Cambiar el rumbo de la nación

Los dictadores sandinistas de la familia Ortega Murillo han avanzado de forma profunda y sólida en la imposición de un modelo híbrido chino-norcoreano en Nicaragua, el que recoge la vigilancia y represión social de ambos modelos referentes, el modelo económico de gestión empresarial y propiedad privada controlada y vigilada de la China comunista y, la imposición dinástica familiar de la Norcorea de los Yong-Un.

Para el régimen, tales avances en sus planes son sencillamente irreversibles y, por consiguiente, innegociables. Dar marcha atrás implicaría finiquitar el dominio familiar absoluto, perder el control total de la nación, así como el fin de la continuidad en la corrupción familiar rampante y la no rendición de cuentas por cuanto crimen han perpetrado; por otro lado, también implicaría el fin de poder evadir el castigo que la justicia impondría sobre ellos y sus cómplices allegados y testaferros.

Esto no es un escenario, son hechos fácticos visibles y comprobables, así registrados por serios, profesionales y destacados informes de investigación, pero también por una vasta cantidad de víctimas.

Entre todos esos elementos, si los dictadores por casualidad diesen el paso para la exploración de un acercamiento dirigido a una probable negociación, sin temor a equivocarme, el requisito sine qua non exigido sería la protección total de los Ortega Murillo y algunos de sus más cercanos cómplices para no enfrentar la justicia y gozar de una amnistía por medio de la cual evadan la justicia por los diferentes crímenes que han cometido, desde los económicos resultantes de la corrupción y el tráfico de influencias, hasta los asesinatos y desapariciones forzadas de centenares de nicaragüenses.

Desde mi opinión, aceptar tales condicionamientos y proporcionarles semejantes garantías en dichas demandas sería enterrar un puñal en la espalda de todas las madres y padres de familia cuyos hijos fueron cobardemente asesinados en la rebelión popular de abril del 2018. Igualmente, sería una vil y asquerosa burla con el valiente pueblo nicaragüense que por centenares de miles salieron pacíficamente a manifestarse en las calles; por otro lado, implicaría continuar con el ciclo histórico de muertes y corrupción que al no haber sido castigado en su debido momento tales flagelos han continuado sobre nuestra sociedad provocando esos enormes vacíos de institucionalidad que son los que cíclicamente nos terminan arrojando a los brazos de una nueva dinastía, una nueva dictadura y con ellos, nuevos actos de corrupción y muerte sin castigo.

Intentar resolver la crisis política de Nicaragua obviando nuevamente la aplicación de justicia, verdad y no repetición sería simplemente pactar con el diablo y, cobardemente, hacerse de la vista gorda ante los comprobados crímenes y con ello, condenar el futuro del país al nacimiento y establecimiento de nuevas dictaduras y regímenes autoritarios.

Cambiar el rumbo de la nación corresponde a no permitir que las pretensiones previamente reseñadas se impongan; implica que, no por intransigencia de nuestra parte como quisieran algunos detractores señalarnos, sino que por un genuino esfuerzo por construir la Nicaragua que nos merecemos, libre, próspera, con inviolables derechos individuales y colectivos, es que es indispensable no caer en la tentación de inverosímiles pretensiones y así de una vez, terminar con ese ciclo que solo dolor, atraso y miseria ha dejado para no solo los nicaragüenses, sino que inclusive para nuestros hermanos pueblos centroamericanos.

El Plan Nicaragua, transición Ordenada desde la Dictadura hacia la Democracia es exactamente eso, una articulación moral y decente, profesionalmente elaborada, para no permitir la continuidad de la impunidad, castigar jurídicamente a quienes sean responsables y, finalmente, poder establecer las bases firmes e irreversibles para una auténtica nación libre, participativa y próspera que jamás vuelva a atravesar por el flagelo dictatorial o de un nuevo dominio familiar, pero también, es la vía soberana por medio de la cual contribuir y armonizarnos con los demás países del hemisferio en la lucha por la defensa y protección de la seguridad democrática de nuestras naciones, así como en la frontal lucha contra el crimen organizado que igualmente, tanta muerte y corrupción ha dejado esparcida a lo largo y ancho de nuestras naciones.

El autor es exiliado político; presidente de Liberales Nicaragua, excandidato liberal a alcalde de Managua, exconcejal y exdiputado liberal.

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