Fernando Enmanuel Arauz Morales, el cotito de Nindirí. LA PRENSA/ CORTESÍA

Fernando Enmanuel Arauz Morales, el cotito de Nindirí. LA PRENSA/ CORTESÍA

La muerte del joven que montaba toros con una sola mano

Fernando Arauz Morales tenía 21 años y un brazo que no terminó de desarrollarse. Pese a ello se hizo conocido en las barreras de Nicaragua. El toro que lo mató tenía fama de “sanguinario”.

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Cada vez que Fernando Emmanuel Arauz Morales regresaba de montar toros llegaba “golpeado” a su casa, en Nindirí, Masaya. En el mundo taurino lo conocían como “el Cotito”, porque su mano izquierda no se desarrolló durante la gestación. Su padre, Reinaldo Arauz, se oponía a que montara y le advertía a la madre, Magaly Morales Galán, que algún día podía ocurrir una desgracia.

Magaly, sin embargo, decidió apoyarlo. “Él me decía: ‘a mí me gusta, es lo que yo quiero’. Era su pasión”, recuerda. Desde pequeño había procurado que Fernando no considerara su brazo una limitación. “Yo le decía que su brazo no era una discapacidad, que él era un niño normal, que tenía que superarse. Si es lo que a vos te gusta, le decía, yo te apoyo”.

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Fernando Arauz siendo cargado por su progenitora, Magaly Morales Galán. LA PRENSA/ CORTESÍA
Fernando Arauz siendo cargado por su progenitora, Magaly Morales Galán. LA PRENSA/ CORTESÍA

El sábado 1 de agosto, cerca de las 9:00 de la noche, esa pasión terminó en tragedia. Un toro conocido como El Rosita, al que en el ambiente taurino consideraban “asesino” por haber matado anteriormente, derribó a Fernando y lo golpeó en el pecho con la pata trasera derecha. Le lesionó un pulmón y el hígado. Fue hospitalizado y operado, pero murió cinco días después, el jueves 6 de agosto, cerca de las 7:50 de la mañana.

Fue entonces cuando Magaly dimensionó cuánto conocían y apreciaban a su hijo dentro y fuera de Nindirí. Para la vela fue necesario alquilar unas 900 sillas. También llegaron muestras de pesar desde el mundo taurino y páginas de México le rindieron homenaje.

Un niño “milagro”

Fernando nació el 23 de septiembre de 2004, después de un embarazo complicado. Magaly esperaba gemelos en bolsas separadas, pero a los tres meses sufrió un sangrado y perdió a la niña. A los cinco meses dejó de sentir movimientos y en un centro de salud un médico creyó que el otro bebé también había muerto porque no lograba escucharle el corazón.

Es en el mundo de los toros donde se le conocía a Fernando Arauz Morales como «El cotito de Nindirí». En la casa le decían Toto y los vecinos lo llamaban Totín. LA PRENSA/ REDES SOCIALES

En el hospital de Masaya comprobaron que seguía vivo. El cordón umbilical se le había enredado en el cuello y una pierna, lo que limitaba sus movimientos. Al nacer, los médicos descubrieron además que su brazo izquierdo no se había desarrollado completamente, una malformación congénita que su madre identifica como amelia.

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Magaly siempre vio su supervivencia como un milagro. Recuerda que, estando todavía en el hospital, una mujer se le acercó y le pidió que amara mucho al niño, que no lo abandonara y que lo cuidara. Durante años creyó que había sido una aparición de la Virgen de la Merced; ahora piensa que pudo ser Santa Ana, patrona de Nindirí.

Una infancia difícil

La diferencia física marcó la infancia de Fernando. En la escuela algunos niños lo observaban y le preguntaban por qué le faltaba la mano. Él se molestaba y hubo momentos en que se negaba a asistir a clases.

“Cuando estaba más pequeño, se enojaba porque le decían así ‘coto’. Le preguntaban por qué le faltaba su mano, por qué había nacido así. Entonces yo siempre le dije: Papá Chú así te mandó y vos sos un niño normal. Usted no tiene nada que decirle a nadie”, cuenta Magaly.

Fernando Arauz se había vuelto un experto montando toros. LA PRENSA/ CORTESÍA
Fernando Arauz se había vuelto un experto montando toros. LA PRENSA/ CORTESÍA

La madre encontró una manera de convencerlo para que siguiera estudiando. Fernando disfrutaba las procesiones y especialmente visitar una cofradía en La Concha, donde estaba el padre Óscar Felipe Cerda, su padrino. “Si vos no vas a la escuela, no te llevo a La Concha”, le advertía. Funcionó.

