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Los poemarios de Adela Najarro, una poeta estadounidense de padres de nicaragüenses, están escritos en inglés y en español. Más en inglés, pero tienen bastante en español.
A algunos lectores que hablan solamente inglés no les gusta encontrar palabras en español porque dicen que no las entienden. A otros que solo hablan en español les parece que Najarro está “arruinando el idioma”.
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Najarro lucha contra esas dos posiciones porque, para ella, en el mundo existe la gente multicultural. Como ella, que nació en California, Estados Unidos, pero pudo nacer en Nicaragua también, porque su padre y su madre son de Managua.
Cuando tuvo la edad para decidir qué quería hacer en la vida, ya sabía que lo suyo era la poesía, desde que encontró un libro de Federico García Lorca que era de su madre, y luego escuchó a un tío declamando poemas en una reunión familiar y todos le aplaudieron.

Sin embargo, antes tuvo que descubrir quién era ella y se dio cuenta de que tenía mucho de nicaragüense, por los relatos de sus abuelas, especialmente de la abuelita Adela, quien falleció con 99 años y siempre cocinaba comida nicaragüense y no olvidó nunca las costumbres de su tierra, aunque llegó a Estados Unidos en la década de 1940.
En su poemario más reciente, de cinco que ha publicado, Variations in Blue (Variaciones en Azul), una tercera parte de los poemas hablan de volcanes, porque Najarro creció escuchando que Nicaragua es una tierra de volcanes.
Por Variations in Blue, un título que Adela Najarro escogió pensando en obra cumbre de Rubén Darío, ella recibirá en este mes de septiembre de 2026 el American Book Award, un premio nacional otorgado por la Before Columbus Foundation.
La madre y las abuelas
A Adela Najarro le parece increíble la historia de su madre, que se llama Juana Ouellette porque carga con el apellido de casada.
Las dos abuelas, tanto la paterna, Aminta Rodríguez, como la materna, Adela Zúñiga, llegaron desde Managua a Estados Unidos en la década de 1940. Llegaron por separado, pero ambas iban buscando mejores oportunidades para ellas y para sus hijos, a quienes habían dejado en Nicaragua.
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En el caso de Adela Zúñiga, ella se fue llevando a sus ocho hijos uno por uno a Estados Unidos. En una ocasión, envió un boleto para una de sus hijas mayores, Tere, pero esta última estaba enamorada del que luego sería su esposo. Entonces, le cedió el boleto a Juana, la madre de Adela Najarro.
Hablando después con su madre, Adela Najarro supo que en Nicaragua no había oportunidades para su progenitora, tal vez solo casarse y ella no quería quedarse como ama de casa.

“Mi mamá era una mujer con mucha ambición y muy inteligente. Entonces ella dijo: ‘Ay no, yo me voy a salir de aquí, yo voy a los Estados Unidos a hacerme una vida. El sueño americano. Entonces vino aquí y una escuela de hacer pelo (un salón de belleza), una escuela de belleza y abrió muchos negocios hasta que se hizo instructora de escuelas de belleza y terminó en el gobierno (de California) dando el examen para la gente que querían hacer pelo. Ella trabajaba para el gobierno de California a dar esos exámenes”, cuenta Adela Najarro, cuya madre trabajó en la Junta Estatal de Cosmetología de California.
Gracias a que en San Francisco había una fuerte comunidad nicaragüense, unos cinco años después de que Juana llegó a California, con más de 20 años de edad, conoció a Salvador Najarro, quien había llegado antes a Estados Unidos, con 12 años. Tuvieron dos hijos: Salvador y Adela, quien nació en San Francisco en 1962. Los padres se separaron, por lo que Adela vivió algunas veces en el sur de California, con su madre, y otras en el norte, con su padre, lo cual ayudó a Adela Najarro a estar conectada con sus dos familias nicaragüenses.
Un mes en Nicaragua
Adela tenía 14 años cuando viajó a Nicaragua y estuvo un mes completo en el país de sus padres. Fue en 1976, pero no recuerda las ruinas de Managua tras el terremoto de 1972 porque sus familiares solo la llevaron a las zonas que estaban reconstruidas o no resultaron dañadas.
“Me encantó y nunca se me han olvidado todas las memorias que tengo de ese mes. Yo iba solamente donde mi familia me llevaba porque tenía 14 años y no me enseñaron las partes que no estaban reconstruidas. Donde fui parecía un barrio de gente de clase media. Fuimos al mercado, fuimos a visitar la familia en León, a unos primos. Fuimos a Poneloya, porque mi mamá siempre contaba que nadaba en Poneloya. A mí me encantó el país, era lindo. Me encantaría regresar, pero nunca he podido hacerlo”, asegura Adela Najarro.
Después de 1979, cuando llegaron los sandinistas al poder, no quedó nadie de las dos familias de Adela Najarro en Nicaragua. Ella cree que todavía tiene familiares viviendo en Nicaragua, pero no sabe de ellos.

