Según el diccionario, odioso en el sentido de derecho es algo que “contraría los designios o las presunciones que las leyes favorecen”. Se refiere obviamente a las normas jurídicas, pero también y, sobre todo, a las leyes morales.
De manera que es válido decir que el lenguaje de odio es odioso, porque se trata de una forma de comunicación social contraria a las presunciones favorecidas por las leyes; que además ofende las normas morales básicas de las relaciones humanas.
Una característica de las sociedades políticamente polarizadas es precisamente que predomina en ellas un lenguaje de odio entre los adversarios e inclusive en el trato anónimo, a personas a las cuales ni siquiera se les conoce.
El lenguaje de odio va más allá de la fea costumbre de exagerar, de abusar de los superlativos y los adjetivos, de mentir y decir medias verdades, de manipular la verdad objetiva y darle a las palabras sentidos que no les corresponden.
Pero sobre todo el lenguaje de odio es propio —y hasta se podría decir que oficializado— de los regímenes neototalitarios, en los cuales se trata a los opositores, críticos y disidentes como enemigos a quienes hay que exterminar cuando menos moralmente. De manera que se les destierra y desnacionaliza, se les deshumaniza y se les trata verbalmente como animales aborrecibles, como si fueran una escoria que no merece ni siquiera vivir.
Para ser objetivos —aunque algunos digan que en el periodismo no existe la objetividad— no solo los que detentan el poder usan el lenguaje de odio contra sus adversarios. También en el bando opositor se recurre con frecuencia al lenguaje de odio para atacar al régimen y animalizar a sus titulares y partidarios.
Obviamente, el lenguaje de odio no se usa solo en la política sino también en el ámbito de lo social y cultural, particularmente contra los grupos minoritarios de cualquier clase.
Tan grave es el problema del lenguaje de odio que el secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, hizo hace algunos años un llamado a la comunidad internacional para encararlo y tratar de erradicarlo como la mala hierba de la comunicación social y humana que es.
Guterres definió el lenguaje o discurso de odio como cualquier tipo de comunicación oral o escrita que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio para referirse a personas, basándose en su opción política, religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad.
El 18 de junio de 2019 Guterres presentó una Estrategia y Plan de Acción para la Lucha contra el Discurso de Odio. Dos años después, la ONU instituyó en esa fecha “una jornada anual para contrarrestar ese peligroso lenguaje que puede ser predecesor de crímenes atroces”. Y que de hecho precede en muchas ocasiones crímenes atroces, políticos y sociales.
Pero es muy poco lo que se ha avanzado desde entonces en ese buen propósito, porque se trata de algo que está muy arraigado y la persistencia de la polarización política, ideológica y cultural es un caldo de cultivo permanente del lenguaje de odio.
No obstante hay que persistir. Y las personas que son democráticas o dicen luchar por la democracia, deberían predicar con el ejemplo absteniéndose de caer en el degradante juego de la odiosidad en el lenguaje y el debate político con el adversario y entre ellos mismos.
El Che Guevara dijo que el odio es una poderosísima arma revolucionaria. Seguramente lo es, pero no puede ser jamás un recurso de la lucha democrática.