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Los apodos lo acompañaron toda la vida. En las barreras era “el Cotito”; en su casa “Toto”, y para algunos vecinos “Totín”. Su madre prefería llamarlo Fernando o Emmanuel.

La pasión por los toros

La afición nació en buena medida por influencia de su abuela materna, quien lo llevaba a procesiones y fiestas patronales mientras Magaly trabajaba. Con el tiempo, Fernando comenzó a montar toros a escondidas de su madre. Sus primeras experiencias fueron en Los Altos, adonde iba con su hermano mayor al rancho JR.

“Yo ni cuenta me daba hasta que me dijeron”, recuerda Magaly. Para entonces era difícil detenerlo. Fernando comenzó a recorrer barreras de distintos puntos del país: La Concha, Ticuantepe, San Rafael del Sur, Rivas, Veracruz, Las Salinas, Matagalpa, Nejapa, San Isidro de la Cruz Verde, San José de los Remates, Río San Juan y Juigalpa, entre otros lugares. Incluso montó en la ganadería de Jonathan Loáisiga, el lanzador nicaragüense de Grandes Ligas.

Una imagen de Fernando Arauz Morales de cuando era niño. LA PRENSA/ REDES SOCIALES
Una imagen de Fernando Arauz Morales de cuando era niño. LA PRENSA/ REDES SOCIALES

“¿Dónde no anduvo mi hijo? Los que menciono son los únicos lugares que me sé”, dice su madre. Así se fue haciendo conocido en el ambiente taurino nicaragüense. Probó otros trabajos y estuvo tres meses empleado en la Portuaria, en Corinto, pero una alergia en la piel lo hizo regresar a Nindirí y a los toros.

El toro “Rosita”

El Rosita tenía una reputación que asustaba incluso a quienes estaban acostumbrados a las barreras. Pertenecía a una ganadería de la familia Incer y, según Magaly, ya había matado anteriormente. “Es el toro más sanguinario que tiene la ganadería de Humberto”, afirma.

Lo paradójico es que Fernando había anunciado que la noche del 1 de agosto sería su despedida. Primero montó al Cabrito. Antes de salir, su madre lo abrazó y lo besó. Fernando le dedicó la monta y salió bien: abrió la corrida y logró completar su participación.

Pero quería despedirse enfrentando al Rosita. Esa tarde había dicho a familiares y conocidos que quería montarlo para cerrar con “broche de oro”. A una tía le insistió: “Lo voy a montar y va a ser la última”. Magaly supo después que le habían ofrecido 2,000 córdobas por hacerlo.

La pasión por los toros le nació a Fernando Arauz porque acompañaba a su abuela materna a fiestas patronales. LA PRENSA/ CORTESÍA
La pasión por los toros le nació a Fernando Arauz porque acompañaba a su abuela materna a fiestas patronales. LA PRENSA/ CORTESÍA

El toro estaba asignado a otro montador, Moisés López, pero Fernando insistió en tomar su lugar. Cuando Magaly volvió a verlo, ya tenía puesto el casco y estaba sobre el Rosita. Alarmada, mandó a su hijo adoptivo, David Silva, de 20 años, conocido como Esterlino, a pedirle Fernando que se bajara, pero, antes de que Esterlino pudiera alcanzarlo, abrieron el portón.

“El toro salió, pero cuando él sale, el toro lo portonea y lo despega de la pierna derecha. Ahí fue donde perdió el equilibrio y ya no le peleó, no le dio tiempo para enderezarse”, relata Magaly. Fernando cayó y la pata trasera derecha del animal lo golpeó en el pecho. En sus últimas montas, confiado en su experiencia, había dejado de usar chaleco protector.

Magaly corrió hacia él cuando lograron apartar al toro. “Me duele, me duele”, repetía Fernando. Durante los cinco días que permaneció hospitalizado le dijo varias veces otra frase: “Mamá, perdoname”.

Murió el 6 de agosto. No tenía seguro de vida y, según su madre, únicamente recibió una ayuda económica del propietario de la ganadería. Magaly dice que ahora solo puede agradecer los 21 años que Dios le “regaló” a Fernando, el muchacho que nació con un solo brazo completamente desarrollado y convirtió precisamente esa limitación en parte de su desafío sobre los toros.

En memoria de Fernando Enmanuel A. Morales. QDEP y que brille para él la luz perpetua de su misericordia.

La Prensa Domingo libre Nindirí Toros

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