Una cosa que no olvida de su viaje a Nicaragua es que todos le decían: “Eres americana”. Eso le chocaba a ella porque se decía a sí misma: “¿Qué estás diciendo? Pude haber nacido aquí en Managua?”
En Estados Unidos le pasa casi lo mismo. Cuando habla, le preguntan: “¿De dónde eres?”, porque le encuentran un acento que no es nativo de Estados Unidos.
Adela Najarro se siente identificada con una frase que usan otros latinos residiendo en Estados Unidos: “No soy de aquí ni de allá”.
Doctora en literatura
Adela Najarro tiene un doctorado en literatura y su historia con las letras empezó desde que era una niña y la ponían a leer. Le gustaba tanto la lectura que a veces tuvo que pagar multas en las bibliotecas porque no regresaba a los libros a tiempo.
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Cuando le tocó hacer su tesis para el doctorado, la escribió en inglés, pero en el departamento de español de la universidad le dijeron que estaba bien escrita, pero que tenía la estructura del español y no la gramática del inglés. Ella cree que se debe a que desde niña le enseñaron el español y fue hasta en la escuela que aprendió el inglés.
Cuando salió de la universidad, fue maestra durante 13 años. Pero, luego, tras un primer matrimonio traumático, Adela Najarro quiso cambiar de vida. Y desde entonces se dedica a la poesía. Hasta entró a trabajar como catedrática en una universidad para estar más cerca del mundo literario.

En Estados Unidos, dice ella, se lee bastante poesía, pero le impresionó cuando se enteró que en Nicaragua hay una ciudad que lleva el nombre de Rubén Darío, algo que no ocurre en Estados Unidos, pues no conoce una ciudad que lleve el nombre de un poeta.
También se sorprendió cuando leyó un libro de poemas nicaragüenses escritos por campesinos y descubrió que eran producto de los talleres de poesía que Ernesto Cardenal impulsó en la década de 1980, cuando fue ministro de Cultura. A Adela Najarro eso le pareció “bonito”.
Su poema favorito es Eco. Le gusta la forma en que las palabras se responden y producen un eco dentro del propio poema.
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Ha leído bastante a Rubén Darío y uno de los poemas que más le encanta es Eco y yo, en el que Darío hace rimar palabras al final de cada verso, dando la sensación de que hay un eco.
Actualmente, Adela Najarro renunció a todo tipo de empleo y está dedicada de lleno a escribir poesías. En octubre próximo recibirá el premio por Variations in Blue.
Sin embargo, está también escribiendo una novela que se desarrolla en la ciudad de Bluefields, en el año 1900. Trata de una mujer que se llama Gigi y es dueña de un hotel.
La fantasía es que Gigi es ayudada a sostener el hotel por tres divinidades: la Virgen de Guadalupe; la diosa azteca Tonantzin y la maya Ixchel. Como no conoce Nicaragua, ella solo puede imaginarse al país a través de los relatos que les escuchado a sus familiares.
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