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La cantante soprano Gabriella Reyes todavía recuerda cuando tenía 12 años, en 2004, y sus padres la llevaron a Nagarote a tomarse una sopa mientras la temperatura estaba a 38 grados Celsius.
Fue la primera y única vez que ella visitó Nicaragua. Ella es estadounidense y se crio en Connecticut, un lugar donde en invierno cae mucha nieve, aunque en verano hace un calor húmedo.
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Sin embargo, sus padres, Danelia y Javier Reyes, son nicaragüenses. Ellos salieron de Nicaragua en 1982 porque fueron enviados a México como misioneros de una iglesia pentecostal, pero también empujados por la situación política del país en ese momento.

Según The New York Times, Gabriella Reyes tiene una voz “radiante” y en 2025 fue elegida como medalla de excelencia por la Sphinx Organization (Organización Esfinge), una institución que pretende transformar vidas a través de la música clásica. “Ese premio va a un latino o afroamericano que ha tenido mucho éxito en su carrera de arte, o pueden ser compositores, cantantes o que toca un instrumento. Y viene con un premio de 50 mil dólares”, explica Gabriella.
La soprano se siente tan nicaragüense como estadounidense y, en 2023, cuando interpretó el papel de Rosalba, en una nueva producción de Florencia en el Amazonas del director Daniel Catán, se alegró mucho con la escogencia de Sheynnis Palacios como Miss Universo. “Hay otra nicaragüense triunfando”, escribió la revista People en ese año, refiriéndose a Gabriella Reyes.
“Cuando ganó Sheynnis, yo quería salir con la bandera (de Nicaragua) a dar un saludo (en el escenario). Yo tenía todo, lo imprimí, para ponerme la bandera en el pecho, pero bueno, no me dejaron salir con la bandera. Pero yo estaba tan orgullosa y tan feliz ese día”, cuenta la soprano.
Gabriella Reyes ha viajado por muchos lugares del mundo como soprano, pero a Nicaragua no ha podido regresar. Desea hacerlo. Le encantaría conocer a Sheynnis Palacios y cantar con los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy. La única vez que estuvo en Nicaragua, recuerda que sus padres también la llevaron a la Casa de los Mejía Godoy.
Influencia de la abuelita materna
Los padres de Gabriella Reyes pasaron de México a Guatemala, donde les nació una primera hija, y luego volaron a Los Ángeles, Estados Unidos, siempre trabajando como misioneros, pero también en otras labores para ganar el sustento de la familia. La madre, por ejemplo, trabajaba en la fabricación de partes de computadoras, como tarjetas madres.
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Como había familiares en Connecticut, se trasladaron a este Estado “en bus”. “Atravesaron todo el país”, dice Gabriella, y ahí se sentaron. Ahí nació una segunda hermana de Gabriella y luego ella misma, en 1992.
Como los padres trabajaban bastante, a Gabriella y sus hermanas las cuidaba la abuelita materna, Vilma Mendieta.

La señora se mantenía escuchando transmisiones de opera en la radio y, cuando salía la voz de Plácido Domingo, Vilma Mendieta se ponía a “hacer dúo” con el cantante soprano. Gabriella le escuchaba la voz linda a su abuela, quien nunca tuvo carrera de cantante, pero sí deslumbraba a todos en la iglesia.
Escuchando a su abuela, Gabriella Reyes se enamoró de la opera y, afortunadamente, cuenta ella, sus padres nunca se opusieron a esa inclinación musical. Le permitieron que no estudiara ninguna carrera académica y se fuera a un conservatorio en Boston a estudiar opera. Desde que estaba en el colegio, Gabriella había aprendido a tocar saxofón y la tuba.
Luego, poco antes de la pandemia del covid-19, estudió en la Metropolitan Opera, conocida popularmente como el Met, la compañía de ópera más grande de los Estados Unidos, y, cuando hizo su debut, en el escenario estaba también Plácido Domingo.
“Mi abuelita pudo escucharme en la radio cantar con Plácido y fue un momento que era como cerrar un círculo completo. Mi abuelita me enseñó este arte, ella cantando con Plácido en la radio, en su cocina, y luego tuvo el chance de escucharme a mí cantar en el escenario con él en la radio. Fue algo muy lindo”, indica Gabriella.
La soprano habla muy buen español porque dice que sus padres desde pequeña la obligaron a hablar el idioma y también a aprender sobre la cultura nicaragüense. El papá le ha enseñado a bailar folclore, aunque con poco éxito, dice ella entre risas. Creció comiendo nacatamal y el gallopinto ella misma se lo prepara.

Una voz que llena todo el escenario
La voz de Gabriella Reyes puede llenar todo el espacio de un teatro, explica ella misma. “No soy una cantante pequeñita, mi voz puede llenar el espacio y he entrenado mucho para tener una técnica fuerte y sólida”, expresa.
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Ella cree que las buenas críticas que ha recibido de expertos, y de medios de comunicación prestigios, se deben a que han visto que ella se entrega completamente a la historia que se cuenta en la obra de opera que se interpreta.

“Mi arte es contar historias. Me encanta la actuación, la interpretación, me encanta tomar las palabras que están escritas 200 años atrás, y más, y darle vida a esas palabras, a esa historia. La última obra que hice fue El último sueño de Diego y Frida, que yo canté la Catrina. Yo me transformé completamente y usé mi voz en una manera que le sirvió a la historia. Aunque han escrito que mi voz es bella, y es que es bella, no me gusta enfocarme en la belleza de la voz. Me enfoco más en cómo puedo utilizar mi voz para contar esta historia. Entonces, si tengo que sacrificar un poco de belleza, pero para la emoción, eso es lo que me importa”, explica Gabriela.
El trabajo de Gabriella Reyes se parece mucho al teatro, aunque lo que prima es el canto. “Llevo disfraz, un traje, el escenario, todo es contar una historia”, enfatiza.

Un regreso a Nicaragua
Le hace falta a Gabriella Reyes conectar más con Nicaragua, dice. En 2004, visitó Granada y el volcán Masaya. También Corinto, ciudad de donde es su padre. La madre es de Managua.
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Sin embargo, los recuerdos ya son algo lejanos.
Próximamente, estará dando un concierto en Miami, Florida, y quiere invitar a Sheynnis Palacios y a los Mejía Godoy, pero no los conoce. También desea que todo nicaragüense que pueda ir, vaya. Está deseosa de conectar más porque ella se siente “muy nicaragüense”, asegura.