La estilista Christian Pavón Flores, de 25 años de edad y originaria de Pozo de Oro, en Diriomo, Granada. LA PRENSA/ CORTESÍA

La estilista Christian Pavón Flores, de 25 años de edad y originaria de Pozo de Oro, en Diriomo, Granada. LA PRENSA/ CORTESÍA

El salón rural donde mujeres lloran cuando descubren que son bonitas

En un pequeño salón de una comunidad de Granada, Christian Pavón Flores ha descubierto que muchas clientas llegan buscando un peinado o un maquillaje, pero terminan encontrando una amiga que las escucha y les devuelve la confianza de su belleza.

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Para Christian Pavón Flores, un salón de belleza nunca ha sido únicamente un lugar donde se pintan uñas, se maquillan rostros o se alisan cabellos. En Florbell, el negocio que abrió en la comunidad de Pozo de Oro, en Diriomo, también ha visto a mujeres recuperar la autoestima, desahogarse después de años de cargar problemas en silencio y, en más de una ocasión, llorar frente al espejo al descubrir una imagen de sí mismas que creían perdida.

«Me ha tocado ver mujeres llorar, verse en el espejo y decirme: ‘Nunca me había visto así. No sabía que yo era bonita. Estoy sorprendida, descubriendo esa parte de mí que no conocía’. Entonces es muy emotivo y esa es una gran satisfacción que yo me llevo», cuenta la estilista de 25 años.

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Con el tiempo comprendió que muchas de las personas que cruzan la puerta de su salón necesitan algo más que un servicio de belleza. Mientras les arregla las uñas, les seca el cabello o las maquilla para una ocasión especial, escucha historias sobre matrimonios difíciles, preocupaciones familiares, inseguridades o el desgaste de mujeres que durante años dejaron de ocuparse de ellas mismas.

Christian Pavón Flores laborando en su salón de belleza. LA PRENSA/ CORTESÍA
Christian Pavón Flores laborando en su salón de belleza. LA PRENSA/ CORTESÍA

«Estamos en un mundo donde uno ve sonreír a las personas, pero detrás hay tristeza. A veces he estado sentada en mi mesa atendiendo a personas y me ha tocado abrazarlas, consolarlas, porque cargan con muchas cosas. Me gusta que mi salón sea también un lugar de tranquilidad, donde la persona pueda sentirse bien consigo misma», afirma.

«Hay mujeres que, cuando se convierten en mamás, se olvidan de ellas mismas. Cuando vienen aquí, se reencuentran con ellas mismas y lloran. Es muy conmovedor. ‘De ahora en adelante merezco ser yo’, me dicen», relata.

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Pavón Flores procura que esa confianza también se refleje en la forma en que ejerce su profesión. Si mientras atiende a una clienta detecta un problema de salud, prefiere renunciar al ingreso antes que realizar un procedimiento que pueda empeorar la situación.

“Antes de la estética está la salud. Yo bien puedo ganarme ese dinero y no decirle nada. Pero le explico que hay cosas que no están en mis manos, que lo mejor es que vaya donde un podólogo. Me gusta que la persona no sienta que no la quise atender, sino que se lleve ese conocimiento y después, cuando todo se solucione, yo la espero con los brazos abiertos”, agrega.

El salón funciona en la misma casa donde Christian creció. El nombre, Florbell, combina el apellido materno de la joven, Flores, con la palabra belleza. Sin embargo, el local actual pronto quedará pequeño. Gracias al crecimiento del negocio, ya construye un espacio más amplio para atender a sus clientas.

El salón actual de Pavón Flores. LA PRENSA/ CORTESÍA
El salón actual de Pavón Flores. LA PRENSA/ CORTESÍA

Desde niña le llamaba la atención el mundo de la belleza. Jugaba con sus primas a hacerse las uñas y, cuando tenía unos 14 años, comenzó a maquillarse siguiendo videos en internet. Si maquillarse a sí misma le resultaba aceptable, hacerlo con otras personas era mucho más complicado.

