En 2010, la crisis de la deuda soberana griega sacudió los mercados financieros mundiales. Ahora, Francia amenaza con provocar una crisis similar, pero a mayor escala. No solo su ratio de deuda pública respecto al PIB se acerca al de Grecia en vísperas de su crisis, sino que el sistema político francés parece reacio o incapaz de abordar el enorme déficit fiscal del país.
Existen motivos suficientes para temer que una crisis de deuda soberana francesa tenga repercusiones globales. Francia es la segunda economía más grande de la Unión Europea, con una deuda muchas veces superior a la que tenía Grecia en 2010. Además, los problemas de deuda de Francia se agravan en un momento en que los rendimientos de los bonos en Estados Unidos, Japón y el Reino Unido han alcanzado máximos de varias décadas.
La deuda pública francesa no solo se ha disparado, pasando de poco más del 80 por ciento del PIB en 2010 al 119 por ciento actual, sino que los déficits presupuestarios, que alcanzan el 5 por ciento del PIB, siguen agravando el problema. Peor aún, mantenerse en esta trayectoria insostenible se ha vuelto aún más costoso ahora que el rendimiento de los bonos del Estado franceses a diez años se ha disparado hasta el 4.81 por ciento. Con una economía esclerótica, golpeada por una crisis energética y tipos de interés más altos —y que oficialmente se prevé que crezca menos del 1 por ciento el próximo año—, Francia no puede aspirar a salir de su problema de deuda mediante el crecimiento económico.
Hasta la fecha, Francia ha mostrado escasa voluntad política para consolidar su presupuesto y recortar el gasto público, que actualmente asciende a un asombroso 58 por ciento del PIB. En los últimos cinco años, el gobierno del presidente francés Emmanuel Macron ha tenido seis primeros ministros, ninguno de los cuales ha logrado reducir el déficit presupuestario de manera significativa. Los objetivos de reducción del déficit se han suavizado repetidamente, los recortes de gasto y las reformas de pensiones previstos se han diluido, y los ahorros prometidos no han alcanzado las previsiones iniciales. La Asamblea Nacional está tan polarizada que lograr un consenso sobre cómo alcanzar la sostenibilidad de la deuda sigue siendo una meta inalcanzable.
Con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina en abril, es poco probable que se logre una consolidación presupuestaria. Todos los candidatos tienen incentivos para hacer grandes promesas de campaña, en lugar de presentar al electorado decisiones económicas difíciles. Además, no está nada claro que el sucesor de Macron sea capaz de impulsar las reformas económicas que la situación exige. Para ello, el próximo presidente necesitaría obtener una mayoría parlamentaria en la Asamblea Nacional, cuyas elecciones podrían celebrarse varias semanas después de las presidenciales.
Aunque Francia tuviera la voluntad política de abordar su problema de deuda pública, hacerlo dentro del marco del euro no sería fácil. Francia no puede ni depreciar su moneda ni recortar los tipos de interés para contrarrestar el efecto contractivo de la austeridad. Por lo tanto, sanear sus finanzas públicas conlleva una alta probabilidad de recesión (sobre todo dada la actual debilidad de la economía); y una recesión, a su vez, limitaría los beneficios potenciales de la austeridad, al requerir un aumento del gasto social junto con una reducción de los ingresos públicos.
Los mercados parecen haber tomado nota de las finanzas públicas insostenibles y la disfunción política de Francia. El diferencial entre los tipos de interés a largo plazo de Francia y Alemania ha aumentado a 119 puntos básicos, su nivel más alto desde la crisis de deuda soberana de 2010. El riesgo ahora es de un círculo vicioso, donde el creciente endeudamiento del gobierno francés y el aumento de los costes de financiación se retroalimentan mutuamente.
La buena noticia es que el Banco Central Europeo está mejor preparado que en 2010 para apoyar a un Estado miembro de la eurozona que se enfrenta a presiones del mercado. Su Instrumento de Protección de la Transmisión, por ejemplo, le permite comprar cantidades ilimitadas de bonos gubernamentales de un Estado miembro en el mercado secundario, siempre que el país cuente con un programa de ajuste económico creíble.
Pero Francia cometería un grave error si dependiera demasiado de la red de seguridad del BCE. Dado el auge del partido nacionalista de derecha Alternativa para Alemania (AfD), probablemente habría poco o ningún apoyo público alemán a otro rescate orquestado por el BCE a un vecino fiscalmente irresponsable.
Aunque la creciente deuda de Francia no provoque la ruptura del euro, una nueva crisis para la moneda común y tensiones entre las dos mayores economías de la UE es lo último que necesitan ahora mismo la economía mundial y los mercados financieros.
El autor es investigador sénior del American Enterprise Institute, exsubdirector del Departamento de Desarrollo y Revisión de Políticas del Fondo Monetario Internacional y ex estratega económico jefe de mercados emergentes en Salomon Smith Barney.
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