distintos semaneros.

Concepción dice que ha comparado los precios al crédito y al contado. “Tengo un barril que me dejó en cuatrocientos córdobas y en el Oriental, de un solo, vale 280”, dice la ama de casa pero en seguida reconoce que para ella es difícil reunir de “un solo” lo que vale el artículo al contado.

Mientras que al fiado, aparte que no le piden ningún requisito para dejárselo, muchas veces ella incumple las fechas de pago y no pasa nada. “A veces ni les doy”, confiesa pero se compromete a pagarle en la próxima quincena y poco a poco va saliendo.

“Hay clientes que se nos esconden y uno tiene que recuperar el artículo cuando no quieren pagar”, dice Manuel quien se considera a sí mismo un vendedor experto.

Manuel y Byron cuentan que a veces se cansan de este trabajo. No es para menos. Las caminatas son largas, a las horas peores horas de sol, y pesadas por la cantidad de artículos que se echan encima.

Aparte de la comisión que se ganan de acuerdo a lo que cobran, casi ninguno de ellos tiene seguridad social ni vacaciones. Manuel ha pensado en dedicarse a la tapicería, oficio que aprendió con un señor en Darío, y que no tiene mucha competencia. Mientras que Byron ha pensado en retomar sus estudios. “No quiero quedarme en esto”, dice Manuel mientras se sienta debajo de la sombra de un laurel de la india y se bebe unos tragos de un botellón de Coca Cola que comparte con sus colegas.

“¿Qué llevás allí?”, le pregunta una anciana de ojos claros.

“¿Me va a comprar?, barato para usted, mama”, contesta rápido el muchacho de ojos chinos, cachetes rojos y camisa anaranjada que al pie de cada puerta reanuda su arte de vendedor.

GENERACIONES DE SEMANEROS

Lucila Treminio, una de las autoras del documental La cuna de los linieros, con el que se graduó en la Universidad Centroamericana, dice que este trabajo ambulante es la principal fuente de empleo de los hombres de ciudad Darío. Según Treminio hay varias generaciones de hombres que se han dedicado a ello. Con el tiempo algunos se cansan y desertan, pero luego vuelven porque la agricultura está deprimida totalmente en esa ciudad que está a noventa kilómetros de la capital. La otra opción económica son las ladrilleras pero hasta esa actividad ha ido cayendo con el paso de los años. Una característica es que, por lo general, son hombres los que trabajan en esto porque hay que tener fuerza y resistencia para cargar una gran cantidad de artículos.

INTENTO DE HUELGA Y MUERTES

Hace un par de años, los semaneros protagonizaron una huelga cuando los buseros intentaron aumentarles al costo del pasaje, pasarlo de 30 a 38 córdobas. Los linieros se plantaron y lograron el retroceso de la medida.

Aunque la plaza principal es Managua, los semaneros van por todo el país, incluso viajan a otros países como Honduras, donde han sufrido robos y han sido asesinados. Lucila Treminio, originaria de Ciudad Darío, recuerda el caso de dos muchachos que fueron asesinados en Honduras. Permanentemente están expuestos que los clientes los estafen cuando se van de las casas y dejan de pagar los artículos. Cuando son montos menores de 2,000 pesos la pérdida la asume el propietario de la distribuidora, pero cuando se trata de un producto superior a los siete mil pesos de crédito, se lo deducen a la ganancia del semanero, según explica ErickTreminio, supervisora de una ditstribuidora.

«Muchas distribuidoras trabajan con encargos, hay electrodomésticos y productos que solo van a dejarse. Solo se entrega mientras que cuando ese producto va a venderse se dilata más con el cliente”. Carlos Urbina, liniero de Ciudad Darío.

300

y en ocasiones 200 por ciento es el sobreprecio de los artículos. Muchos de sus clientes los pagan a lo largo de varios meses, a veces hasta en un año, el sistema es bastante flexible, según explican clientes y compradores.

 

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COMENTARIOS

  1. Jeannette Tellez Jarquin
    Hace 11 años

    Los que trabajan como linieros van a cuenta y riesgos de ellos, lo otro que es trabajo de subsistencia y los que le proveen los artículos no pagan impuestos , siendo una competencia desleal para aquellas tiendas que si los pagan.-

  2. Hector
    Hace 11 años

    Quede traumado de los trabajos en Nicaragua que no regrese NUNCA
    Vendi radio,planchas,bajias,platos etc ambulante para una distribuidora de las Palmas
    Nos metian en un microbus y nos trasnportaban a diferentes barrios de Managua, me parecia fascinante por que no concia Managua
    Desanimado cada dia un dia NO me pago una venta el patron– la desmoralizacion fue tan grande que renuncie–El trabajito no me hiso falta ni una grisma

  3. Gator56
    Hace 11 años

    En los anos 70 trabaje con una compania que daba discos al credito y otra que daba jeans se ganaba muy bien,eran otros tiempos por supuestos, lastima que la inseruccion y la guerra que vino despues hecho a perder estos negocios.

  4. INDIO PAN DE ROSA
    Hace 11 años

    Recuerdo de mis primeros a-nos de vida este trabajo lo hacian personas de origen arabe,que cargaban telas en sus hombros y llevaban varias tarjetas de control de cobro para los clientes.

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