“Era un desastre”, recuerda entre risas.

La oportunidad para convertir aquella afición en un oficio apareció durante la pandemia de covid-19. Su padre perdió el empleo y toda la familia tuvo que concentrarse en el trabajo agrícola para salir adelante. Sembraban pipianes, plátanos y otros cultivos mientras buscaban cómo enfrentar la crisis económica.

En esos meses una amiga le ofreció venderle materiales para hacer uñas. No pudo comprarlos porque eran demasiado caros, pero la idea quedó rondándole en la cabeza. Tiempo después consiguió algunos productos y empezó a practicar con familiares, amigas y vecinas.

La primera clienta fue su cuñada.

«Las primeras uñas se las hice y se las pegué con pega loca porque no tenía para comprar una pega profesional. Dilaté casi un día entero porque el pincel era de pintura y no para acrílico. Se me pegosteaba», recuerda.

Aquellos primeros trabajos los cobraba a 120 córdobas. En una comunidad rural donde reunir dinero para invertir en un curso o en herramientas de trabajo resulta complicado, aquel ingreso le pareció enorme. Sin embargo, muy pronto comprendió que, si quería crecer, necesitaba capacitarse.

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El primer curso que quiso estudiar costaba 180 dólares, una cantidad fuera del alcance de su familia. Decidió vender comida y guardar cada córdoba hasta reunir el dinero para matricularse.

Pavón Flores con uno de sus títulos. LA PRENSA/ CORTESÍA
Pavón Flores con uno de sus títulos. LA PRENSA/ CORTESÍA

Los obstáculos continuaron. En una academia estaba obligada a comprar todos los productos y herramientas dentro del centro de estudios, donde los precios eran mucho más elevados que en cualquier tienda. Una profesora terminó ayudándola permitiéndole utilizar materiales adquiridos por fuera o prestados por una compañera.

Más adelante viajó a Managua para continuar preparándose. Cada semana implicaba nuevos sacrificios. En ocasiones tenía que decidir entre comprar algo para comer durante las largas jornadas de estudio o reservar el dinero para pagar el taxi de regreso cuando las clases terminaban de noche. Casi siempre elegía el transporte.

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Durante ese proceso contó con el respaldo de su esposo, Jessy Antonio Cornejo Alguera, y de algunos familiares que la ayudaron a seguir estudiando. Incluso recuerda que una vez su esposo le regaló un teléfono celular para fotografiar sus trabajos y promocionarlos, pero se lo robaron en Managua.

Después de pasar por varias academias, encontró un lugar donde, dice, pudo formarse con mejores condiciones. En 2025 obtuvo un diplomado como artista profesional en la Academia Jessica Centeno, una meta que años atrás parecía inalcanzable.

La construcción del nuevo salón de Pavón Flores. LA PRENSA/ CORTESÍA
La construcción del nuevo salón de Pavón Flores. LA PRENSA/ CORTESÍA

Cuando mira hacia atrás, todavía le cuesta creer el camino recorrido. Nació prematura, con apenas siete meses de gestación.

«‘Esto no va a pegar’, decía mi papá. Yo no tenía ni uñas ni pelitos en las cejas», recuerda sonriendo.

También recuerda las veces que le aseguraron que dedicarse a la belleza no le permitiría ganarse la vida. «Eso no da para comer, me decían».

Ella siguió insistiendo. Prefería andar con chinelas rotas antes que gastar el dinero que necesitaba para comprar una herramienta, un producto o pagar un curso. Hoy, cada vez que una mujer sale de su salón sintiéndose distinta, siente que todos esos sacrificios cobraron sentido. «No quiero que las personas solo se lleven un servicio. Quiero que se lleven una experiencia», asegura.

La Prensa Domingo bellas mujeres salón de belleza

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